Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Dímelo a mi, Beatriz

Por: Adriana Patricia Giraldo Duarte

Dímelo a mi, Beatriz.  Cuéntamelo.

Yo sé qué es levantarse con ese dolor anclado al pecho y sentir que no puedes abrir los ojos, los pies dormidos por el exceso de miedo, y el corazón a punto de estallar porque todos han tratado de explicarte unas vagas razones, cuando no entiendes ni las causas, mucho menos las consecuencias, jamás el tiempo pesado que se te viene.

Lo sé, querida mamá. Te pienso en mis noches plácidas y enciendo una velita amarilla, como para que te calme el desasosiego. Te acompaño en la madrugada cuando escucho los susurros de los vecinos inconscientes, y sé que te ahogan las últimas burbujas de tus hijitas.

Lo has dicho para el mundo. Nada sería igual, todo debe invitarnos a pensar que ellos son los indefensos, y nosotros los reyes olvidadizos obligados a dar al fin, el siguiente paso.

Y sé también que tienes una bondad que sobrepasa los límites y las fronteras, y ese sentimiento es el que albergan tus pequeñas, donde estén. Ellas, las sonrientes con fe y novedad, los seres de luz que no saben de despedidas, ni de pausas, solo de desayunos dulces y abrazos en la cama.

Pienso en ti con solidaridad. Pienso en todas las mujeres que a fuerza de males han tenido que anticipar esas despedidas, cuando solo tenían ganas de compartir un abrazo más, un instante nocturno de tapar con la cobija el encanto o la desilusión de un día cualquiera.

No pienses en el ancla, aunque te oprima. Allá en las profundidades de ese dolor hay una enseñanza, un motivo para suspirar, una palabra aprendida cuando tengas que abrir una vez más los ojos y sentir que Anna y Olivia están en la mañana, ahí, contigo, con el mar de fondo.

Has sido la más valiente.  Cada una de tus palabras le dice al mundo que hay esperanza. Que el perdón existe y que es una fuerza más poderosa que las entrañas negras de quien quería castigarte.

No lo hizo y jamás lo hará. Eres libre, sensata, decidida. Y tus niñas guardaron en su caja de recuerdos, un puñado de fuerza que aún está con ellas.

Pégate del estallido que sintieron al descansar, del refugio que aún tenemos como mujeres, pese a que el mundo se derrumbe a nuestros pies. Eres igual de bella a las chicas que un día te prestaron para ser feliz.

Dímelo a mi, Beatriz.  Cuéntamelo.

Yo sé qué es levantarse con ese dolor anclado al pecho.

Y pasa, y pasa. Y la verdad, nos convierte en motivo de sueños nuevos para el grupo selecto que nos dice mamá.

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