Lloronas de abril

Publicado el Lloronas de abril

Deja de preguntar por qué me elegiste

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Deja de preguntarme si verdaderamente soy la que elegiste.  No olvides que todo ocurrió en una noche de lluvia con olor a aceite.  No intervine en la decisión, quizá porque sé que no soy una mujer como las que estabas acostumbrado a ver.

Deja de enterrarte filudos pensamientos, en el afán desmedido de conectar los pesares que ambos compartimos.  Poco a poco fuiste aprendiendo que me sacan de mí misma los ruidos nocturnos.

Aprende, que no tenemos otros nombres.  La mujer que te encontraste es la misma que ha aprendido a escuchar su soledad.  A lo mejor, por eso, te decidiste por ella y no por un cuerpo de perfecciones, porque tenías cierta intención de evitar ver las debilidades físicas, pensando quizá en las propuestas cerebrales.

No me pidas permiso para pertenecer a este territorio.  ¿Podría interesarte acostarte algunas noches con la tele prendida hablando de la cumbre de presidentes; la incomodidad del ruido permeado por el tufo tardío de los sábados; o percibir el sabor a nicotina pegado a los dientes de quien no sabe fumar?.

Estás mejor del otro lado.  Cuando me elegiste sabías que conmigo no padecerías los efectos del abandono.  Ya me he quedado varias veces con el sinsabor de no conocer las respuestas.  Y para qué conocerlas. Cuando te enteras de los verdaderos motivos del adiós, igual estás condenado por el silencio del tiempo.

¿Para qué me preguntas las horas? Tus nociones son homogéneas y tus días dependen, más bien, de mi temperatura.

Gracias a mis dioses vislumbro una gratitud en cada pierna, con el frío que se sube entre los dedos, luego del ya retador ejercicio de darle un efecto de retraso a la alarma programada desde el día anterior para iniciar con las responsabilidades cotidianas.

Yo no sé si eres miniatura, estándar o gigante.  Es suficiente con que sepas que tu actividad e inteligencia son las aptitudes que te convierten en mi ángel de la guarda.

Yo cambio de color según la velocidad del tiempo, cambio de piel cada 28 días, sin remedio aparente, sin medicación o esencias florales que curen la insatisfacción, sin explicaciones de expertos que justifiquen las manías de pensar en el después.

Tu puedes quedarte en cama sin predecir los olores de las sábanas; puedes extender tu cuerpo sin que tus plagas caigan sobre los demás, jugando nada más a que la gravedad te mantenga firme la pretensión de estar de pie.

Ya me has dicho que quieres tener conciencia, y yo te repito que es un acto salvaje el volver sobre el sinsentido de la renuncia.  Si realmente tuvieras conciencia sabrías que tu valía se nota en el paso a paso de tus seguridades.

¿Por qué lloras cuando desaparezco momentáneamente? Lo que sucede con más pureza entre los dos es que me miras con la profundidad del misterio y la complicidad de la maternidad, a pesar de que no eres mujer.

Esa debería ser mi principal ganancia.  Tu eres uno más de ellos, porque es improbable no actuar bajo la ética del cuidado.

La perfección, mi adorable hombre domesticado, adoptado y asumido como propio, nadie puede resumirla para tus voluntades.

¿Qué quieres probarme? ¿Que entiendes cómo la responsabilidad duele en los músculos; o el poder de las conexiones femeninas; o el llanto sin mesura de tu extensión corpórea; o la falta de palabras con las que se creó el reino masculino?

¿Para qué estás interesado en moldear tus orillas a punta de caprichos fugaces? Vives sin ahogos, sin preguntas, sin miedos, sin dolores.  Deberías poder comerte toda esa sensatez.  ¿Te afana algo más que la incondicionalidad de tu elección?

Que yo soy humana, que yo soy la elegida. Te amo, sin negarte, y sé que tu lo haces, en el universo de tu pensamientos, bajo la protección de mis respiraciones, con el fervor del cariño que viniste a propagar en mis principios.

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Concepto fotográfico tomado de Vincent Cacciotti

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