En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Palabras desordenadas

Silencio sobre el mal ajeno.

Cuando llegó a la casa, ya no tenía el pelo. Había empezado por olvidar los nombres de los cubiertos y los trastos de cocina. Luego por olvidar leer las horas del reloj. Luego por llegar tarde a dictar clases de odontología. Luego empezó a enviar mensajes cercanos a sus amigos, y sus amigos contestaban: no entiendo. Luego empezó a alucinar. Fue a un tour por el Caribe y veía gente parecida y similar a otra que había conocido en su pueblo. Les hablaba. Ellos no la conocían. Enviaba mensajes a su madre a la madrugada diciendo Son las tres y no he podido dormir. Se le disparó la ansiedad por comer papas fritas. Almorzaba hasta tres veces y olvidaba haber comido. Por eso siempre tenía hambre. Siempre tenía dolor de cabeza. Decía sentir que una mano estaba clavada en su frente y quería sacarle el hueso sagital. Los amigos discutían por correo el caso y enviaban cartas a la madre contando las anomalías con el fin de que la llevara al psiquiatra. La madre la llevó a la clínica. Le hicieron una tomografía y descubrieron un tumor en forma de mariposa desplegada en el lóbulo frontal, donde está el lenguaje, las metáforas y las alucinaciones. A su madre le dijeron que debía operarla de inmediato, pero que la operación era de riesgosa y podía morir en la cirugía. La madre decidió llevar a otra clínica. Le hicieron resonancia magnética y confirmaron el diagnóstico. La madre dijo: Si me dicen que va a durar tres meses, no la dejo operar. Pero luego aceptó a que sobreviviera solo una semana. Mientras esperaban la cirugía, los amigos más cercanos y los hermanos se reunían en la habitación. Sólo ella no sabía qué enfermedad tenía. A los visitantes se les prohibía contarle antes de ingresar. En la habitación de la clínica ella se reclinaba en la ventana y hablaba de lo bonitos que eran los arreglos navideños, pero apenas era septiembre. Le decía una amiga que dónde estaba el hombre de sus sueños, y la otra contestaba que no se lo había conseguido aún. Ella añadía que soñaba con un pelirrojo, grande, pecoso. La otra contestaba que lo podía conseguir en Noruega. Se quejaba de la migraña. Decía que la mano se había convertido en una garra de águila socavando su cabeza. Los visitantes sólo se miraban entre sí, pero nadie le decía la verdad. El cirujano dijo que sólo podía operar en  ala derecha del tumor, pero no lo que estaba arraigado a la izquierda del lóbulo frontal. Si extirpaba esa parte, ella quedaría paralizada. Estuvo ocho días en estado de coma inducido, luego de la operación. La despertaron por partes. Al comienzo no podía caminar. Hablaba incoherencias. No veía. Luego fue mejorando, aunque ya no pudo hablar. Ella lo entendía todo, pero nadie entendería nunca lo que ella dijera, aclaró el médico. Cuando llegó a su casa, entró en el baño, encendió la luz, se miró al espejo y alzó las manos para acariciar su cabeza rasurada. Había desaparecido el pelo largo y rubio sin darse cuenta. El pelo, dijo, mamá: ¿dónde está mi pelo? ¿Por qué no tengo el pelo? Pero su mamá sólo oyó un revoltijo de palabras a medias que no encontraban la forma de ordenarse, palabras que hablaban de un camino que se iba volviendo oscuro, de las playas nudistas de Palomino y escobas de barrer. Palabras atropelladas, desfiguradas, huérfanas.

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