En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Jaime Jaramillo Escobar: último amor del poeta

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Jaime Jaramillo Escobar | Fuente: El Heraldo

Ana trabajaba en el Plan de Lectura de Medellín. En 2013 coordinaba proyectos de clubs de lectura, memorias de eventos, talleres y publicaciones. También era la encargada de contactar al poeta Jaime Jaramillo Escobar sobre asuntos relacionados con los talleres de escritura del maestro en la Biblioteca Piloto y asesorías editoriales que prestaba para la secretaría de educación. Ana creía que el maestro se había enamorado de ella. Como prueba me mostró un mensaje exclusivo en su celular con el último cruce de correos entre los dos: «Ana María, lo que más voy a extrañar no son las publicaciones sino a ti.» Con ese mensaje se cerraba un nuevo ciclo de colaboraciones entre el poeta y la alcaldía. Ella entonces lo llamó entusiasmada  a su celular después de recibir el mensaje:

Qué hacemos el viernes, Jaime?

Vamos a tomar el té.

Dijo que era fanático del té. Que en su casa coleccionaba latas y paquetes por procedencias, aromas y sabores: los más finos té de Japón, de Ceilán, de la India, de China, de Cachemira, de Afganistán, de Indonesia, de Teherán, negro inglés y aromáticas de Santa Elena, Antioquia. Que los tenía exhibidos en una preciosa estantería y hacía una ceremonia para tomar el té. El maestro también era un obsesivo clasificador de palabras y contador de sílabas (contaba hasta las que componían la prosa de sus emails, o «las carticas», como él las llamaba: «te envío esta pequeña cartica de apenas quinientas cincuenta y cinco palabras. Si quieres cambiar algo, me avisas.»)

Pregunté si se había atrevido a sugerir el cambio de un adjetivo. Dijo sentirse incapaz. Pero agregó que ella solía preguntarle a su jefe los cambios oficiales en algunas ocasiones y siempre tropezaban en el mismo asunto: eran demasiado largas las cartas del poeta para el catecismo de la burocracia.

Dígale que hay que recortar, pero que las corte él.

Así lograron hacer que X-504 se autoeditara algunas cosas.

Le pregunté si habían conservado las carticas originales.

Dijo que sí.

Tenían un back up con las cartas, una suerte de archivo de correo oficial que tal vez algún día llegaría al archivo de la Biblioteca Piloto donde se impartía el Método fácil y rápido para ser poeta y para dejar de serlo.

Dijo que la casa de Jaime Jaramillo Escobar tenía unas escaleras empinadísimas a la entrada. Que para abrir la puerta él bajaba a toda prisa a sus ochenta y pico dando saltos mortales y poniendo en riesgo a la literatura nacional. Jaime Jaramillo Escobar era entonces (2015), el gran poeta vivo que quedaba de la segunda mitad del siglo XX, un rara avis en vías de extinción. Militante del nadaísmo en su juventud, autor de Los poemas de la ofensa (1967), Sombrero de ahogado y Poemas de Tierra caliente (1984) pasó a la vida civil con la discreción de un gato li huan, como el suyo. Los últimos veinte años los había dedicado a su infatigable labor de contador de sílabas y pedagogo mordaz. En la Biblioteca Piloto de Medellín dictaba ese taller donde la prueba más drástica consistía en decirle a gente menos atenta a los detalles de la vida que se dedicara a otro asunto, uno menos literario, pero igual de riguroso, como el alcohol, el amor, la beatería, la maternidad. Una señora empingorotada y malherida se cambió del taller de la Biblioteca Piloto al Taller Literario de San Javier porque no soportaba más la ácida franqueza del maestro. Un día contactaron los servicios de X-504 (su seudónimo) para que seleccionara frases de los maestros de la literatura colombiana y con ellas armonizar como lemas documentos oficiales. Casi todos los autores que le propusieron le parecían bodrios discordantes. Solo Tomás González le parecía un autor eufónico digno de ser reducido al escolio. Alguna vez conoció a García Márquez en una fiesta y le pareció un costeño ordinario de Barranquilla: gritaba y hacía demasiado escándalo. En el Carnaval de las Artes  salía disfrazado entre el grupo de teatro Matacandelas y saludaba a la gente en la calle. Hay una foto que aún ronda el internet donde lee en traje de Adán y de Eva. Inocuas excentricidades privadas que recordaban su sobrevuelo por el nadaísmo. Pero nunca interrumpía la palabra ajena en su taller. Otro día vistió de traje y pajarita para ir a conocer la biblioteca particular de León de Greiff. Cuando entró, enseguida notó que en las estanterías no había libros. Todos estaban apilados y diseminados por el suelo. El maestro saltó como los niños desbravados en una piscina de pelotas dispuesto a buscar ejemplares de León de Greiff y los encontró con el olfato: los Mamotretos.

Ana era una muchacha antioqueña de una palidez traslúcida. Esa tarde dudaba entre comida vegetariana, que recomendaba como lo mejor del restaurante, pero se decidió por una superhamburguesa de doble carne huevo frito y arepa. Mientras el grupo de poetas comía cual centuriones, Ana contó como si nada que su familia tuvo cuatro monjas vegetarianas en el pasado. Ella no entendía cómo se soportaba esa vida de claustro refrendada con votos y restricciones de todo tipo. No lo soportaría, dijo, ser como sus antepasadas, o tomar la vida monacal. Luego plantearon el tema de la telenovela de la Santa Laura y aspectos olvidados de las vidas de los santos, los mártires, los flagelos, el cilicio, el desierto de Tebaida donde los anacoretas iban a adquirir don de visión y experiencias místicas. Ella contó que una vez, siendo aún niña, fue a una misa donde les tomó 45 minutos recitar el nombre de todos los santos. Insoportable.

Avemaría: pero to-dos, dijo con énfasis Santa Rosa de Osos, mientras se persignaba.

En la otra orilla hablaban de la momia feroz del beato Marianito que atraía romerías en alguna oscurantista región del departamento. Decía alguien que su madre lo llevó de niño y lo traumatizó porque vio el monstruo más aterrador en esa horrible momia que hacía milagros. La señora que cuidada al santo dijo que no se asustaran, porque era el estado en que lo dejaron todos los que pasaban por allí y querían llevarse un pellizco de la piel de Marianito para hacerse un remedio o un bebedizo para curarse. Alguien recordó la leyenda negra en que santa Laura le quemaba la lengua a los indígenas de Dabeiba profunda por hablar en embera y entonces nos quedamos callados.

Antes de irnos Ana me dijo que si quería leer otra de las «carticas».

Me enseñó entonces la pantalla de su teléfono. El encabezado era de Jaime Jaramillo Escobar y cerraba con la sigla: «T.Q.M.», al final, como firma.

Ana dijo que significaba: «te quiero mucho».

Era un amor verdadero de poeta.

El último.

Recomendado:

De poeta a poeta, carta de Jaime Jaramillo Escobar a Raúl Gómez Jattin, 17 de  septiembre de 1983, El Heraldo

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