En contra

Publicado el Daniel Ferreira

Dilan Cruz, Nicolás Neira, Uriel Gutiérrez, Gonzalo Bravo (†)

A pocas cuadras de allí, en la esquina de la calle 13 con carrera 7, el 8 de junio de 1929, fue asesinado Gonzalo Bravo Pérez (†). Era un estudiante de medicina de la Universidad Nacional (por entonces la facultad era el hospital San Juan) que participaba en una protesta contra el gobierno de Miguel Abadía que había ordenado al ejército masacrar a los trabajadores bananeros en Ciénaga. A pocas cuadras de allí, frente al edificio Murillo Toro, en 1954 el Batallón Colombia (retornado de la guerra de Corea) masacró a los estudiantes que protestaban contra Rojas Pinilla. A pocas cuadras de allí había sido asesinado Uriel Gutiérrez (†) el 8 de junio. El paro general del 77 dejó una treintena de muertos (el gobierno del lema “revolucionario liberal” de López gobernaba bajo Estado de Sitio). El gobierno de Betancur no solo arrasó con las protestas del 16 de mayo del 84 en la Universidad Nacional (motivadas por la desaparición y tortura de estudiantes en Cali) sino que allanó y destruyó las residencias universitarias y ocultó los cadáveres de 6 víctimas. Las marchas campesinas del paro del Nororiente de 1988 acabaron con 2 masacres. A pocas cuadras de allí, en la calle 18 con 7, durante las marchas del 1 de mayo de 2005, el cuerpo policial de represión (SMAD) mató a garrote vil a Nicolás Neira (†). Las 18 cámaras de seguridad que había en esa esquina registraron el hecho, pero durante el juicio los videos de todas las cámaras de seguridad fueron sustraídos y borrados. Unos años después el padre de Neira se salvó de morir cuando el sicario llegó a matarlo y confundió su nombre con el de una cantante mexicana dudando entre si debía matar a un hombre o a una mujer.

Ya se hacen incontables los muertos que han puesto los movimientos sociales indígenas, campesinos, estudiantiles en cada protesta social y recordarlos es una efeméride desesperanzadora. En el paro de 2019 aún no hemos contado los muertos, ni las detenciones, ni los abusos que se han registrado hasta el límite de la posverdad (esto es: hasta ya no saber cuál video de vandalismo es real o montaje o de otro país) en celulares y dispositivos. Twitter e Instagram han empezado a determinar los sentimientos comunitarios (sentimientos que pueden ser direccionados o intervenidos o vandalizados).

La muerte de Dilan es otra Cruz (†) que se pone a pocas cuadras de allí (19 con 4). ¿Cuántas vidas de inocentes necesita este sistema de explotación global al que sirven los gobiernos y la democracia representativas de Colombia, de Chile, de la América Latina? Probablemente todas nuestras vidas. ¿Cuántos Dilan Cruz y Nicolás Neira y Uriel Gutiérrez y Bravo Pérez tienen que ser sacrificados para que se cumplan las directrices del FMI y del Banco Mundial y de la guerra antidrogas de Trump?

Probablemente seguirán poniéndose cruces de inocentes en cada manzana cercana al palacio de Nariño (y en las carreteras y veredas de Colombia profunda) mientras sea la fuerza bruta y desproporcionada de una legión de policías acorazados y anfetaminados rompiendo huelgas y organizando hordas de vándalos para provocar terror en los suburbios lo único que un gobierno está dispuesto a ofrecer a un pueblo con más del 60% de gente joven que exige educación gratuita y universal, derecho a la representación política como en el Cauca donde arrasaron con los candidatos en las elecciones regionales, salarios justos como claman miles de jóvenes bogotanos obligados a ser la mano de obra barata, agua limpia como exigen los pueblos en influencia de los proyectos mineros, garantías de vivir en un país que firmó un acuerdo de  paz como exigen en las comunidades más desamparadas por el estado donde a los niños los reclutan para una nueva guerra.

A pocas cuadras de allí es donde está siempre el origen de todo. El pacto social ha sido roto de nuevo. Nadie cree en un gobierno que bombardea campamentos de niños reclutados y que deja masacrar a los líderes de las comunidades y que patea en la cara a mujeres armadas con bicicletas  y que mata por la espalda a bachilleres armados con cacerolas, como ha dejado morir cuando no ha matado mujeres y a indígenas y a candidatos. El pacto social lo ha roto incesantemente cada gobierno colombiano al reprimir y aplastar todas las formas de protesta legítima. Gobiernos empecinados en defender los privilegios de una clase definida por la P MAYÚSCULA del lápsus presidencial: P de paramilitar, P de Parásitos, P de Patriarcal, P de falsoPositivo, P de exPlotador, P de Plomo, P de «Polombia».

Es imprevisible el efecto que la muerte de un inocente como Dilan Cruz puede ocasionar en un país asfixiado por los gases, en un continente que se niega a seguir amordazado, y donde se han acumulado todas las iniquidades sociales. No son protestas de «privilegiados de clase media» como dicen los dinosaurios de la gran prensa (Vargas Llosa y la OEA-Literaria). Dilan Cruz pertenecía a una generación nueva sin más oportunidad que este presente, que esta vida, que le han cegado. El día de su fallecimiento su hermana fue a recibir el diploma con el que se graduaba de bachiller.  Su muerte es ya un símbolo que va en camino a convertirse en mito y bandera de nuevos clamores y tañidos. Murió con violencia, mientras protestaba pacíficamente por su futuro. Son tantos mensajes los que da ese hecho que el más desesperanzador tal vez sea el que más indigna: No hay futuro para esta generación porque el presente es esa constatación, que solo vendrá más brutalidad y represión de parte del gobierno.

Toda muerte así exige «cambiar algo del mundo que permitió su asesinato».

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