Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Un pedagogo llamado Herodes

He visitado con largo aliento el Museo Picasso de París. Y he pasado largo tiempo, antes en la Casona del Buen Retiro y luego en el Museo Reina Sofía de Madrid, ante la mayor estampilla postal del mundo, que por tal tengo al sobrevalorado Guernica. Y me topé un día, sin haberla programado, con una muy completa retrospectiva del malagueño en el Palazzo Grassi, durante mi primer viaje a Venecia.Y poseo muchos y muy buenos libros de arte dedicados a su pintura.

Con todo, creo que la más imborrable impresión que me ha producido está relacionada con una exposición monográfica, en la Galería de Bellas Artes de Düsseldorf, allá por los comienzos de septiembre del 95. Y que se titulaba, ingenuamente, “El mundo de los niños en Picasso”.

 Era algo único en su género. 185 obras (cuadros, dibujos, esculturas) documentaban la atención diríase obsesiva que el pintor dedicó a lo bastante largo de toda su vida al tema de la infancia. 185 obras entre las cuales se contaban algunas jamás vistas en muestra alguna, ni siquiera en catálogos: todas ellas procedentes de colecciones privadas. Y no había prácticamente ningún museo de la ecúmene, sin exceptuar el Prado, que no aportase su colaboración a estas bodas de Camacho y festín de Baltasar para todos los picassianos que en el mundo son. Y son muchos.

El curador de la exposición comenzaba su introducción, en el desde entonces imprescindible catálogo, con una cita de Victor Hugo: «Cristóbal Colón sólo descubrió América, yo descubrí al niño». Y aunque sólo fuese en la segunda nota a pie de página, recordaba que el tema de la infancia en Picasso es un descubrimiento de Helen Kay, a quien se debe un libro igualmente imprescindible en esta materia, publicado en 1966 con el mismo título que aquella muestra de casi treinta años después.

Ni el curador ni Helen Kay tuvieron sin embargo el valor de decir, al menos en público, lo que es tan evidente como notorio: que Picasso pintó en exceso y que tenía un sentido autocrítico bastante aproximado al de Narciso. En otras palabras, que su repetitividad muchas veces cansa, y que no puede uno evitar la sospecha de si su fiebre creadora no se encontraría en proporción directa con su amor por el dinero: pintar y dibujar como inversión financiera. Una exposición como la de Düsseldorf, tan completa y bien organizada, había momentos en que empalagaba…  y otros en que provocaba el rechazo, el “ya está bien, déjelo, maestro”.

Todas las épocas del arco iris picassiano aparecían representadas en la muestra, con la natural excepción del período cubista. En su introducción al catálogo, el curador sugería (y lo sigue sugiriendo, cuando abro ahora sus páginas, para pergeñar esta nota) la existencia de un “miedo a la deformación” que llevó a Picasso a exonerar al niño y al mundo de la infancia del corsé geometrizante y de la investigación espacio-corporal del cubismo. Bien pudiera ser, y ello corroboraría el juicio que la exposición le merecía al curador: “la escenificación de un miedo”.

Espectador no profesional, me detuve a hacer una reflexión apabullante y que me saltó a la vista tras un atento recorrido de las salas y la no menos atenta contemplación de las 185 obras, tanto que repetí el itinerario para cerciorarme de que no me había equivocado, de que no había pasado por alto ningún cuadro, ningún dibujo, ninguna escultura que hablase en contra de esa reflexión. Y ésta era que los niños del gran Picasso no se ríen nunca, ni siquiera sonríen, y en una impresionante proporción ni siquiera despegan los labios.

Es más, dos de los poquísimos que tenían abiertas sus bocas en lo que podría parecer que fuesen risas (uno de ellos la recreación del bobo de Murillo), me dejaban la fundamentada duda de si no estarían emitiendo gritos de dolor, tan poca distancia hay del dolor a la risa, al menos en pintura. Y en un tercero, la boca abierta era claro síntoma de idiotez o de alienación.

El hieratismo, la seriedad, la ausencia mental, el vacío interior, la falta de comunicación con el entorno, eran las características más acusadas de todas y cada una de aquellas figuras infantiles pintadas, dibujadas y esculpidas por Picasso en luengos años de actividad artística. Realmente, como para echarse a temblar pensando en lo que debió de ser la infancia del niño Pablito Ruiz. Lo crean o no, recordé involuntariamente el aforismo de Juan de Mairena: «Una vez hubo un pedagogo. Se llamó Herodes».

Por dicha, como bellamente dicen los ticos, el público de la muestra logró que el puño que parecía oprimirme el corazón, al hacer ese descubrimiento, se aflojase a tiempo dejándome darle rienda suelta íntima a la risa al ver los babeantes rostros de los picassiadictos. Y al oír a una señora bogotana, a juzgar por el acento, parada ante una de las variaciones del cuadro que los propios pintores califican como “la teología de la pintura”. La señora, con cara de pertenecer al establishment santafereño, le decía a sus dos acompañantes, ignorando que mi casetera interior registraba sus palabras: «El cuadro más chévere que he visto en mi vida es el de Las meninas, de Goya, en el Museo del Prado». ¿No se le habrían cruzado los cables, y el cuadro más chévere de su currículo sería La maja desnuda, de Zurbarán?

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