Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

El Museo del Gordo y el Flaco

Un día de la primavera del 2003 me enteré por una gacetilla en la prensa local de que había reabierto sus puertas en Solingen el Museo del Gordo y el Flaco, del que no tenía noticia, y decidí visitarlo. Es lo menos que les debía a Stan Laurel y a Oliver Hardy, con quienes he pasado tantas horas de sanísima risa y entretenimiento. Ahora bien: llegar a su Museo se evidenció como un gag que muy bien podría haber sido imaginado por el propio Stan Laurel resucitado especialmente para la ocasión.

Les cuento : Solingen se encuentra a 32 km al nordeste de Colonia, donde sobrevivo, y es una ciudad mediana de unos 200.000 habitantes, la primera mención de cuya existencia (de la ciudad, no de sus pobladores) se remonta al año 965, y que cuenta con una historia próspera y tranquila. En el imaginario europeo, Solingen es el equivalente moderno de la antigua Toledo, la ciudad de las fundiciones de acero personalmente utilitario, y la fama de las espadas toledanas se ha duplicado en la que gozan los cuchillos de esta ciudad alemana. Y por cierto que también aquí, en su Museo ad hoc, hubo en la primavera del 2001 una exposición donde pudieron admirarse los cuchillos más célebres del cine: los originales usados en películas como El último de los mohicanos, Jeremiah Johnson o Rambo, por ejemplo.

Confieso que en ese Museo de la Cuchillería, y a pesar de que había acudido allí con motivo de la muestra de tales piezas cinematográficas, lo que más me impresionó fue hacer un recorrido a través de sus salas, desde la Edad de Piedra a nuestros días, por la historia feliz y desgraciada de la relación del ser humano con los instrumentos cortantes. Feliz si la vemos reflejada en la evolución de la cubertería, desgraciada si nos la planteamos ante un par de monstruosas espadas que sirvieron para hacer justicia, o dicho de manera menos políticamente correcta: para decapitar. En la hoja de una de ellas descifré la siguiente inscripción, que daba voz a la propia espada: “Conmigo que Justicia ha levantado / 306 personas [he] degollado”. Enternecedor.

Mas es hora de que volvamos al Museo del Gordo y el Flaco, en esta misma Solingen.

La ciudad, igual que Los Angeles y Roma, aunque en una escala bastante menor, está repartida entre valles y colinas, y por todas partes dominan los árboles como elemento básico del paisaje. Apenas llegados a Solingen, saliendo de la autopista perfectamente plana, comienzan las cuestas arriba y siguen las cuestas abajo, como en una montaña rusa. Pero munidos como íbamos de un buen plano de la ciudad, pronto localizamos la calle Locher, en cuyo número 17 se halla domiciliado el Museo del Gordo y el Flaco. Sólo que encontramos la entrada de la calle Locher por su final, por el número 182, y una vez metidos en ella, pasada la primera cuadra vimos la señal indicatoria de un callejón sin salida, lo que nos movió a reducir la velocidad, e hicimos bien porque al final de la segunda cuadra había una barrera bicolor interrumpiendo el tráfico, y detrás, a los pocos metros, una vaguada de poblada vegetación y abrupto descenso hasta las orillas de un arroyo, tras el cual el terreno volvía a ascender no menos abrupta y vegetalmente, hasta la tercera cuadra de la calle Locher. Y para arribar allí tuvimos que retroceder y dar más vueltas que unas calesitas de verbena. Lo dicho: pareciera que el guión de nuestra visita lo hubiese escrito Arthur Stanley Jefferson, más conocido como Stan Laurel.

Pero por fin llegamos al Museo. Es una institución privada, sin ninguna subvención oficial. Se debe a la iniciativa de un matrimonio, Vera y Wolfgang Günther, ella de Ámsterdam, él de la Renania, ambos fanáticos del arte de Stan Laurel y Oliver Hardy. Su entusiasmo desbordado y contagioso les ha hecho coleccionar todo lo que se pueda coleccionar sobre el Gordo y el Flaco, siempre dentro de sus posibilidades económicas, que son limitadas. Frau Günther me confesó que ahora, ya, han dejado de comprar más materiales, y ello por la sencilla razón de que los que salen actualmente al mercado lo hacen en Sotheby’s o cualquiera de esas firmas subastadoras de alto standing, con unos precios inalcanzables para los bolsillos modestos.

Toda su colección se distribuye en dos habitaciones con un aforo de casi 70 m², atestados hasta el no va más con fotogramas, cojines, tazas, figuras de zinc o de cerámica, o de papel maché, botellas, discos de vinilo, programas de mano, tebeos, prospectos y, sobre todo, carteles, muchos carteles originales y muchos más de las versiones de los filmes de la inmortal pareja estrenados en Holanda, Bélgica, Italia, España e Hispanoamérica. Registro la presencia de cuatro de esos carteles en español, correspondientes a las películas De bote en bote, Marinos a la fuerza, Estudiantes en Oxford y Héroes de tachuela (ésta con un título castellano que remite al surrealismo). Hay también un armario dedicado a la literatura en torno al Gordo y al Flaco, pero –como le hago saber a la propietaria del Museo– falta allí una novela deliciosa donde Laurel&Hardy son los protagonistas: Triste, solitario y final, del inolvidable y malogrado Osvaldo Soriano, quien  también le dio casting en su relato a Philip Marlowe y a John Wayne. Frau Günther toma nota: comprar un libro, y más si es viejo, siempre se lo podrán permitir.

Como es lógico, el corazón del Museo lo constituyen los filmes mismos, de los que sus fanáticos admiradores han llegado a conseguir hasta casi un centenar. Pero cuando pregunto por la pieza más valiosa de toda la colección, la respuesta es que se trata de un cheque. Ahí lo veo, expuesto en una vitrina bajo llave. Es un cheque firmado por Stan Laurel, con el que pagó en 1928 la factura del servicio municipal de aguas de Hollywood. Y la razón intrínseca de su valor no son, naturalmente, los 2.50 $USA de su importe, sino el hecho de que los Günther lo recibieron como donación para el Museo de manos de Lois, la hija del Flaco.

Y es que los laurel&hardictos constituyen una tribu diseminada por el mundo cada vez menos ancho y más CNN, todos ellos englobados bajo la denominación Hijos del Desierto, que como recordarán muchos de los lectores es el título de una despiporrante película del Gordo y el Flaco: Sons of the Desert. Y los miembros de esa tribu, organizados en más de 200 clubes, mantienen una relación intensa no sólo con las cintas de su admirada pareja, sino también con sus descendientes familiares y hasta con algunos jóvenes actores y actrices que conocieron personalmente a Stan y a Oli y que filmaban en estudios paralelos a los suyos. Entre ellos una estrellita anterior a Diana Durbin y Shirley Temple, una muchachita llamada Jean Darling, quien a sus 80 años tuvo los arrestos de volar desde la soleada Santa Monica en California hasta la ventosa Solingen en la Renania, para asistir a la inauguración de este Museo.

De regreso a Colonia me pregunto por qué en todos los idiomas del mundo se produce esa curiosa asimetría entre los nombres de los actores y los de sus figuras. A Stan Laurel y Oliver Hardy debiera conocérselos como El Flaco y el Gordo, pero no: ni en castellano, ni en alemán, ni en neerlandés, ni en francés, son nombrados de otro modo que El Gordo y el Flaco. Debe haber alguna razón de peso para ello.

De peso, sí, diría el Flaco, mirando de reojo a Oli.

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