Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Monumentos públicos en Ámsterdam

Un día ya lejano, de Julio 2002, nos encontrábamos en Ámsterdam y acudimos a la inauguración en el Osterpark (el Parque del Este) del monumento a la abolición de la esclavitud. Muy emocionante, y al mismo tiempo muy documentativo de cómo se entiende todavía hoy la distancia que, al parecer, debe seguir habiendo entre los señores y los simplemente manumitidos.

La plazoleta del parque donde se alza el monumento estaba herméticamente cerrada al público, que sólo podía seguir en una pantalla de televisión, a unos doscientos metros del lugar vallado, los discursos y luego el develamiento del gigantesco grupo escultórico. No es de extrañar que se produjeran escenas tumultuosas, aunque no degenerasen en incidentes. La policía de a pie, y sobre todo la de a caballo, imponían más respeto del necesario. Posiblemente todo se debiera a la asistencia de la reina a la inauguración. La sicosis de seguridad ha hecho presa en todas las policías del mundo dizque civilizado.

A nuestro lado, antes de que por fin se permitiese el acceso al monumento, una aguerrida negra de Suriname contestaba indignada a las preguntas de una reportera de TV, poniendo a parir a la organización del acto, y arguyendo además cómo era que allí se encontraban cientos de ciudadanos neerlandeses de piel con todos los matices de la oscuridad, cientos de ellos que habían venido a ver cómo por fin se rendía justicia a los miles de miles de africanos que fueron arrancados de sus hogares para ir a trabajar en régimen de esclavitud a las plantaciones de los blancos holandeses, ingleses, franceses, españoles y portugueses, regadas con su sudor en toda la geografía de las dos Américas: miles de miles de africanos que fueron tratados como mercancía por países que se decían cristianos: miles de miles de hombres y mujeres de Ghana, Mali, Benin, Guinea, Nigeria, Dahomey, Togo, Camerún y Senegal a cuya indomable voluntad humana de supervivencia debemos todo el riquísimo folclore afroamericano, desde el jazz hasta la bossa nova.

Y ahora, a la hora de rendirles el debido homenaje, alrededor del monumento se instalaba un nuevo cerco protegido por la policía, un cerco aislante que protegía a los blancos y rubios que con ese monumento decidían expiar su culpabilidad, y también a algunos negros representantes de las clases privilegiadas de las ex–colonias. La aguerrida negra de Suriname argumentaba con bastante lógica, “Si nosotros estamos acá es porque ustedes” (le decía a la reportera holandesa) “ustedes estuvieron allá”, y añadía que si no eran ellos, los descendientes de los esclavos, los protagonistas del acto, ¿quiénes entonces?

Interiormente yo le repondía: “La protagonista del acto es la reina de los Países Bajos, y ella, vicariamente, lo es de la mala conciencia de los esclavistas de antaño  pero de ahí a pensar que se van a dejar robar el show por ustedes, gente de piel  de color serio, como dice el maestro Mutis, hay un abismo. Un abismo que nunca van a saltar”. Eso es lo que yo le respondía interiormente a la aguerrida negra surinamesa, que se desgañitaba contra la razón de Estado y el imperativo categórico de la seguridad, elevado a dogma desde el 11 de setiembre.

Por suerte, al día siguiente,  la prensa del país no destacó en primera plana a la ensombrerada reina Beatriz sino a los indignados negros contestatarios del cerco. Además de esa prueba de buen sentido por parte de mis colegas, pienso que en esto de los monumentos siempre se cuela al final una especie de justicia poética.

En esa misma Ámsterdam, que es una ciudad que adoro y que creía conocer muy bien, hubo una vez en que no tuve más remedio que reírme al pasar con el tranvía por un barrio del sur adonde sólo iba cuando visitaba a mi amiga Barber van de Pol, la mejor traductora de nuestro idioma que se desempeña en los Países Bajos: a ella se deben las versiones neerlandesas de Don Quijote, Rayuela y El coronel no tiene quien le escriba. Pues bien, en esa oportunidad tomamos un tranvía cuya ruta rodaba por la Avenida Churchill, ¿y qué fue lo que descubrí en el centro mismo de la Avenida Churchill?  ¡Nada menos que el monumento que Ámsterdam le dedicó al Mahatma Gandhi!  En el corazón mismo de la calle que honra al último defensor a capa y espada (sobre todo espada) del Imperio Británico, se alza la estatua del hombre que destruyera ese Imperio con su pacífica y simplicísima táctica de la resistencia pasiva. ¿No es semejante paradoja un acto de justicia poética?

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