Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Las megalópolis provincianas

Años ha leí en una publicación vasca, el mensuario Bilbao, una entrevista con un señor llamado Patxi Ortzun, quien parece ser una personalidad famosa en aquel ámbito, y en la tal entrevista se refería a la patria chica de don Miguel de Unamuno, ese mismo Bilbao, diciendo que «cuanto más moderna es la ciudad, más cateto el ciudadano».

Vaya por delante la explicación de que el sustantivo «cateto» carece aquí de connotaciones geométricas y que su esposa no es la hipotenusa. No: cateto, en el habla popular de los españoles, es lo que aparece definido en el diccionario como «lugareño, palurdo», así que como éso no nos ayuda mucho, sigamos buscando: lugareño, a su vez, significa «perteneciente a los lugares o poblaciones pequeñas, o propio y característico de ellos», ya ven que nos vamos acercando, así es que consultemos ahora lo de palurdo, que el cementerio del idioma epitafia de este modo: «tosco, grosero. Dícese por lo común de la gente del campo y de las aldeas».

Total, si lo resumimos, cuando un español dice de alguien que es un cateto lo está estigmatizando como alguien que viene de la provincia, de un pueblito, y se queda con la boca abierta al ver el primer rascacielos o la primera escalera mecánica. Y, entonces, lo que aquel dizque famoso señor de Bilbao, Patxi Ortzun, nos quería remarcar en su entrevista, es que cuanto más grande sea la ciudad más provincianos son sus habitantes. Y que conste que al decir «provinciano» estoy resistiendo la tentación de poner otro adjetivo, para que no se me ofenda naides, como diría Martín Fierro, quien a los catetos seguramente los llamaría «pajueranos».

Y vean ustedes lo que son las cosas: yo creo que don Patxi Ortzun tiene más razón que la Crítica de la razón pura, lo que ya es decir, y la mejor prueba de que cuanto más moderna es una ciudad máspajueranos, son sus habitantes, yo la tengo a cuatro horas y ½ de tren de distancia, y se llama Berlín.

Mis amigos berlineses no hacen más que insistirme, desde hace muchos años, que hace ya muchos años que no voy a Berlín, y yo les contesto que es que no me gusta viajar a la provincia, y sepan ustedes que “Provinz”, en alemán, tiene un significado muchísimo más despectivo que en español.

Contrariamente al sentir general, a mí Berlín, que es una ciudad donde he vivido un año completo de mi vida, y es una ciudad a la que quise y en la que me sentí como aceituna en el martini, a mí Berlín, digo y repito, se me vino abajo como ciudad, como metrópolis, casi contemporáneamente con el venirse abajo del muro. Al caer esa ignominiosa muralla que separaba el Este de Occidente, claro está que me alegré, porque soy enemigo declarado de toda clase de murallas y de doctrinarismos y de ideologías y de todas esas zafias basuras que se nos venden como política, y hasta tengo una foto en la que se me ve exultante bailando encima del muro delante de la Puerta de Brandeburgo. (¿Te acordás, Esther?, vos hiciste la foto).

Pero casi a renglón seguido me di cuenta de que Berlín dejaba de ser una ciudad para convertirse en lo que siempre ha sido: una aglomeración de pueblos, hasta de aldeas. Y éso no era lo malo, porque también lo son París, y Madrid, y Londres: lo malo es que esas aldeas y esos pueblos no habían dejado de serlo para transustanciarse en una capital, sino que lo seguían siendo, catetos hasta la médula.

La puntilla, para decirlo en términos taurinos, sucedió cuando la volvieron a hacer capital de Alemania: a partir de entonces, al catetismo propio de sus habitantes se unió la vanidad propia de todos los habitantes de todas las capitales de todos los países del mundo, con la posible excepción de Liechtenstein. Por favor, bogotanas y bogotanos que me leen: sean ustedes lo menos berlineses que puedan.

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