Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

José F. A. Oliver

Llevo ocupando este espacio desde enero 2010, y acabo de rastrear todos mis postings y debo rendirme a la evidencia. De manera inexplicable para mí, en ningún momento de estos diez años y un pico de cinco meses les he hablado de José F.A. Oliver. Y es la hora ya de remediarlo.

Mi amigo José F. A. Oliver es español de pura cepa, español de corazón. Pero nació de padres malagueños nada menos que en la Selva Negra y hoy cuenta como uno de los mejores poetas alemanes de los últimos tiempos. Hasta del mítico Instituto de Tecnología de Massachussets lo han invitado para que vaya a Boston a dar recitales de su poesía. Debe ser porque José vale, ya que a Boston, y sin llamarte Cabot o Lowell, no te invitan tan fácilmente.

[Recuerden la acerada observación de Juan Ramón Jiménez en Diario de un poeta recién casado: «Andan por New York –mala amiga ¿por qué? de Boston, la culta, la Ciudad-Eje– unos versillos que dicen así:

Here is to good old Boston
The town of the beacon and the cod,
Where the Cabots only speak to the Lowells
And the Lowells only speak to God.

He conocido bien a una Cabot. ¡Cómo deben de aburrirse los Lowell! He leído La fuente de Lowell. ¡Cómo debe de estarse aburriendo Dios!»]

Pero volvamos al caso de Oliver. Él fue a la escuela alemana y su idioma materno no es el de sus padres, sino el único que es de a deveras materno: el de la escuela. Y si bien José habla castellano, y no se le da nada mal, cuando se expresa poéticamente la lengua que le sale natural es la de Goethe, Hölderlin y Humboldt. Y no la de Cervantes y Borges, o mejor dicho, ya que estamos en ello: la de Cervorges. Me tomo la libertad de traducir uno de los poemas breves y menos hölderlinianos de Oliver, titulado “De dónde” y que dice así: «Crisis de identidad / se nos achaca / a la segunda generación / Crisis de identidad / Cómo puede hablarse / de una crisis / si nunca / tuvimos / una / identidad». Y a propósito de identidad : Hasta hacerse famoso, José Francisco Agüera Oliver, que siempre firmó José F. A. Oliver, tuvo problemas de ese tipo. Al extremo de que una vez lo programaron en un recital de Berlín como Josefa Oliver: «Cuando llegué –me contó riéndose todavía–, aquello era un mitin de feministas».

José me trata  de ex suegro y yo a él de ex yerno, porque cuando lo conoció mi esposa me dijo que le parecía el hombre perfecto para nuestra hija menor, Montserrat, y desde aquella noche de octubre 1991, en un local de jazz de Fráncfort del Meno, esperando que comenzara un concierto de Tete Montoliu, somos ex suegro y ex yerno per saecula saeculorum. Para mí es todo un honor serlo de un ganador del Premio Chamisso, el más alto galardón que se concede en Alemania a los extranjeros que escriben en el idioma de Goethe, de Rilke, de Celan. Un par de veces he traducido poemas suyos (una noche inolvidable su gran poema al duende, considerado intraducible hasta que lo vertimos al español trabajando toda una noche codo a codo). Hoy he traducido un breve cuento en prosa que me mandó ayer, y le he pedido autorización para darle posada en mi blog, él me la concedió, y este es el cuento:

Hertha

por José F.A. Oliver

 

Hertha era bebedora y su nombre no era tierno en especial. Lo primero no era inusual, creía ella, y la ternura no era curable. Hertha amaba sus rituales. Dos en total. La mañana, La tarde. Luego venía la bebida. En el comedor había detenido a su debido tiempo un reloj de péndulo. A las cinco de la tarde. Le gustaba la posición de las agujas. Por la tarde, antes de que oscureciese, extendía una alfombra sobre la mesa, que volvía a enrollar por la mañana. Estaba bordada con nomeolvides. Le gustaba el color azul y pensaba al hacerlo en su ternura. Tampoco el color azul curaba. Por eso a los nomeolvides los llamaba consuelajazmines. De mañana volvía a enrollar la alfombra y revisaba la parada del reloj. También el silencio del reloj era su ternura. Alguien le había dicho: “A las cinco de la tarde. La muerte llega a las cinco de la tarde”. Esperaba cada día. Con el destello de la oscuridad bebía una botella de vino, algunas veces dos. La muerte, decía, no había de ser tan ruidosa cuando el reloj antes ya estuviera parado y los nomeolvides se llamasen consuelajazmines. Así le hablaba acto seguido a la silla vacía, a la mesa, a las paredes y les ponía nombres. A la silla la llamó Hannes, a la mesa, a las paredes. Hannes llevaba muerto mucho tiempo. Todas las tardes le dedicaba la primera botella y alguna que otra vez también llamaba Hannes a la segunda. Unida a la pared, la mesa, la silla vacía. “Te bebo, Hannes”, decía y era feliz. La noche en que murió, según se cuenta, había derramado tiernamente un vaso de vino sobre los consuelajazmines y le había dado cuerda al reloj.

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