Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Felipe Boso († 3.2.1983)

En el siglo XX España le hizo al mundo el regalo de dos grandes poetas concretos, el catalán Joan Brossa y el castellano Felipe Boso. De este, se han cumplido ahora 30 años de su muerte.  ¿Será posible que se sigan abandonando al olvido obras que en otros países ya tendrían lugar asegurado en el canon de sus literaturas?  Parece como que sí. Pero por si acaso

Hay pérdidas de las cuales no te resarces jamás. La muerte de Felipe Boso se cuenta (¡y ojalá lo fuese sólo para mí!) en el irrevocable Debe de nuestra contabilidad personal. Pero no porque el original de su más celebrado poema, “Lluvia”, cuelgue en el living de nuestro apartamento, dedicado a mi esposa, ni porque yo tenga en la pared frente a mí el autógrafo de un poema suyo todavía inédito en español, y que me dedicó, “Pounds equation”:

                                   «Una jaula es
                                   cuando se tiene todo el mundo fuera

                                   Una celda es
                                   cuando se tiene todo el mundo dentro

                                   Mi jaula
                                   es una celda».

Sí que es cierto, Felipe, y también que contigo estamos en deuda porque tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un castellano tan claro, tan rico en aventura.

Quienes lo conocimos, sabemos qué se nos fue con Felipe, qué nos falta desde que él no está.

Nos falta, por ejemplo, esa sutileza como al desgaire para decir las verdades más sutiles. Un poco al modo del paradojal Mr. Pond, de Chesterton, con él había que estar muy atento a su charla vivacísima, para no perderse la pepita de oro dejada caer como al azar.

Dejaba caer, por ejemplo: «porque el día en que España se independice de Euskadi», y continuaba sin pestañear, y esas nueve palabras estallaban al rato en nuestro cerebro como un castillo de fuegos artificiales, iluminando todo lo que había seguido.

O cuando lo de las Malvinas. Exceptuando la de Borges («¿Y por qué no se las dan a Bolivia, que no tiene salida al mar?»), la única opinión inteligente que oí sobre el contencioso fue la de  Felipe: «Lo malo es que se llaman Malvinas, y los nuestros son pueblos copleros. Porque si se llamasen Malvonas, Malvenas, Malvanas, o Malvunas, no habría pasado nada, pero llamándose Malvinas, que rima con “argentinas”, era como para verlo venir».

Felipe Segundo Fernández Alonso nació el 1° de junio de 1924 en Villarramiel de Campos, provincia de Palencia. Su álter ego Felipe Boso murió en Meckenheim, cerca de Bonn, el 3 de febrero de 1983, víctima de un infarto. Otro, el primero, lo había puesto contra las cuerdas el 3 de febrero de 1978, y cuando lo visité en la clínica al día siguiente, me recibió diciendo que el segundo, «dentro de cinco años» –fueron sus palabras–, sería mortal.

Por esos días estábamos preparando lo que sería el primer avance de literatura española contemporánea que se publicaba en Alemania desde la guerra civil, el número 5/78 de la revista Akzente. Tuvo tanto éxito aquel monográfico que hubo una segunda edición del número, cosa muy raras veces sucedida con una revista, literaria o no. Aún más: provocó el interés de las grandes editoriales alemanas por esa literatura hasta entonces desconocida (o marginada en favor del boom latinoamericano), y en 1981 publicamos en Kiepenheuer&Witsch las 450 páginas de Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua], la única antología –que yo sepa– del quehacer literario español desde 1960, y que incluye prosa (no sólo narrativa), lírica y poesía experimental.

Entre medias, Felipe sacaba en Visor la que sigue siendo la mejor antología de poesía alemana actual que se haya hecho en nuestro idioma: 21 poetas alemanes. Y aún sigue inédita su genial y congenial traducción de “Engführung”, el poema-insignia de Paul Celan. Cierto nepotismo editorial impide que se lea su traducción, donde «Gras, auseinandergeschrieben», ese verso emblemático, y que en todos los idiomas ha sido servilmente vertido como «Hierba, escrita separado», o «dispersamente escrita», o cualquier otra apisonadora semántica de la misma calaña, ese verso, por obra y gracia de Felipe se convierte en esta joya: «Grama, deletreada».

Y no puedo dejar de pensar en que Felipe era amigo personal de Celan, con quien tantas horas conversó en Bonn, lamentándose muchas de que tenía que seguir con su ganapán de traductor de textos oficiales abracadabrantemente estúpidos, a lo que Celan le respondía: «¡Ah, Herr Boso, si usted supiera las cosas que tengo que traducir yo para ganarme la vida!» Pues también Celan era traductor a tanto la línea de una de esas organizaciones internacionales que pululan en Ginebra.

¡Los amigos de Felipe!  Ese es otro capítulo. Además de Celan : Gonzalo Rojas y Elias Canetti, Camilo José Cela y Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet y José Miguel Ullán, Joan Brossa y Francisco Pino, Javier Maderuelo y Jaime Siles, y muchos, muchos más, que él englobaba a veces diciendo “los del César Carlos”, y luego resultaba que eran los que estaban manejando el cotarro en su siempre añorada España, pero a quienes él jamás les pidió el más mínimo favor.

Felipe y yo nos telefoneábamos un día sí, otro no, y a veces el de enmedio, a eso de las nueve de la noche, con cualquier pretexto: consulta de una traducción, de un dato, comentario de una revista o libro que acabábamos de leer Lo que fuese. El caso era platicar, y la verdad es que figurábamos entre los mejores clientes de la compañía telefónica alemana.

El 2 de febrero del 83 le llamé yo, que estaba vertiendo al español un radioteatro de Heinrich Böll en el cual aparecían numerosas citas de los Evangelios. Felipe era cristiano –él diría que cristiano viejo–, fervoroso y practicante, pero sin beaterías ni hipocresías. Y yo, haragán por naturaleza, en vez de ponerme a buscar en la Biblia en castellano las citas de Böll, una vez más tenía el pretexto nuestro de cada día para telefonear a Felipe.

Como de costumbre, nos enzarzamos en una charla de más o menos una hora, y recién al hilo de la despedida advertí que me faltaba la traducción de una cita. Se la leí en alemán, y sin vacilar (yo creo que se sabía de memoria los Evangelios) me dictó la respuesta: «¿Cuándo me darás el pan que da la vida eterna?»  Nos despedimos, colgué, seguí traduciendo. En el diálogo del radioteatro de Böll, a esa pregunta–cita seguía la respuesta: «Mañana».

Sí, mañana. A las ocho de la mañana del día siguiente sonó el teléfono: me llamaba Antje para decirme que Felipe acababa de morir. 

Y desde ese momento, el hueco sigue estando ahí, y no hay manera de dejar de verlo. Y como estoy seguro de que, desde dondequiera que estés, me sigues leyendo –¡qué masoca, Felipe!– y sigues frunciendo el ceño al leerme, te digo que ya verás cómo, cuando la literatura española deje de ser ¡Hola!, te van a descubrir.   Y entonces nos vas a faltar todavía más.

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