Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Efemérides luctuosas

Hace veinte años, el viernes 4 de agosto del año 2000, en el Kölner Stadt Anzeiger, el diario de Colonia que leo todas las mañanas mientras desayuno (porque no sólo de pan con manteca y salame vive el hombre), me encontré entre las gacetillas la siguiente noticia: «A la edad de 66 años ha fallecido el marinero Luis Alejandro Velasco, que inpiró a Gabriel García Márquez su exitosa novela Relato de un náufrago«.

Rectifiquemos, para empezar, que en manera alguna de trata de una novela, y que el título completo del reportaje es uno mucho más sabroso: Relato de un náufrago que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre: éste, y ningún otro, es el título completo de esa obra maestra del periodismo.

Lo leí en aquellos días en que nos conmovía la suerte corrida por los infelices 118 marineros rusos de la tripulación del submarino atómico Kursk, hundido en aguas de Murmansk, cerca del Círculo Polar Ártico. También ellos fueron proclamados héroes de la patria, pero ni los besaron las reinas de la belleza ni se harían ricos por la publicidad, siendo más bien de temer que ya fueran aborrecidos íntimamente por el gobierno y muy pronto se los olvidase para siempre.

Diez días después de la noticia de la muerte de Luis Alejandro Velasco, el diario londinense The Guardian publicó una carta, posiblemente la última, que el recluta Sergei Alexandrovich Witchenko, marinero a bordo del Kursk, escribió a sus padres. Como todos estos documentos inesperada y trágicamente póstumos, esa carta es un trozo de vida palpitante y hasta divertido, donde Sergei, por ejemplo, no puede llegar a creerse que su mamá ha conseguido sacar la libreta de conductor, y su mayor deseo es llegar a ver una foto suya al volante del automóvil familiar.

La carta de Sergei iba acompañada de otra, firmada por el comandante de la nave, quien certificaba el buen comportamiento del muchacho y la buena acogida que había tenido entre el resto de la tripulación, y en la que el capitán Genadi Liatchin, finalmente, se despedía de la madre de Sergei con estas palabras: «Esta comandancia le asegura que hará todo cuanto esté a su alcance para que el tiempo de servicio de su hijo en las Fuerzas Armadas transcurra lo más normalmente que sea posible».

Pero ya sabiamos, tristemente, que el tiempo de servicio de Sergej Alexandrovich Witchenko en las Fuerzas Armadas rusas no transcurrió lo más normalmente posible sino todo lo contrario: terminó de la manera más abrupta y terrible que imaginarse pueda. Dicho sea de paso, acá en Alemania, donde siempre se concede mucha atención a la componente alemana de alguna noticia, nadie dijo que el submarino hundido, Kursk, se llamaba así en honor a la ciudad donde se dio la definitiva vuelta a la tortilla en la campaña de Hitler contra la Unión Soviética, en julio de 1943, cinco meses después de la rendición de Von Paulus en Stalingrado.

Regreso a Luis Alejandro Velasco y saco de mi cajón de curiosidades una frase esperanzada que aparece en su relato: «El sol estaba descendiendo. Se puso rojo y grande en el ocaso, y entonces empecé a orientarme. [] Puse el sol a mi izquierda y miré en línea recta, sin moverme, sin desviar la vista un solo instante, sin atreverme a pestañear, en la dirección en que debía estar Cartagena, según mi orientación».

Pero yo pienso que Luis Alejandro Velasco debía sufrir una alucinación, porque con el sol poniente a la izquierda y mirando de frente, en el Caribe, uno está orientándose hacia Nueva Orleáns, o Yucatán, o Puerto Limón, o La Habana, pero jamás hacia Cartagena de Indias. La pregunta que me hice aquel mes de agosto del 2000 es si el capitán del submarino atómico ruso Kursk no habría sufrido una de esas alucinaciones y se puso a tiro de los buques de su propia flota. O si no será que su propia flota, y sobre todo su almirantazgo, no sufre de alucinaciones en un terreno tan propicio a ellas como son las cercanías del Círculo Polar Ártico. Me refiero en este último caso a la alucinación de pretender ocultar la dura y pura verdad en un mundo de información globalizada.

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