Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Un cuento de Anahí Flores

Anahí Flores es una joven y talentosa escritora argentina, muy buena amiga, nuestra amistad nació a partir de una lectura suya de una entrada en este blog, hace casi exactamente diez años, el 14.4.2011, donde me explayaba acerca de los límericks, un tema que a ella también le interesaba mucho. Para que la conozcan mejor, abran este enlace:

http://lalectoraenlaciudad.blogspot.com/p/wwwanahifloresorg.html

Y a ella, como a varios otros amigos a lo largo de la existencia de este blog, quise darle asimismo cancha en él, adonde acude con su cuento elegido por ella misma de su volumen que lleva por título Lo más natural del mundo, editado por Desde la Gente, 2019. Y ya les dejo con ella. Sé de antemano que les va a gustar.

 

El mismo mar

por Anahí Flores

 

Extiende en el aire la lona que flamea hasta que se apoya sobre la arena. Está a pocos pasos del mar. Deja la bolsa de playa en la lona y se sienta, mira el agua. Un hombre va caminando por la orilla y se detiene justo en la línea de su mirada. Parecería que no va a moverse de ahí, las manos en la cintura como si esperara algo; las olas le cubren y descubren los pies. Roberta podría levantar la lona y correrse unos metros, pero quedaría demasiado cerca de otras lonas con gente. No está conforme con haber venido a esta playa: hubiera preferido ir a una más solitaria, pero se levantó tarde y no llegó a tomar el colectivo que va hacia las afueras. Busca el protector en la bolsa, ve al hombre que se aleja por la orilla. Mientras se pasa la loción nota que, en realidad, no hay tanta gente como hubiera creído. Es verdad que para donde mire hay lonas, pero están a una distancia prudente. Se dice que no es tan malo haber venido acá, al fin y al cabo es el mismo mar. Y le queda más cerca: vino a pie desde la posada. Trajo un libro y va a poder leer toda la mañana. Esta perspectiva suele entusiasmarla aunque, no sabe por qué, esta vez no tanto. Es domingo, y los domingos esta playa se llena. En una hora más o menos no se va a poder ni caminar. ¿Por qué no se levantó temprano para ir a la otra? Guarda el protector, se pone anteojos de sol. Un vendedor se detiene frente ella con un exhibidor lleno de anteojos de sol. Si Roberta extendiera el brazo hacia adelante, tocaría los lentes. No responde y se recuesta, cierra los ojos, escucha que el vendedor se va. Se sienta de golpe, engancha la bolsa a su pierna por las dudas, vuelve a recostarse. Llega otro vendedor y se para junto a ella tapándole el sol. Se dice a sí misma que no va a abrir los ojos, pero el hombre no se mueve. Abre los ojos: es un hombre con barba tupida y rubia. Desde abajo, la barba se ve más grande que la cara. Está de pie, no dice palabra y sostiene un paño con pulseras.

—Não —dice Roberta.

El hombre da vuelta el paño y aparecen aros y collares. Roberta sólo mira la barba. Imagina la cantidad de arena que debe haber oculta entre los pelos.

—Não, obrigada —dice Roberta.

El hombre suspira y sigue de largo. Como si fuera un lugar que hubiera quedado vacante, otro vendedor se detiene con una bandeja y la mira.

Roberta opta por ignorarlo. El hombre no se mueve. ¿Tiene la obligación de responder a algo que no pidió?

—Caipirinha! —la sobresalta el grito del hombre.

—Não, obrigada —dice, aunque hubiera preferido no hacerlo. Piensa en lo genial que sería que Bartleby estuviera ahí. Enseguida descarta la idea. Se sienta y busca el libro en la bolsa.

—Camarão, camarão! —grita un hombre que ya se está acercando. Roberta le hace señas para que no se detenga. El olor a camarón se le estanca en la garganta y, aunque sabe que se va a ir pronto, le parece que no queda oxígeno a su alrededor, sólo ese olor táctil a camarón frito. Abre el libro. El olor es tan denso que no le deja ver las letras. O sí, ve las letras, pero no decodifica el significado de las palabras, como si estuvieran escritas en otro alfabeto o hubiera una interferencia. Deja el libro a un lado, abierto, mira hacia el agua. Un vendedor con un carrito que dice “Milho verde” se detiene entre ella y el mar. El hombre le hace señas, saca un choclo de la olla y se lo muestra. Roberta se inclina de costado y continúa mirando el mar. El vendedor sigue de largo, arrastrando el carrito. Las ruedas se traban en la arena.

—Biscoito Globo! —hay un anciano parado a su lado, con una bolsa llena de paquetes de galletitas. Roberta no lo escuchó llegar, si fuera una víbora la hubiera picado. Con la mano niega. No debería haber venido a la playa hoy. No a esta. Mira el libro como a un desconocido, lo cierra. Se acerca un vendedor de juguetes. Es el único que no se detiene junto a ella, pero al pasar a su lado pisa el borde de la lona y la llena de arena. Roberta tiene el impulso de protestar aunque sabe que no serviría de nada. El hombre se detiene a un par de metros, donde una mujer y una niña acaban de llegar. La mujer, de espaldas a Roberta, extiende la lona en el aire como ella hizo antes. La niña se mete bajo la lona y la tela cae sobre ese cuerpo pequeño que empieza a corretear con la lona encima. El hombre le ofrece juguetes a la mujer. La mujer llama a la niña, que sigue corriendo cubierta por la lona como un fantasma. La mujer va tras la niña, el hombre la sigue mostrándole baldes y palitas de arena. Aunque Roberta solo vio a la mujer de espaldas, se siente cercana a ella y le da una oleada de solidaridad: iría a espantarle a ese hombre. La mujer atrapa a la niña, le saca la lona y le dice algo al vendedor, que se va.

Vuelve con la niña en brazos y la lona al hombro. La niña en brazos impide a Roberta verle la cara a la mujer, pero por detrás de la cabeza de la niña asoma la frente de la madre y la sensación de cercanía se acentúa. Un hombre aborda a la mujer, le ofrece una pileta inflable. La mujer continúa caminando, con la niña a upa; el hombre con la pileta inflable pone gesto de ofendido, da media vuelta y se aleja. Roberta desvía la mirada pero preferiría seguir mirándola. Siente un magnetismo hacia esa mujer. ¿La conoce? ¿De dónde? Abre el libro, no lee. Un hombre le ofrece helados, otro le muestra un paraguas de donde cuelgan decenas de bikinis. Los vendedores ya no le molestan tanto, hace un gesto automático y los dos se van.

Roberta deja el libro y gira la cabeza hacia la mujer. Ahora sí le ve la cara. La cara completa. No es posible. Se saca los anteojos oscuros, siente que los ojos se le secaron de golpe, le cuesta parpadear. Se le tensa el cuello. Vuelve a ponerse los anteojos. Cambia de posición para quedar sentada de frente a la mujer, flexiona las piernas y junta los muslos al pecho, se abraza las rodillas con fuerza como si quisiera confirmar que sigue ahí. Que ella sigue ahí. Ella misma. Alguna vez leyó sobre casos así, que existe una persona en el mundo que es La tensión del cuello se le expande por los hombros. ¿Pero qué pasa si uno se encuentra con esa persona? Se muerde el labio de arriba, siente la boca seca, pastosa. Le tiemblan las piernas. Una de las dos está de más. Tiene gusto a sangre, tal vez se haya lastimado el labio. Idéntica. La mujer que juega con su hija, a un par de metros, es idéntica a Roberta.

Están haciendo un castillo de arena, la madre sentada sobre la lona, la niña va y viene trayendo agua con un balde. No parece que ellas la hayan visto. Roberta ahora se siente justificada para continuar mirándolas. Abrazada a sus piernas, empieza a balancearse como si se acunara. La mujer y la niña hablan en portugués. Se le ocurre que ella podría haber sido esa mujer. Se le ocurre que tal vez ella sea esa mujer y, de no haber sido porque esa mañana se quedó dormida y no fue a la otra playa, no se habría dado cuenta. ¿Y si hubiera ido a la otra playa, hubiera continuado viviendo en la ignorancia hasta cuándo? ¿Será que no madrugó a propósito, que una parte de ella sabía de este encuentro? Detiene el balanceo, extiende las piernas. Le sorprende que la mujer no la haya visto todavía, las lonas están bastante cerca una de la otra.

Un vendedor se detiene junto a Roberta con una radio a todo volumen. Está cargado de radios y le ofrece una, la que está encendida. Ella tiene el impulso de hablarle mal, de echarlo, de gritarle, de patalear, pero sólo lo mira y es suficiente. El hombre se aleja, no se detiene en la lona de al lado donde la mujer y la niña ya terminaron el castillo. La mujer sacude el exceso de arena de la lona mientras la niña va a los saltitos recogiendo caracoles. Es muy parecida a la madre. Roberta se toca la panza como si hubiera una conexión. La niña vuelve con el balde cargado de caracoles, los incrusta de a uno en el castillo. La madre intenta ponerle un sombrero blanco, la niña la esquiva, le arrebata el sombrero como una sortija de calesita y comienza a correr en círculos alrededor de ella hasta que se detiene, le da la espalda y sale corriendo en dirección a Roberta. Los piecitos al correr levantan y arrojan arena hacia todos lados. Roberta, sin pensarlo, abre los brazos y la recibe. El impacto de la niña contra su piel la hace cerrar los ojos. Siente el corazoncito latiendo acelerado junto a su pecho. Le pasa una mano por el pelo lleno de arena, aprieta contra sí ese cuerpo que tiene la altura de ella misma sentada, le da un beso en la frente. Está hirviendo. Le saca el sombrero de la mano y se lo pone. La niña amaga protestar, pero acepta.

Roberta mira a la otra, que está inmóvil, con los ojos fijos en el sombrero blanco. Cuando sus miradas se cruzan, la mujer reacciona y se tapa la boca con la mano. Roberta abraza a la niña de nuevo, quiere mantenerla cerca de sí. La niña se le acomoda en el regazo como si fuera lo más natural del mundo y, sin levantarse, hunde las manos en la arena. Roberta se distrae con esas manitos que empiezan a cubrirle los pies hasta hacer un pequeño monte y luego dan palmaditas para fijar la arena. Mueve los dedos de los pies pero la niña apisonó tan bien la arena que no se percibe el movimiento en la superficie. La niña ríe y sigue echándole arena, ya la ha cubierto hasta los tobillos. Pasa un vendedor de pochoclo y les ofrece, hay dulce y salado. Roberta lo ignora. Busca a la otra con la mirada. La lona de al lado está vacía. A dónde se fue. Alguien pisó el castillo de arena: el revoque de caracoles está deshecho. Se acerca un vendedor de piletas inflables. Roberta siente el peso de la arena llegándole a las pantorrillas. Se le adormecen las piernas. Mira hacia el mar y la encuentra: la mujer acaba de pasar la segunda fila de olas y continúa dando brazadas, alejándose de la costa.

***********************************

Comentarios