Corazón de Pantaleón

Publicado el ricardobada

Un abanico de últimas palabras

Para Claudia Robles Ángel, en recuerdo de una tarde esperando que estallase una bomba

 

En cierta ocasión me contactaron de la edición costarricense de la revista SoHo para que participase en una encuesta acerca de las 50 cosas que habría que hacer antes de morir.

En realidad, contesté, semejante encuesta era una pura falacia. Primero, porque todos aspiramos a ser inmortales. Segundo, porque los únicos que saben a ciencia cierta que su aspiración es irrealizable, son los condenados a muerte sin apelación posible. Por lo tanto, si quisiera ser honesto al responder, debería meterme en la piel de uno de ellos para pensar una lista de las 50 cosas que tendría que hacer antes de ser puesto en manos del verdugo.

Como es lógico, el panorama se jibariza así de un modo considerable. Fundamentalmente esas 50 cosas se reducirían a una, una sola: huir como sea de la cárcel donde me tuvieran encerrado. Y una vez convencido de que el asunto resultaba ± imposible, se me abrirían dos opciones: a) si fuese una persona con inquietudes religiosas [o me convierto en ella]; y b) si no lo fuere. En la primera opción, la principal cosa que debiera hacer consistiría en reconciliarme con mis dioses. En la segunda, la más importante de tales cosas sería elegir mis últimas palabras, unas palabras por las cuales quién sabe si no pudiese pasar a la posteridad.

Unas palabras como las de Heine: «Dios me perdonará. Es Su oficio».

O las del dramaturgo inglés William Wycherley († 1716), cuando su joven esposa le preguntó cuál era su última voluntad: «Sólo ésta, querida mía: nunca vuelvas a casarte con un anciano».

O las optimistas de Mark Twain: «Hasta la vista, en el caso de que nos volvamos a ver».

O las de Balzac, reclamando los auxilios médicos de un galeno que era una criatura de ficción creada por él: «¡Bianchon! ¡llamad a Bianchon! ¡él me salvará!»

O las de Garibaldi, cuando dos pinzones se posaron en el alféizar de la ventana de su cuarto, y los quisieron alejar para que no molestasen al moribundo: «Déjenlos, han venido a buscarme».

O las de Ortega y Gasset, arrecho por los esfuerzos de la Santa Madre Iglesia para administrarle los sacramentos en su lecho de muerte: «En este país ni siquiera se puede uno morir en paz».

O las de Van Gogh: «Por favor no llores, es mejor así para todos. La tristeza durará toda la vida. Yo ahora vuelvo a casa».

O las del gran  Ibsen, oyendo a su alrededor cómo las mujeres de la casa murmuraban que al enfermo le estaba yendo mejor: «Al contrario, todo lo contrario».

O las de Lenin, a quien su esposa Nadezhda Krúpskaia, le leía en voz alta, sentada al lado de su cama: «Léeme algo más de Jack London».

Woody Allen aseguró alguna vez que no quería alcanzar la inmortalidad a través de su obra: «Quiero alcanzar la inmortalidad no muriéndome». Pero todos sabemos que «contra el Destino nadie la talla», y hay algunos congéneres que se preocupan de dejarle al futuro unas últimas palabras incluso cinceladas en mármol. Así por ejemplo, en la tumba de Mel Blanc, la voz de Bugs Bunny, ¿qué otras palabras podrían leerse sino las que están?: «That’s All, Folks!»

Famosamente, las últimas palabras de Julio César fueron “Et tu Brute!”, las cuales, según Borges, deberían traducirse como “¡Pero che!”

Manolete, después de la gravísima cornada que le infirió el miura Islero, ya en el hospital de Linares, fue sintiendo sin saberlo cómo la muerte se adueñaba de su cuerpo, y se lo iba contando al Dr. Giménez Guinea, sentado impotente a la cabecera de su cama: «¡Qué disgusto le voy a dar a mi madre! [] Don Luis, no siento la pierna. [] Don Luis, no siento la otra. [] Don Luis, no veo. [] David, David [su peón de confianza. Y ahí entregó su alma]».

O tener, como Jane Austen, el valor de decir cuando le preguntaron qué necesitaba: «Nada sino la muerte».

Otra impávida inglesa, Ana Bolena, dijo antes de salir a que la decapitaran: “He oído que el verdugo es muy diestro, y mi cuello es muy delgado”.

De noche, en las trincheras de la Gran Guerra, para salvar la vida de un soldado, el gran narrador Saki lo cubrió gritándole las que fueron sus últimas palabras: “¡Apaga tu maldito cigarrillo!”

Gioacchino Rossini murió musitando el nombre de su esposa, “Olympe”; también Puccini, pero con mejor orquestación: “Mi pobre Elvira, mi pobre esposa”; mientras que Nijinsky, al danzar su pas–de–deux con la Parca se acordó del claustro materno: “Mamasha!” A guisa de contraste, el actor John Garfield murió en la cama no estando solo, y un humorista de Hollywood sugirió como epitafio: “Muerto en la montura”.

La última palabra (una sola) de Gustav Mahler, antes de morir, fue “Mozart!”, pero Brigham Young, el líder mormón, todavía más escueto, se redujo a decir “Amén”. Y por cierto que las últimas palabras de Hamlet las decimos muchas veces en nuestras vidas, sin saber de quién son: «El resto es silencio».

De cualquier modo, no podemos confiar en tener tanta suerte como el ilustre Goethe, de quien suele recordarse (recontextualizado como anhelo fáustico) su modesto deseo de que le descorrieran las cortinas del dormitorio para que entrase «¡Luz, más luz!» Cuando en realidad sus últimas palabras las dirigió tendiéndole la mano a su nuera: «Dame tu patita, hijita».

Y para sangre fría ninguna como la del comandante inglés Herbert Armstrong que asesinó a su esposa Katherine, lo condenaron a muerte, y cuando subió al patíbulo, antes de que el verdugo le encasquetara la capucha, alzó los ojos al cielo y dijo: «I am coming Katie!»

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