Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

La noche de los matices

Reseña de la novela La noche de los forasteros. Jerónimo García Riaño. Lugar Común. 2021.

Sólo existe una cosa que lamento de haber elegido el camino de la palabra: perdí la posibilidad de leer por placer. A partir del 2014 leo con el cerebro, pero no con el alma. A cada página le quito las tuercas y resortes para encontrar los mecanismos que construyen la novela o el cuento. Es una lectura más lenta y más técnica que me lleva a caminos divergentes de los que recorría cuando leía para capotear el tedio de un domingo o para olvidar el mal sabor que me dejaba un parcial.

Esta vez no pude hacerlo: a la tercera página olvidé separar los elementos constitutivos y me arrastró la historia que borró la Reforma Tributaria, los recibos por pagar, el viento que golpeaba la ventana y las tareas pendientes. Regresé a mis días de lecturas afiebradas e irresponsables; días que abandonaba el cálculo de Swokwoski por la novela de Vargas Llosa o dejaba de lado el taller de Álgebra Lineal por los poemas de Raúl Gómez Jattin.

Para entrar en materia, La Noche de los forasteros reflexiona sobre la infidelidad a través de una estructura que teje dos historias que corren como ríos que desembocan en la escena del hospital (ese océano de impotencia y dolor). Conocemos el desenlace de una historia y avanzamos a pasos de ciego en la otra. Paradójicamente la mayor tensión se encuentra en la historia que conocemos el final gracias a que las escenas suben en intensidad hasta llegar a cotas francamente dolorosas. Otra paradoja es que la fuerza dramática sucede en el plano de Gina,  quien aparece en pocas ocasiones. Sin embargo, sus escasas entradas en esecena son suficientes para contagiarse del sufrimiento causado por las arbitrariedades de Andrés.

Con lo anterior no quiero decir que Andrés cachetea, golpea o insulta a Gina. Su patanería es soterrada, prácticamente imperceptible, salvo por algunas palabras con las que describe a las mujeres. La patanería de Andrés podría pasar, incluso, por cobardía. Sin embargo, en el transcurso de la novela descubrimos que sus actos nacen del egoísmo. Parece que Andrés es de los hombres que empujan las circunstancias con el único fin de pasarla bien o sacarle provecho sin la pretensión de pagar por las consecuencias de sus actos.

Soy consciente de que no soy objetivo al describir a Andrés porque aún aletea en mi cerebro la rabia que experimenté a lo largo de la novela (especialmente en el desenlace).

Una prueba de la calidad de una novela se da cuando los lectores debaten sobre sus personajes con la misma vehemencia con la que defenderían a familiares y amigos. Eso sólo se logra con personajes matizados, complejos y contradictorios. Por ejemplo, Andrés es de esos bacanes que animan la rumba, prestan dinero, hacen favores pero, al mismo tiempo, es egoísta y desleal. El matiz y la contradicción le da volumen y profundidad al personaje.

No quisiera terminar sin dejar un fragmento para que se antojen de la prosa de Jerónimo:
“Me despierta el canto mañanero de algunos pájaros. Silvia entra a la alcoba, la que fue de Diana, la misma que compartí con ella cuando la calentura no nos dejaba salir de ahí. Permanece intacta. Los viejos esperan el retorno al cascarón de aquel que salió del hogar, como si fuese el mismo de antes, como si nunca se hubiese ido; pero eso no es posible, nuca será posible: quien se va de la casa, aunque regrese, no vuelve. Diana no jugará de nuevo con esas muñecas viejas y tiesas, puestas sobre una repisa de un color rosado, quemado por el olvido; ni tampoco abrirá ese libro parecido a un diario sellado con un candado en forma de corazón”.

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