Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Deberías llamarte Esperanza

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Dedicado a Astrid Galindo

Cuando iba para la casa me interceptaron dos policías en la puerta del articulado para obligarme a salir. Me requisaron, pidieron mi cédula y me retuvieron veinte minutos a pesar que la señora juraba ante dios que yo no era el individuo que le había sacado la billetera del bolso. Cuarenta minutos después me entregaron los papeles y me dejaron ir. Entonces me subí al primer bus que se detuvo frente a la estación.

En la mitad del articulado estaba Juana con la nostalgia aferrada a sus ojos. “Me cuentan que el olvido no te sienta tan mal”, cité a Sabina a dos pasos de su silencio. Levantó la mirada con la certeza de que era yo quién había recitado un verso de la canción que ponía a todo volumen para que supieran, ella y su esposo, que yo moría por su ausencia.

¿Cómo está Manuel?, le preguntó Juana por la suerte de su ex-marido en un bar que quedaba a dos cuadras del Portal de la 80.

Terminamos hace algunos años; me sorprende que no lo sepas.

Obviamente debía saberlo, finalmente era mi hermano.

Bien sabes que perdí el rastro de mi familia, dije.

Quisiera decir, como afirmé durante años, que ella trajo dolor a mi vida. Pero la verdad es que ni ella, ni yo, ni el amor, ni nadie trajo dolor a mi vida. Sólo llegó como llega la felicidad o la vejez: sin desfiles ni lecturas de bando.

La primera vez que estuvimos juntos, fue al borde de una noche de tragos y boleros. Al siguiente día me emborraché nuevamente, salí corriendo de una tienda para no pagar, me robaron en la Avenida Caracas y llegué inconsciente a la Cruz Roja por cuenta de la paliza que me propinaron los asaltantes. En criterio de muchos, eso era suficiente para renunciar a ese amor. No obstante los consejos de amigos bien intencionados, intenté continuar hasta donde fuera posible, que no fue mucho: Manuel se enteró al poco tiempo. Después nos dimos puños en su casa, en la calle y en todas las reuniones en las que convergía la familia y el alcohol. Al final no hubo familia ni vida. Sólo estaba el recuerdo de Juana invadiendo cada milímetro de mi alma.

¿Cómo estás?, indagó Juana.

Todo por acá está como lo dejaste: Sabina continúa componiéndote canciones, algunos de mis versos imitan tu melancolía y la ilusión sigue esperándote en el Park Way. Además puedo decir orgulloso, que tu ausencia ya no es una trinchera y que no bebo para olvidarte, sino para celebrar que tu recuerdo dejó de ser una emboscada de soledades.

Descendieron dos lágrimas por sus mejillas.

Manuel le perdonó la infidelidad por el niño, por el qué dirán y especialmente porque quería vengarse lentamente, sin afanes que dieran pie a que una migaja de felicidad pudiera entrar en la vida de Juana. No hubo día que no la hostigara con frases hirientes, amantes ocasionales y reclamos que gritaba frente a quien tuviese la mala suerte de estar presente. Cinco años de esta situación fueron suficientes para que huyera con su hijo a España. Allá tuvieron una vida holgada gracias al auge de la construcción y luego, cuando esta se desplomó por la crisis económica, se vieron obligados a regresar a Colombia. Dos días después, viniendo de una entrevista de trabajo, nos encontramos en el articulado.

¡Tienes la misma maldita costumbre de tu hermano!, gritó salida de sí. ¡Hijo de perra!, concluyó sin levantarse de la silla.

Perdona; aún no puedo abandonar el destino de mi familia. Empecemos de nuevo, al fin de cuentas tenemos el resto de la vida para equivocarnos mil veces y corregir mil veces más. Podemos ser amigos, amantes, esposos, ex esposos y de nuevo amigos en un ciclo que siempre convergerá a la ceniza de un bolero, a una cerveza y a un beso que borrará las circunstancias que conspiran contra nosotros…

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