Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Como un explorador

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Inspirado en la Aleida de veinte, pero dedicado a la Aleida de treinta.

Diego erraba entre los estantes, leyendo fragmentos de libros que tomaba al azar. Villoro, Pitol, Franco, Fuguett, Bonnett desfilaban por sus ojos, al tiempo que el sol entraba con violencia por las ventanas de la biblioteca.

A pesar que al medio cayó una llovizna densa y gris que puso en fuga a los lectores, él continuó leyendo fragmentos hasta que vio a una mujer de treinta años sentada debajo de un tragaluz circular. Caminó lentamente, como si temiera incomodarla. La contempló por unos segundos hasta que la mujer levantó la mirada. Sus ojos se encontraron en el silencio de las dos de la tarde.

—Siempre me gustaron tus ojos verde aceituna, —dijo Diego, pero inmediatamente se arrepintió de haber pronunciado la frase.

Aleida se ruborizó instantáneamente. A pesar de treinta años de lucha contra la timidez, aún se avergonzaba cuando un hombre la elogiaba.

—No has cambiado nada, —dijo por decir, porque no era cierto que él siguiera igual: en los siete años que no se veían, había perdido gran parte del cabello y la barba se había blanqueado, dándole un aspecto de un hombre de sesenta años, a pesar que aún no llegaba a los cincuenta.

—En cambio tú estás preciosa.

—¿Y es que antes no lo estaba?

—No…. es decir… no de esa manera, —dijo con palabras entrecortadas.

Intentaron sonreír, pero el encuentro les resultaba embarazoso a los dos: había sido imprudente iniciar la conversación con un piropo que la puso a la defensiva.

—Fue un placer verte, —dijo Diego. Dio media vuelta y se fue a deambular por los estantes, tomando libros por los que paseaba los ojos sin leer.

Aleida intentó retomar la lectura sin éxito. Dejó el libro abierto sobre sus piernas y miró los estantes en busca de Diego. Recordó que le pareció atractivo cuando había sido su profesor de matemáticas en Tunja.

—Malditas hormonas, —susurró y luego sonrió.

Después de terminar el curso, le perdió el rastro hasta que se encontraron, casualmente, en un café ubicado a pocas cuadras de la Plaza de Bolívar. Hablaron toda la tarde y en la noche caminaron hasta el parque del Bosque. Allí se dieron un beso torpe que le encendió las mejillas a Aleida por el resto de la noche.

En los siguientes años se encontraron en Tunja, cuando él trabajaba en un preicfes o en Bogotá, cuando ella iba a congresos en la Universidad Nacional. Generalmente tomaban algunas cervezas en el primer local que estuviera a la mano o vino en los pastizales de la Nacional. Hablaban, caminaban o se emborrachaban sin besarse ni tocarse más allá del roce de las manos. Los encuentros se fueron separando hasta que derivaron en un silencio de siete años que se rompió aquella tarde.

Aleida dejó el libro sobre la mesa. Se alisó la falda que le daba el aire de hippie que siempre le había gustado y buscó a Diego entre los estantes. Lo encontró con un libro de Dostoievski en la mano.

—¿Vamos por un tinto?

—Sí, —respondió él con una sonrisa desorientada.

Bajaron por escaleras de caracol, rodearon un jardín elíptico y desembocaron en una cafetería con paredes de vidrios arqueados. Todo en la biblioteca era circular. Parecía la metáfora de la eternidad que se enrolla en sí misma en un intento de morderse la cola.

En la cafetería pidieron cafés y después contemplaron las montañas en las que se enroscaba un aguacero del que llegaban ráfagas que mojaban el ventanal. A la media hora el aguacero se desprendió de las montañas y se fue contra la biblioteca. Ellos continuaban contemplándolo en silencio, sin siquiera tocar los pocillos.

—¿Qué hiciste estos años?, —preguntó Aleida para romper el silencio.

Diego pensó que no era fácil responder a esa pregunta. Trabajó en colegios e institutos de validación. Después dio tutorías y al final renunció a la docencia para darse una oportunidad en la escritura. Entonces hizo tesis y ensayos ajenos. Entre un trabajo y otro, escribía cuentos y novelas embutidos en carpetas que se perdieron debajo de la montaña de libros.

—De todo un poco, —resumió. —Y tú, ¿qué has hecho en estos años?

Aleida, después que terminó Sociales,  aplicó a una beca para hacer una maestría en la Unam.

—Estuve en la Unam… la Unam de la que tanto me hablaste cuando era una niña.

—La Unam… La Unam, —repitió él con la voz perdiéndose en los laberintos de la memoria, como si aquella época fuera más un sueño que un recuerdo.

Diego llegó a México gracias a un intercambio de un semestre que se alargó dos semestres más. Después la Unam le dio la oportunidad de terminar la carrera, pero con la condición que la empezara desde cero. Aceptó. Lastimosamente, a mitad del tercer semestre abandonó la universidad.

México le dejó los libros de Vasconcelos, Fernando del Paso y Sergio Pitol que compró en Donceles. Las borracheras en cantinas de Cuernavaca, Taxco y Puebla. México le dejó, ¡cómo negarlo!, el recuerdo de Estefanía Arciniegas, la Güera, como él mismo la bautizó un amanecer en el que ella le confesó que no podía quedarse más tiempo porque su esposo la esperaba en la casa.

Una vez en Colombia, contra todos los amigos que le aconsejaron que estudiara alguna carrera en humanidades, continuó matemáticas en la Universidad Nacional. Allí estudió hasta que lo echaron por bajo rendimiento. Sólo en ese momento, con treinta y cinco años sobre sus hombros, entendió que los títulos universitarios no estaban en su destino.

—Conozco el mejor restaurante mexicano de Bogotá. Si quieres vamos.

—¿En serio?, —preguntó Aleida con más prevención que entusiasmo.

—En serio. Pero vamos caminando.

Caminaron entre la bruma que emergía de los barrios que crecieron al margen de la carrilera del tren. Tomaron una avenida que se fue estrechando hasta desembocar en una calle estrecha y torcida que trepaban con dificultad la loma. Luego giraron hacia el sur y caminaron por callejas empedradas que les recordaban Calle Madero de México o la Carrera Doce de Tunja.

—Quizás en la colonia se habrá tenido la sensación que sólo existía una ciudad que se repetía incansablemente a lo largo de los más de veinte millones de kilómetros cuadrados que le pertenecían al imperio español, —dijo Diego.

Llegaron a un restaurante de paredes rojas y amarillas. Las mesas y sillas eran deliberadamente rústicas. El dueño era un señor de piel oscura y bigote espeso del que nadie dudaba que era un mexicano de hueso colorado, a pesar de que era oriundo de Arcabuco, Boyacá.

Las bebidas, como era costumbre en el restaurante, se alternaba con abundantes tacos y botanas.

—¿No te parece que tiene la atmósfera de los restaurantes de la calle Tacuba?, —preguntó Diego.

—¿A los restaurantes a los que llevabas a tu amante?

—¿Cuál amante?

—La del apodo.

—¿La Güera?

—¡Ella!

—¿De dónde conoces a la Güera?

—Me lo contaste hace años.

—¿En serio? No lo recuerdo.

—Nunca me dijiste porque la llamabas la Güera.

—La llamaba así por María Ignacia Rodríguez, más conocida como la Güera. Era una mujer espectacular que le puso los cuernos a su esposo con Iturbide, Humboldt, Manuel Tolsá y otros tantos que la historia no registró. Al segundo esposo, para ser exacto. Al primero le fue infiel con Bolívar.

—¡Qué feo! ¿No se disgustaba por ese apodo?

—Para nada. Al contrario: le enorgullecía serle infiel a su marido. Se lo contaba a todo el que quisiera escucharla.

—¿Siguieron hablándose?

—No volví a saber nada de ella ni de México.

—¿Y eso?

—Me enamoré, y eso me jodió la vida.

Esa fue la primera escala de un derrumbe de décadas. Después de ella, no existió mujer que no lo traicionara. Parecía que cada nueva pareja era la Güera que cambiaba de acento, piel, o edad, pero no de hábitos.

—Pero no vinimos a hablar de ella sino a celebrar que nos reencontramos después de siete años, —terció Aleida cuando vio la tristeza creciendo en la mirada de Diego.

—¡Así es! ¡Salud!

Las copas, las botanas y los tacos se multiplicaron hasta las tres de la mañana. Entre tropezones y risas llegaron al apartamento de Diego, que estaba a pocas cuadras del restaurante.

Aleida se quitó el saco de lana, se desanudó la bufanda y lo dejó sobre un sofá de cuero desgastado. Diego se quitó la chaqueta. Intentaron mirarse a los ojos, pero la penumbra sólo permitía ver sombras entre las sombras. Se abrazaron con fuerza. Se escuchaba la respiración agitada de los dos.

—¿Tinto?, —preguntó Diego presintiendo la incomodidad de Aleida.

—Tinto, —respondió agradecida.

En su camino hacia la cocina, fue encendiendo las luces que encontraba a su paso. Aleida miró a su alrededor. Había libros por todas partes: en la sala, sosteniendo un teléfono digno de anticuario, en un cuarto en el que los estantes se vieron desbordados por el volumen. También había polvo, hojas rasgadas, lapiceros, calculadoras con teclas de menos, reglas de cálculo, pétalos secos, cedes, botellas de tequila, ron y cerveza.

Se sentaron sin zapatos, con los pies sobre el sofá. Bebieron el café en silencio. A veces llegaba el aullido lejano de una ambulancia o el graznido —también ahogado por la distancia—de una moto de alto cilindraje.

Se miraron a los ojos. Se besaron por segunda vez en la vida. Fue un beso largo, que iba creciendo en fuerza e intensidad. Las lenguas salieron de sus madrigueras para explorar la boca del otro. La mano de Aleida surcó el interior del muslo de Diego, pero se detuvo a dos centímetros de sus testículos. Él quería tocarla, pero no sabía qué hacer con el pocillo que tenía en la mano.

—Vamos, —dijo mientras dejaba el pocillo en el piso. Luego se enderezó y le ofreció la mano a Aleida.

Caminaron hasta el cuarto tomados de la mano.

Cuando ella vio el colchón en el piso, se soltó de la mano, corrió y se lanzó de espaldas. Rebotó un poco. Lanzó una carcajada que iluminó el cuarto. Se levantó y saltó. Primero con las dos piernas y luego alternándolas. También saltaban las cobijas y las almohadas. La falda subía y bajaba como un paraguas que intenta abrirse, pero que no lo hace porque está trabado. Se detuvo. Miró a los ojos de Diego. Se quitó la blusa y después el brasier. Emergieron dos senos pequeños, de pezones oscuros. Por alguna razón Diego recordó los pezones de la prostituta en un burdel de las afueras de Tunja. También recordó a Carolina, la mujer que, de alguna manera, lo empujó al prostíbulo.

Aleida se quitó la falda y el panty. Nuevamente saltó sobre el colchón.

—Ven, —dijo entre carcajadas.

Diego se quitó la ropa. Se acercó y empezó a saltar sobre el colchón. Nunca lo había hecho a pesar que estaba en el piso desde su última separación, sucedida tres años atrás.

Al rato estaban asesando. Se detuvieron, de dejaron caer sobre el colchón y luego rieron hasta ahogarse. Se besaron. Las manos surcaron las espaldas, las nalgas, la pierna, los testículos flácidos, los senos, la vagina que empezaba a humedecerse. Se enroscaron y desenroscaron como dos sombras.

Aleida bajó para hacerle sexo oral. Diego intentó sonreír, pero los labios se arquearon en una mueca obscena. Por un momento tuvo la certeza que acababa de comprar el tiquete para otra relación. Pensó que quizás sería Aleida quien anularía su destino de hombre cornudo y frustrado. Después los pensamientos fueron devorados por un torbellino que se deshizo en un gemido.

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