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Todavía hay tiempo…

Foto de Sebastián Quintero

Hace un mes recibí un mensaje de una persona que durante los tres años que llevo escribiendo en estas páginas me ha leído cada domingo y quería contarme la situación por la que está pasando.   Su historia me impactó e inmediatamente busqué la forma de ayudarla, pero a pesar de que yo consideraba que no era la persona más idónea para guiarla me dijo “No necesito a alguien que me diga qué hacer, quiero es a alguien que me escuche”. Por los temas que trato en mis blogs, ella confió en mí, por lo que me siento muy honrada de generar confianza en una persona que no me conoce más allá de lo que escribo aquí.  Ella quería que yo la escuchara y también quería que mucha gente conociera su historia para que como ella misma me lo dijo “no cometan mis mismos errores”. 

Durante varios días hemos conversado y me cuenta pedacitos de su historia en la que le propuse que de cada situación que conformaba su historia, sacáramos conclusiones, a lo que ella accedió.  

Ella, a quién llamaré Esperanza, es una mujer de 53 años, felizmente casada con dos hijos. Por lo que me ha contado, percibo que es una muy buena madre y esposa. Tienen una empresa que distribuye productos para restaurantes.  Sus dos hijos están terminando sus carreras, uno en la universidad de los Andes y en El Externado. Su matrimonio ha sido feliz y gracias a su trabajo le han dado empleo a muchas personas y le han podido dar una vida muy acomodada a sus hijos. No han tenido mayores dificultades ni momentos difíciles en su vida. Han tenido oportunidad de viajar, no tanto como quisieran por el trabajo pero han logrado ir a ciertos lugares que querían conocer. 

Sin embargo sucedió lo que nadie se esperaba: Llegó la pandemia y con ella varias situaciones difíciles que pusieron a prueba su vida y la de su familia.  Su empresa comenzó a desmoronarse, sus clientes cerraron y ya no los necesitaban. El volumen de lo que entregaban diariamente no ocupaba ni el 25%. Trataron lo más que pudieron de cuidar empleos pero fue alargar una muerte anunciada.  Si no vendían no tenían cómo sostener la empresa, los productos y su gente.  En su casa, sus hijos, su vida dieron un giro de 180 grados.  

Su marido y ella decidieron hacer cambios, ajustar todo, algo más pequeño, vender o negociar más de la mitad de sus camiones transportadores, entre otras cosas, para minimizar costos. Su marido y ella decidieron vender sus carros y quedarse con una camioneta únicamente. Su esposa le pidió a sus hijos que vendieran sus carros y ellos dijeron que no. A pesar que los carros de sus hijos habían sido un regalo de ellos para sus hijos, para que pudieran ir a la universidad y no tener que tomar transporte público, pero no… ellos no querían venderlos para ayudar al negocio familiar.   Ellos no querían cambiar la vida que tenían. 

Cito con su autorización algunos apartes de nuestras conversaciones…

  • Esperanza: Mire Andrea, ellos son buenos muchachos, pero fue como un baldado de agua fría que nos dijeran a mi esposo y a mi que no iban a vender sus carros, que eran de ellos… era como si nos dijeran, el problema es de ustedes no nuestro… ahí me di cuenta que fallé en la educación que les di. 
  • Andrea:  Pero ustedes les explicaron la situación y no les hizo cambiar de idea?
  • Esperanza: mira, fallé en la educación porque no les enseñé y pensaba que lo había hecho, de enseñarles gratitud, a ser bondadoso esa palabra que tu utilizas mucho en tus blogs que ahora se me escapa…
  • Andrea: ¿Compasivos?
  • Esperanza: si, eso eso.  No son compasivos ni agradecidos, solo piensan en ellos. Con esto de la pandemia han sido indiferentes con la gente. Se molestan si pasan los venezolanos a pedir o a cantar… no se.. fallé… tal vez al darles todo se me olvido mostrarles que hay quienes no tienen 
  • Andrea: y ser compasivos con el dolor del otro
  • Esperanza: mira Andrea, son mis hijos…  y yo los comprendo, pero ha sido duro para mi y para mi esposo que nos hayan dejado solos… para mi esposo fue muy duro ver la ingratitud de ellos después de todo lo que le hemos dado con todo el esfuerzo y amor.  
  • Andrea: Y entonces cuál sería la conclusión de esto?
  • Esperanza:  Que por favor les enseñen a sus hijos a ser compasivos, que desde pequeños sí les den gusto, pero muéstrenle lo que yo no le mostré a los míos, lo afortunados que eran, no solo de tenerlo todo, sino de ver que la familia es todo y que la plata es plata, que hay que ayudar, pensar en el otro y más cuando son familia… 

Esta situación es algo muy complejo para esta familia.  Hace unas semanas su esposo comenzó con unos dolores de cabeza muy fuertes, fueron a la clínica Colombia y le diagnosticaron un tumor en la cabeza.   Para ella su esposo y sus hijos ha sido muy duro y se pone peor: Los médicos le dijeron que no hay nada que hacer, ni quimioterapia, ni radioterapia, nada. Lo tuvieron allí durante dos semanas y ahora lo mandaron a casa, con cuidados paliativos.

  • Esperanza:  Tengo angustia de quedarme sola, de perder a mi compañero de toda la vida, de enfrentar la empresa, mis hijos sin él.
  • Andrea: Si, entiendo perfectamente lo que sientes, pero un día a la vez, ahora disfruta el tiempo a su lado y también para que tus hijos se den cuenta de la fragilidad de la vida, que la plata va y viene… cuando llegan estas enfermedades es un aprendizaje durísimo para todos, al final las personas son lo más importante…
  • Esperanza: Me arrepiento de las veces que deje pasar meses sin hacer el amor, solo trabajar, que pospusimos viajes porque estábamos trabajando  y nos iba muy bien, pero pudimos bajar el ritmo de trabajo para estar más juntos. ¿Por qué uno se dará cuenta al final…? 
  • Andrea: No lo se… pero es así. A veces posponemos tantas cosas, dejamos para después momentos que pueden ser maravillosos con personas especiales y dejando todo para “algún día” y no sabemos si ese “algún día” llegue… es una lástima que pospongamos tantas cosas…    Pero ahora no es momento de que pienses eso… es momento de estar aquí y ahora. Míralo, consiéntelo, abrázalo, entiéndelo, háblale y va a sonar duro esto que te voy a decir: pero el tiempo se agota…  y a lo que más le temes, va a terminar pasando. Ahora es tiempo de acompañar, ya llegará el tiempo de llorar, de pensar, de analizar… Ahora la prioridad es él..
  • Esperanza: … gracias. 

Después de esta conversación vivieron momentos muy duros, me contó que su esposo, teniendo en cuenta lo que pasó con sus hijos, puso su casa a nombre de su esposa y un par de apartamentos para arrendar como negocio, lo puso a nombre de cada hijo. La finca la dejo a nombre de los tres “para que disfrutes de nuestros nietos”…  

Y aquí vamos con la historia de esta familia…  Están viviendo un momento de amor absoluto y aunque es supremamente doloroso, creo que están haciendo lo mejor: cuando no se puede hacer nada es cuando más se puede hacer, cuidar, apoyar, consentir, hablar y estar presente en cada instante…  Es una cuestión de amor… 

Ella dice que yo la he ayudado escuchándola pero lo que no sabe y se va a enterar en este instante, es lo mucho que uno aprende y abre el corazón cuando tiene la oportunidad de escuchar…    esta historia continua… La vida no se acaba, hasta que se acaba…. mientras aún hay tiempo y oportunidad para seguir haciendo lo que no se hizo antes…

Me quedo con varios aprendizajes de esto:

La importancia de cultivar la compasión.  

No posponer, no dejar para después los momentos especiales con personas especiales

El dinero va y viene… 

Y el tiempo se agota, para todos…  

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