Reflexiones

Publicado el RicardoGarcia

¿POETA MALDITO O HÉROE DE LA MODERNIDAD?

Por: Ricardo García Duarte*

Charles Baudelaire, el mayor de los poetas malditos del siglo XIX, el más rítmico metaforizador de la desesperanza, se convirtió, más bien, en el prototipo de la modernidad, ese tiempo en el que se impone el espíritu de lo nuevo. Pasó a ser su padre fundador, a la manera de un profeta que define los contornos de una época.

No por casualidad, Peter Gay, el reconocido historiador de la cultura, lo ha situado como su figura emblemática, aquella que moldeó las ideas y las conductas que han caracterizado ese momento de la historia, el mismo que otros llamarían la edad contemporánea: conjunto de fenómenos, que en el ámbito artístico, algunos filósofos han señalado curiosamente como la post-modernidad.

De Baudelaire nos separan dos siglos, contados al menos desde su nacimiento, el 9 de abril de 1821, los mismos doscientos años a los que Gay llamara precisamente la modernidad… Retoño de un matrimonio que gozó de holgura económica, muy pronto quedó huérfano de padre, una ausencia llenada por un oficial del ejército, quien desposara en segundas nupcias a la madre: el futuro general Aupick, con quien el adolescente sostendría unas relaciones poco amistosas, en realidad traumáticas.

La estética compleja de Baudelaire

Su trabajo estético lo plasmó en dos obras, El spleen de París, pequeñas composiciones en prosa; y Las flores del mal, su obra más célebre y que fuera publicada en 1857. Esta última recogía originalmente cien poemas, en los que la perfección estilística se fundía con un contenido de desolación, un cierto aire de degradación, la exuberancia de las pasiones góticamente malsanas. Expresiones todas ellas en las que se sucedían la exasperación por la finitud de la existencia, las imágenes tenebrosas de la conciencia subterránea y el placer enraizado en el castigo y el sufrimiento.

Tales versos, a menudo hirientes, junto con su afición al alcohol y al opio; además de la censura de que fuera objeto, aumentaron su reputación de poeta maldito, lo que daba una sensación de marginalidad; aunque en realidad llevaba una vida social muy activa, como escritor, conferencista y habitual visitante de tertulias; todo ello muy lejano del calificativo que alguien le endilgó, y con el que sus sentimientos jamás estuvieron conformes.

Su poesía estaba poblada por la más invencible de las ambivalencias; es decir, por la coexistencia entre polos opuestos. No la inspiraba la exclusión maniquea entre lo bueno y lo malo o entre lo bello y lo feo. Al contrario, la mezcla vital entre las categorías que se excluían en principio, constituía la base del proyecto creativo. La belleza de la amante estaba representada alternativamente en el oro sublime y en el hierro prosáico. El amor y el odio se confundían en un mismo vínculo.

Así, el literato le imprimía una especial intensidad a la transposición de la experiencia interior -las angustias y frustraciones o la morbosidad sadomasoquista, en elaboración estética-.

Con lo cual, radicalizaba el fenómeno de individualizar las posibilidades de existencia del sujeto, más allá de las instituciones como la iglesia o la familia; un sujeto que a través del arte ponía de presente sus propias “maldades”, sus fantasías y perversiones, sus rebeldías; las mismas que lo oponían a las convenciones sociales o a las verdades aceptadas, incluido el amor romántico. Tales manifestaciones poéticas se unían en un nudo interior con las ideas que el hombre de letras transmitía, como ensayista y crítico de arte.

Aquel individuo, protagonista de tantas ambigüedades, capaz de cobijar el amor y la pasión innoble, es en otro campo “el héroe de la vida moderna”. Baudelaire liquidó el estereotipo del héroe clásico; se atrevió también a dejar atrás el personaje empujado por un aliento romántico. El arquetipo en el que él pensaba, perteneciente a la modernidad, es al mismo tiempo una figura ideal y un personaje inclinado a la acción, no a la gesta, por supuesto; no a la gloria; sino a una práctica social, quizá más plana, más anodina, pero más plena de novedades; en resumen, más portadora de una actitud despierta y observadora, no convencional; y tal vez más crítica frente al establecimiento, frente a las verdades recibidas.

El sentido de la modernidad

Para el poeta francés, el rasgo sobresaliente de la modernidad no era otro distinto que el de la fugacidad de las cosas y las imágenes, esa especial connotación efímera de los acontecimientos. El mundo y el tiempo eran básicamente transitorios, de un modo más notable que en las civilizaciones tradicionales. La condición de fugitivos nos atrapaba, por lo que cada individuo terminaba consolidado como tal, paradójicamente, dentro de los vaivenes anónimos de esa fugacidad.

En consecuencia, el presente deja de ser un momento histórico que conduce a un futuro con unos objetivos bien perfilados y una sustancia perfectamente definida. El sujeto moderno se mueve así en un presente permanente; evanescente y transitorio. Casualmente, se trata de un sujeto personificado por el dandy, figura de anclaje urbano, un tanto excéntrica en sus gestos y ademanes; e interesada en afirmar estos últimos de manera independiente, incluso provocadora, dentro de los distintos campos del mundo social, en los que se traslada como ente anfibio, inquieto pero seguro de sí mismo.

De ahí que Michael Foucault -siempre atento, siempre perspicaz- haya encontrado en esas ideas de Baudelaire una señal de entrada al análisis de la modernidad, un enfoque que ofreciera matices atrayentes y fecundos en el desentrañamiento de esta época, un tanto distinto de los fundamentos ideológicos, cimentados por los filósofos de la Ilustración.

Pensando en el tiempo y en su discurrir, el poeta convirtió el presente en un objeto de observación, en un material para despertar interrogantes. Le dio tintes de heroicidad, como tiempo fugaz. Además, lo convirtió en una época que podía contener lo real, algo susceptible de ser “transfigurado” en relato y ficción, sin ser necesariamente desaparecido o violentado.

De esa manera, la modernidad emergía no solo como un conjunto de valores, tales como la libertad y la igualdad, sino además como la valorización de una actitud, de una forma de pensar y actuar, de mirar el mundo. Una actitud para ver las cosas, pero también para observarlas con escepticismo; con la distancia y, si se quiere, la extravagancia del dandy.

La imaginación y la creación podrían ayudar, en esa dirección, al individuo en su acercamiento a la verdad. Naturalmente, a una verdad menos fija que la que aconsejan los hábitos sociales; también menos utilizable para asegurar el poder. Más compañera, por otra parte, de la duda y de la aprovechable diversidad.

Charles Baudelaire, desde su poesía y desde la crítica del arte, abrió el sendero para comprender mejor la modernidad, en tanto discurso y en tanto praxis. Lo hizo para que ella estuviera obviamente apoyada en el individuo y su autonomía. Pero también para que este último fuera más escéptico, más imaginativo y crítico. Por lo tanto: más auténtico y cercano a la verdad. Hoy, poco más de 150 años después de su muerte, la sociedad moderna alberga más individualismo, ciertamente, quizá más consumismo neurótico y mayor dandismo vacío. Pero no necesariamente, más autenticidad y verdad.

*Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas

 

 

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