Estos fueron dos de los grandes talentos franceses que poblaron la modernidad y la pintaron, esa fugitiva existencia de la vida urbana, la de París en el siglo XIX. Capturaron semblanzas, escenas y personajes; por cierto, nada grandilocuentes, ni artificiosamente densos; quizás, prosaicos; y sin embargo dotados de cierto perfil “heroico”, con un heroísmo surgido paradójicamente desde la llaneza de la sociedad burguesa que bullía, junto con el republicanismo y el liberalismo ciudadano, valores que contagiaban virtuosamente a una sociedad, ya no tan cargada como antes de prejuicios y formalismos agobiantes.

“Entre la admiración y la irritación”

Bajo sus espléndidos techos combados, de arcadas luminosas estilo beaux-arts, el Museo de Orsay, antiguamente una estación de tren, ha montado una muestra singular: la exhibición de las obras, unas frente a otras, pertenecientes a estas dos figuras cimeras de la plástica francesa, 120 lienzos en total. La curaduría ha sido fabulosa; el paralelismo, sorprendente; y el relato biográfico e histórico, notable, aunque en ocasiones puramente anecdótico. Ha dejado ver la cercanía entre los artistas y al mismo tiempo sus desencuentros; pero ante todo, el reconocimiento que cada uno le reservaba al otro.

Vidas paralelas

Nacidos en París, el uno en 1832 y el otro en 1834, además vástagos de familias acomodadas, los dos llenaron con desparpajo y brillo el mundo de la creación artística en un siglo especialmente pródigo en innovaciones culturales; claro, al lado de Cézanne y de los impresionistas, tan amados por la crítica, por el público y los coleccionistas; por cierto, los impresionistas conformaron un grupo reformista en el manejo de la luz, en el de la pincelada y en su desenvoltura, al que todo el mundo ha asociado con nuestros dos grandes pintores, sin que estos se sintieran a gusto con tal identificación. Manet y Degas se conocieron en el Louvre, probablemente descifrando la mirada psicológica de gigantes como Velázquez.

Desde entonces, iniciaron una marcha fecunda en la producción de obras con líneas comunes de interés y con la selección de motivos similares, tales como las escenas en una modistería o las carreras de caballos o los retratos de personajes, Zola o Mallarmé por ejemplo. Ahora bien, las respuestas a cada desafío estaban diferenciadas, dados el genio y la inspiración de cada uno. Así la pintura del primero era más contundente, quizás más influida, tanto en la figura como en el color, por Tiziano y Velázquez; a la inversa, más ligera y alegre la del segundo, con aires de Ingres y de su sensualidad e ingravidez.

Curiosamente, eran expresiones que contrastaban con los temperamentos personales de estos individuos sobresalientes. Édouard Manet era expansivo, sociable y seductor; mientras tanto, Edgar Degas era retraído y encerrado en su atelier, sin que se le conocieran muchas amistades femeninas de cierta intimidad, motivo de chanzas que le dedicara Manet, algo que lo ponía furioso y lo dejaba largamente resentido.

El realismo subjetivo

En materia de tendencias pictóricas, los dos defendieron los postulados del realismo y la rebelión contra un clasicismo apegado a modelos de nobleza acartonada y a la virtud idealizada, lo mismo que a las leyes tradicionales de la perspectiva, la composición y el color.

Se trataba por supuesto de un realismo especial, no de un simple calco de la naturaleza, de las cosas y las personas. Lo que los apasionaba era un realismo que estuviera penetrado por un enfoque subjetivo, suerte de “transfiguración que desde luego no fuera anulación de lo real, sino juego difícil entre la verdad de lo real y el ejercicio de la libertad”, según lo anotara un siglo después Michel Foucault: la misma perspectiva que ofreciera el propio Manet y que enunciara de esta forma perentoria: “Pinto no lo que los otros quieren ver, sino la realidad que yo mismo veo”; eso sí, del modo más simple posible, agregaba.

El flâneur, el dandy y la modernidad

Cuando Foucault buscó una idea central con la cual pudiese definir qué era la modernidad, encontró que esta era no sólo el imperio de la razón, sino un modo de ser, una forma de reaccionar frente a la sociedad; esto es, una manera crítica de observar su evolución. Para delinear mejor la formulación, evocó la teoría de Charles Baudelaire según la cual el sujeto de la vida moderna podría ser el flâneur, un paseante que circula por los laberintos urbanos, por las calles, plazas y cafés de la ciudad; incluso por sus antros; para sacar enseñanzas; así mismo, para dilucidar situaciones a punta de una curiosidad que le permitiera armar en su cabeza el entramado del mundo urbano, algo que en el análisis de Foucault constituye una especie de operación cultural de heroización del flâneur, como paseante y como constructor de los nuevos imaginarios urbanos.

Los creadores de imaginarios sociales

Bebedores de ajenjo, Édouard Manet 1858 y Edgar Degas 1875

 Así Manet y Degas precursores inmediatos del impresionismo, hicieron posible con su programa de orden realista, el proyecto de una modernidad, al estilo de Baudelaire, como si esta fuera una manera de ser libres y críticos en la construcción imaginaria del universo burgués. Y de ser individuos capaces de sobreponerse a la fugacidad de lo cotidiano, sin dejar de participar en ella, sólo para abordar principalmente una ímproba tarea, la del dandy, empeño en el que cada uno se construye a sí mismo y asume el compromiso de elaborarse como sujeto. Era como si tal pretensión se convirtiese en la huella estética de Manet y Degas.

Una aventura inquietante

En el paralelismo propuesto, los comisarios de la exposición consiguieron plasmar esta aventura cultural, bella e inquietante; tal como lo es por otra parte la imagen que sirve de síntesis: el cuadro Olympia; esa mujer rutilante, desafiante y sugerente; y además rebosante de sexualidad, sin encubrimientos metafóricos, ni virtuosos; sin ningún disfraz de Venus; mujer que fuera pintada por Manet, un artista amigo del poeta Charles Baudelaire, con quien solía caminar por el Jardín de las Tullerías para observar a los concurrentes, en un oficio placentero, que les permitiría a ambos captar imágenes para re-crearlas con un sello realista y un gesto libre.

Olympia, Édouard Manet, 1863, Museo de Orsay, París.

Fuente de las imágenes: Wikipedia

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