Reflexiones

Publicado el RicardoGarcia

Pandemia, episteme y educación

Por: Ricardo García Duarte*

El coronavirus y su impacto negativo en el orden curricular de las universidades ha traído, sin embargo, exigencias inéditas en la enseñanza de calidad. Tienen que ver con la apertura de nuevos horizontes, particularmente en el campo epistemológico; esto es, en la lógica interna del conocimiento; en cómo se construye éste y en sus transformaciones y revoluciones.

Es algo que se relaciona con las incertidumbres que se alzan en el proceso de la ciencia. Algún premio nobel dijo por estos días, a propósito del desconcierto que provoca el avance de la epidemia universal que, en realidad a estas alturas de la emergencia, todavía era muy poco lo que sabíamos acerca de las incidencias que el COVID-19 tiene en la sociedad. No de manera distinta se ha pronunciado el afamado escritor Jared Diamond, experto en historia de las enfermedades. Se levanta un manojo de interrogantes sin respuesta, que no hacen más que confirmar el desasosiego que rodea a esta peste, con temores que transitan de un lado para el otro.

Al mismo tiempo, un químico nacionalmente reconocido, como lo es el profesor Moisés Wasserman, ha insistido en que, no por ese motivo, vamos a arrastrarnos hacia la nebulosa del pensamiento mágico, cuando, al contrario, tenemos que persistir en los difíciles pero prometedores caminos de la ciencia. En el mismo sentido, se han pronunciado cientos de epidemiólogos en el mundo.

Ahora bien, el empeño en la ciencia, aplicada o teórica, núcleo decisivo del ethos universitario, es decir, del modo de ser de la universidad moderna, implica el hecho de que reconozcamos la aparición de dos trayectos paralelos en la elaboración del conocimiento profundo, ese mismo conocimiento que envuelve las posibilidades de un descubrimiento, el de una vacuna, por ejemplo; lo que también puede incluir el control en laboratorio de la cepa de un virus.

Uno es el trayecto clásico de la ciencia que marcha hacia un estadio reconocible de certidumbre, una vez se produce la generalización de una ley natural, a la que se ha llegado después de un largo sendero de observación, explicación, experimentación y comprobación, para arribar finalmente a un marco de gran predictibilidad; todo ello bajo el dominio de unas reglas, que obviamente excluyen en forma abstracta el advenimiento de factores perturbadores. Razón por la cual la ley en cuestión adquiere validez, mutatis mutandis, como suele decirse; o sea, siempre y cuando las condiciones en las que se hizo la experimentación no se modifiquen o no vayan a mutar.

Solo que ahí está el detalle, pues las condiciones por muy normales y rutinarias que lo sean, pueden cambiar. Admiten a veces hechos desestabilizadores, elementos contrafácticos que llegan a subvertir las leyes vigentes, incluso los paradigmas de pensamiento que se apoyan en ellas: la mutación de un virus, para no ir muy lejos, de modo que las reglas bajo las que se controla la validez de la ley (física, química o biológica) quedan severamente desajustadas. Y entonces las cosas, mejor, los conocimientos, regresan a un cierto desorden, por no hablar de caos. Para decirlo de otro modo: cobra actualidad una inédita condición de incertidumbre, de destino ignoto, sin que todavía venga en nuestra ayuda una brújula de medición confiable.

Es el otro trayecto, el de un muy elevado nivel de incertidumbre. Que, por supuesto no anula a la ciencia, no la desvirtúa, pero la somete a desconocidos desafíos; lo cual representa una tensión increíble en el desarrollo del conocimiento científico. Claro está que en verdad no son dos trayectos paralelos, como lo dejamos consignado más atrás. Es una bifurcación, por la emergencia de factores desconocidos y fuertemente perturbadores. Ya no se trata solo del trayecto clásico de la ciencia, que va de una incertidumbre inicial a certidumbres posteriores en las reglas y en el poder de predicción. Sino más bien del trayecto que se despliega dentro de un marco de mayor complejidad en las incertidumbres y en el mundo de lo ignorado.

Es una circunstancia que tiene claras implicaciones en la formación y la investigación dentro de la universidad, puesto que exige una mayor disponibilidad epistemológica en la dirección de prever un universo mayor de alternativas, aún las más impredecibles, en la búsqueda sistemática de ese conocimiento profundo.

Estamos ante una situación en la que, de una manera más intensa y al mismo tiempo más abierta, tenemos que interrogar otras realidades contrafácticas, aquello que no sucedió pero que podría suceder, a fin de ampliar las fronteras del conocer, mientras nos dejamos subyugar por las aventuras del saber.

*Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

@rgarciaduarte

 

 

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