Reflexiones

Publicado el RicardoGarcia

El caso Floyd: crimen y racismo

 

En el asesinato, acto de brutalidad policial, de George Floyd a manos de Derek Chauvin, surgen de inmediato dos fenómenos que se cruzan criminalmente y explotan en un hecho repudiable. Son el estigma y la exclusión institucionalizada. En medio del uno y de la otra danza, siniestro del racismo.

Recordaba Gerard Pierre-Charles que este último era la herencia de una opresión absolutamente inhumana, la encarnada por la esclavitud, expresión de la explotación del hombre por el hombre en su peor versión, “la explotación de una raza por la otra”, cuyo designio no fue nada distinto al de “reducir al hombre negro a un estatus puramente animal, a aniquilarlo psicológicamente y alienarlo desde el punto de vista cultural”. Fue una práctica histórica que dejó un estigma contaminador de las relaciones entre blancos y negros, una marca escrita con fuego en la piel de las comunidades afrodescendientes. Estigmas, lo ha anotado otro estudioso, Erving Goffman, eran “signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el estatus moral de quien los presentaba”; “advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor, una persona corrupta, ritualmente deshonrada, a quien debía evitarse, especialmente en lugares públicos”.

Ciertamente, fue abolida la esclavitud en tiempos del presidente Lincoln; además, fueron consagrados en 1964, para todos los colores étnicos, los derechos civiles en la época del Lyndon B. Johnson: el reino de la igualdad jurídica arribó por fin con su cortejo de ilusiones después de Kennedy. Pero las marcas continuaron sin borrarse, las de la identidad negativa, las huellas imborrables de la esclavitud, transmutada en discriminación abierta o sutil; y que, en todo caso, 160 años después de la guerra civil se perpetúan, transformadas en estructurales diferencias sociales, las que aún existen entre negros y blancos, en el empleo, la educación o la salud; y sobre todo, en las brechas ideológicas y culturales, lugar para la basura de los prejuicios, esos estigmas transparentados en la piel oscura, los del racismo como antivalor cultural.

Estigmas del excluido que, como en un espejo, tienen su reflejo en la mentalidad del individuo que excluye; en esa subcultura del discriminador que se prolonga en el tiempo como una pulsión de baja condición, entremezclada, por cierto, con los aparentes valores del constitucionalismo liberal y disfrazados con el respeto a la ley y a la igualdad entre los ciudadanos, mientras mantiene latente, casi a flor de piel, la actitud negativa, el ánimo persecutorio contra el otro, a la manera de una identidad perversa, construida a partir de una artificiosa superioridad.

Lo peor de esta mentalidad, sellada con prejuicios e imaginarios supremacistas, es que se incrusta en la entraña de las instituciones, se adhiere como un virus coexistente con las normas que las guían. Estas últimas alzan unos valores, tales como la seguridad y la ley que sirven de legitimación y al mismo tiempo admiten la adherencia de contra-valores de carácter autoritario y excluyente; sin que sean sometidos a una profilaxis social; tolerados e incluso estimulados, como una suerte de pulsión antidemocrática dentro de la legalidad.

Por momentos, esta permisividad institucional, por ejemplo en las fuerzas policiales, en donde casi ningún oficial es llevado a los tribunales por excesos de violencia, estalla el control y la represión contra el estigmatizado; de manera cruel y descarada, incluso, bajo una puesta en escena, que se prolonga, ya no hasta la sola humillación sino hasta la muerte, acto último de poder destructor; en realidad, una teatralización ignominiosa a la vista del público, para afirmar una segregación social y una grosera supremacía blanca.

Se trata de una especie de trabajo contracultural y ominoso, bajo la protección institucional, de simbolización negativa y segregadora, destinado a ensamblarse con la generalización de prejuicios en la sociedad. Y que, por fortuna, encontró una ola de rechazo grande y generosa por parte de aquellos que han hecho del lamento ahogado de George Floyd, antes de morir, la enseña de un porvenir mejor ¡No puedo respirar…!, este angustioso llamado queda transfigurado en un impulso lleno de vida y esperanza, el que ha cobrado forma en lo dicho por la sobrina de Floyd: ¡yo sí puedo respirar y mientras lo haga, lucharé!

Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas @udistrital

@rgarciaduarte

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