Reencuadres

Publicado el Manuel J Bolívar

Visionarios y solucionadores

 

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

Martin Luther King

Empezó la temporada de debates presidenciales. Y con ellos llegan las encuestas para averiguar quién los gana y los análisis de los medios. De los dos primeros debates —Caracol y El Tiempo— ya pueden hacerse algunos comentarios útiles para aprovechar al máximo los que se avecinan. Sobre todo porque, según lo que se ha dicho, Petro es el ganador de ambos. Para alegría de unos y susto de otros. 

¿Qué factores determinan que un auditorio masivo escoja un ganador en un debate? ¿Qué elementos, por otra parte, han faltado en estos debates? Partamos de dos ideas.

La primera, la concurrencia a los debates es la misma que acude a las urnas. O sea, personas que tenemos una información limitada, no somos instruidos en ningún tema en particular (tributario, seguridad, pensiones, crecimiento económico, salubridad, relaciones exteriores, constitucionales), pero opinamos de todos; nuestro criterio político es ordinario. Simplemente somos integrantes de una sociedad en la que cualquier tema tratado nos afecta. Esto es así, sin importar si se trata de un relumbrante cirujano, un próspero empresario o un poeta politólogo. Muchos estudios en el mundo han comprobado que es mínimo el número de votantes capaz de recordar dos o tres propuestas de su candidato favorito. Eso lo saben —y aprovechan— los políticos y sus asesores. Las cartillas que contienen sus programas no son tenidas en cuenta por la gran mayoría de ciudadanos. 

La segunda, hay líderes visionarios y líderes solucionadores. Los unos se enfocan en el qué y el por qué; los otros, en el cómo. 

Los primeros cuentan una historia emocionante del porvenir, que le da coherencia a la confusa realidad de la gente y se articula con sus ilusiones y miedos. Siembran en la imaginación un escenario de futuro deseable. Esto, por sí mismo, no es malo ni es bueno. Martin Luther King creó un sueño que movilizó a su país y desencadenó grandes cambios en el reconocimiento de los derechos civiles. Igual, Gandhi, que derrotó al imperio británico, y Mandela, que enfrentó el sistema de apartheid en Sudáfrica. Ejemplos extremos que ayudan a entender el concepto, pero hay visiones menos trascendentales e igualmente movilizadoras de la gente. Estos visionarios no siempre tienen clara la forma y el método para llevar a cabo su propósito. Suelen ser transgresores y transformadores. (También pueden ser simples ilusionistas). Su mirada es de helicóptero: ven el bosque, no los árboles Para eso tienen equipos de trabajo que convierten ideas en estrategias y procedimientos.

Los visionarios no se preguntan qué pueden hacer con lo que tienen sino qué necesitan para hacer lo que tienen que hacer.

Por otra lado, los solucionadores son importantes pero no son particularmente carismáticos ni entretenidos. Un candidato de este tipo es aquel que entra en los pormenores de una propuesta, se extiende en los detalles, y aburre si se le da tiempo. No contagia emoción, pero su trabajo es esencial para volver realidad las cosas. Carece de una visión ensoñadora, su horizonte de expectativas no es ni el mediano ni el largo plazo; solo el día a día. Ven los árboles mas no el bosque. Los candidatos que han sido alcaldes subrayan sus habilidades gerenciales para disimular su estrechez de miras. Gestionan el presente, no delinean el futuro. 

Los solucionadores se preguntan qué pueden hacer con lo que tienen.

Tengo la impresión de que muchos colombianos prefieren los visionarios porque este es un país necesitado de fe en el futuro. Necesita soñadores que intenten crear un camino donde otros solo ven callejones sin salida. Aún corriendo el riesgo de ser embaucados por utopías regresivas, que nos lleven, como a los venezolanos,  a «abrir la tapa del infierno».

De tener algo de validez esta cábala, explicaría, a mi juicio, el lugar que ocupa Petro en las encuestas. Es uno de los candidatos que ha construido un relato cautivador conectado con el anhelo de cambio de una parte significativa de la población: un país con cero hambre, millones de campesinos propietarios de su tierra, salud a cargo del Estado, más impuestos para los más acomodados, pensiones universales garantizadas, no petróleo, convertirnos en potencia mundial de la vida, emisión de dinero para repartir, puesta en cintura oficial a agricultores, banqueros y empresarios. 

En tanto, Gaviria relata —por ahora— un tenue boceto de cuento: Colombia tiene futuro; pero no ha logrado llenarlo de detalles y texturas que ericen la piel. De resto, pocas visiones. Fico propone conservar lo que tenemos aunque con nueva administración, como esos restaurantes en decadencia; Zuluaga insiste en la epifanía que Uribe tuvo hace treinta años. Ingrid, encerrada en la jaula de la anti-corrupción; Galán, en el narcotráfico y la nostalgia por su padre; Francia, en la exclusión étnica. Asuntos importantes pero no suficientemente emocionantes. Fajardo aún no ha sido claro. Hernández tiene un vociferante discurso antipolítico que algunos han comprado. Char … ¿en qué andará?

Algunos ciudadanos quieren escuchar soluciones específicas para problemas concretos; otros quieren un sueño inspirador. 

Para los primeros, se requiere que los equipos de los candidatos intervengan en los debates y profundicen en los pormenores de las promesas. Es comprensible esta exigencia: las premuras de la seguridad y la sobrevivencia diarias nos empujan incesantemente a vivir en modo pasa-día.

Otros, además, buscamos descifrar el país de futuro que los candidatos tienen en la cabeza. En la vida conviene empezar por saber los fines últimos de las acciones. Antes de comprar el tiquete electoral aclaramos con qué país soñamos. 

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