Yo no sé quién va a ganar las elecciones
pero sí sé que yo las perdí.
ANDRES CARO
Finalizó prácticamente el gobierno Petro. Ya hizo, deshizo o no hizo lo que pudo en estos casi cuatro años. Y ahora, en el último tramo, está en modo campaña para asegurarse de entregar el poder a alguien de su misma cuerda. Apenas natural, aunque pise terrenos de dudosa legalidad. Es hora pues de balances de su administración y del lanzamiento de ideas sobre quién debe sucederlo.
El analista Álvaro Forero en El Espectador plantea un buen punto para hacerlo: que el problema de Petro ha sido el cómo y no el qué.
Los qués del Presidente conforman una lista de buenas intenciones para promover la justicia social. A estas alturas del partido ya no es posible desconocer que Petro fue el catalizador del descontento que se expresó en el estallido social de 2020, que con tanta torpeza y brutalidad manejó el presidente Duque, quien así facilitó el triunfo de la izquierda.
Como afirma James Robinson, premio Nobel de economía 2024, Petro sacó a la luz una verdad incómoda: Colombia no es un caso de éxito como piensan sus élites. Sacó de debajo de la alfombra viejos problemas mal resueltos (pobreza, violencia, exclusión, desigualdad). Un sistema de salud que funcionaba bien para una parte de la población pero que abandonó a su suerte la periferia y a millones de personas. A lo que se agregan la enorme corrupción, los abusos de varias EPS y la falta de control del Estado de los recursos dedicados a este renglón. Evidenció un sistema de pensiones que beneficiaba a una mínima porción de la población. Mostró que la reforma agraria caminaba parsimoniosamente debido a la maraña institucional y jurídica. Concretó una reforma laboral que recuperó derechos mínimos de los trabajadores. Llevó a la agenda pública la urgencia de acelerar la transición energética y transformar la matriz exportadora del país. No es poca cosa.
Lo anterior fue acompañado de la inclusión de una nueva oleada de funcionarios públicos provenientes de sectores sociales y étnicos tradicionalmente excluidos de la administración pública. Muchos sin experiencia y sin preparación, no pocos con alma de corruptos, todo hay que decirlo. En suma, se erigió en portavoz de los excluidos.
Todo sonaba muy bien hasta ahí. Fuera de una oposición desorientada, pocos podrían rechazar estos propósitos. Algunos sectores tradicionales consideraron que no había nada para cambiar, que las cosas iban bien como estaban. Y el presidente, por su parte, fue incapaz de unir al país alrededor de sus magníficos propósitos. ¡Y así estamos como estamos!
Además del lamentable y grotesco estilo de liderazgo, el cómo lograrlo fue el gran desacierto del presidente. Empezando por algo sustancial y que va contra toda evidencia: pretender que el Estado sea el agente central de los procesos sociales y económicos para impulsar la prosperidad. Aquí comenzaron las grandes desavenencias del Presidente con buena parte de la sociedad colombiana, que no está a favor de que la economía esté bajo control del Estado. Venezuela y Cuba son experiencias fracasadas demasiado próximas al colombiano.
Dejar en manos del Estado el manejo de nuestras vidas y de la vida social es una apuesta peligrosa. El nuestro es un Estado mediocre y débil, y una fuente de enriquecimiento fácil para muchos políticos (de todos los colores), y sus clientelas y contratistas. Hace bien muy pocas cosas. A la iniciativa privada, hay que dejarla actuar. Con reglas severas porque no son ángeles. Las farmacéuticas, las petroleras, los bancos, las constructoras, las electrificadoras, las EPS y un largo etcétera son codiciosas, en el buen y en el mal sentido del término. Su afán de lucro es legítimo, pero deben ser vigiladas porque no siempre le conceden importancia al beneficio colectivo.
Frente a esta situación, las opciones electorales son precarias. Un candidato de izquierda que anclado en el pasado busca ante todo justicia para las víctimas, que defiende la continuidad de lo que ha hecho hasta ahora el gobierno actual sin ningún asomo de autocrítica frente a la corrupción, la violencia, la incompetencia ejecutiva y el desconocimiento técnico de los problemas. Y candidatos de derecha que, fuera de criticar con virulencia al presidente a causa de su mala gestión, resentimiento e ideología, no proponen soluciones a los problemas y añoran la pasada normalidad. En tanto, los candidatos del centro convencen a muy pocos pese a sus sesudos programas; podrían ser buenos presidentes pero regulares candidatos.
Y sin embargo, hay que escoger por quién votar. Como ocurre en todo matrimonio bien resuelto, son obligatorias las renuncias y concesiones. Enterrar pasados oscuros. Tragarse sapos. Abandonar “la idiotez de lo perfecto”. Pensar más en tiempo futuro que en pretérito.
Como electores deberíamos —yo sé que la mayoría no lo hace; el voto racional es un mito— examinar en los candidatos su capacidad para combinar propósitos sinceros de reformas con habilidades de ejecución dentro de un marco democrático. Ese difícil equilibrio entre la capacidad de soñar con algo mejor y ser capaz de llegar hasta allá y convertirlo en realidad,
La izquierda tiene en la cabeza planes revolucionarios y visiones apocalípticas, soberbia moral, limitada capacidad administrativa, desdén por los principios de la democracia liberal (la independencia de poderes, el pluralismo, la seguridad, la libertad de expresión), preferencia por la oclocracia (el bullicio de las calles), y una ideología victimista y asistencialista. En las derechas cultivan odios viscerales, poseen capacidades de gestión pública, ímpetus autocráticos y, por desgracia, una tímida intención de reformas. En tanto, los centros tienen soluciones pero no votos.
Equilibrar idealismo y pragmatismo es difícil. Pero toca. El voto por convicción y el voto útil. Los dos candidatos que alientan la esperanza y siembran las semillas de movimientos políticos social demócratas no tienen, a estas alturas, posibilidades. Lo que pinta escenarios muy incómodos para el duelo final: Cepeda versus Abelardo o Cepeda versus Paloma. Terribles opciones para muchos. Pero es lo que hay.
A mi juicio, debido a la experiencia vivida con este gobierno, la izquierda tiene serias limitaciones para estar a cargo del intrincado aparato estatal y los recursos públicos. Prefiere distribuir riqueza que crearla. Sabe discursear pero no ejecutar con impecabilidad. El centro derecha tiene tecnocracia conocedora de la gestión pública pero adolece de sensibilidad social y ánimos de reformas serias. La ultraderecha … ¡mmm! … habría que taladrar mucho para hallar algo de valor.
Con no poca vacilación diría que estamos impelidos a escoger El Mal Menor. Y de todas maneras queda la alternativa de un airado e infructuoso voto en blanco.