¿Qué gana Colombia con el filósofo Iván Cepeda en la Casa de Nariño?
Conversé con un amigo de la infancia y juventud del candidato presidencial Iván Cepeda. Ambos se formaron como filósofos en Europa. “No era el más noviero”. ¿Puede un filósofo combatir la política corrupta y antiética que ha permeado a Colombia por décadas?
“Decir la verdad es siempre revolucionario”:Antonio Gramcsi, filósofo italiano.
Hay quienes piensan, yo entre ellos, que el mundo sería mejor si lo condujeran los filósofos en vez de los políticos. Detrás de los grandes desastres del mundo, oh sorpresa, hay siempre un político. Pocos encarnan la dimensión humanística del filósofo. Tan pocos que en Colombia apenas hemos tenido cuatro presidentes con formación filosófica: Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Eduardo Santos, y Carlos Lleras Restrepo. De resultar elegido, Iván Cepeda Castro sería el quinto. Y ya saben lo que se dice en estos casos.
El otro día, en una cafetería bogotana, conversé con Fabián Rodolfo Acosta Sánchez, un bogotano de 64 años, profesor de Filosofía de la Universidad Nacional y amigo de adolescencia y juventud de Iván Cepeda. Ambos se criaron en el ambiente proletario de la localidad de Kennedy de los años 70. Se conocieron en el Colegio El Politek, que pertenecía a la Universidad Incca de Colombia.
Aquel muchachito, que ya manifestaba inquietudes políticas, era el típico estudiante juicioso, apasionado por las ciencias sociales, vestido de pantalón gris, saco azul, camisa blanca y zapatos negros.“Desde mi casa, lo veía pasar con la hermana; ya en el colegio, las horas se nos iban en hablar de política. Recuerdo que la decana Maruja García de Córdoba, promovía el debate político al interior del colegio y el respeto por las diferencias de posiciones”. La universidad tenía una decanatura especial para El Politek.
Con el tiempo, Iván Cepeda se convirtió en profesor de Filosofía de las universidades Incca y Javeriana. El profesor Acosta recuerda que la Incca fue fundada por Jaime Quijano Caballero, socialista como su padre, el escritor bogotano Joaquín Quijano Mantilla, quien fue embajador de Colombia en la Alemania Nazi; de hecho, estudió con el célebre filósofo alemán Nicolai Hartmann. “Esa tendencia socialista se reflejaba, parcial o plenamente, en otras universidades bogotanas como la Javeriana, los Andes, la Central y la Autónoma”, recuerda Fabián Acosta.
En la Universidad INCCA floreció un grupo inquieto por los filósofos clásicos y la filosofía colombiana. Venían pensadores importantes como el argentino Enrique Dussel, y grande fue la influencia de Antonio Gramsci, el filósofo italiano, y de Georg Lukács, el filósofo húngaro, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. “Discutíamos sobre el arte socialista disruptivo, el cine de Andréi Tarkovski, la literatura de Borís Pasternak, la poesía de Ósip Mandelshtam y toda la poesía rusa de la época”.
En calidad de catedráticos, y con otros autores, Iván Cepeda y Fabián Acosta escribieron el libro “Antonio Gramsci y la realidad colombiana”.
“La idea de la cultura de la alteridad como ampliación de la democracia, puede sustituir efectivamente la nostalgia romántica o las utopías del pasado, por los programas totalizantes y dar lugar a que se exprese libremente la diversidad de la sociedad moderna”: Iván Cepeda, en el libro “Antonio Gramsci y la realidad colombiana”, página 142.
Los dos amigos
La amistad entre ellos se estrechó cuando, más grandecitos, formaron parte de la Juventud Comunista y se relacionaron con otras vertientes de la izquierda colombiana.
No compartieron muchas fiestas, que entonces se hacían en las casas, pero sí muchos festivales culturales del periódico Voz, en los que brillaban las orquestas cubanas. Eran famosos los “chocolates charla” para echar carreta sobre política alrededor de la música, así como las peñas culturales, donde reinaban el teatro, la música y el cine. “En esa década asesinaron al presidente Salvador Allende en Chile y estábamos influenciados por la música de Víctor Jara y la nueva trova cubana”.
En Colombia, una noticia acaparó todos los titulares: el famoso Paro Cívico Nacional de 1977, con más de un millón de personas volcadas en las calles, y un saldo lamentable: “decenas de personas perdieron la vida, cientos resultaron heridas y miles fueron detenidas”. Cepeda y Acosta formaron parte del grupo de valientes muchachos que hicieron posible esta marcha histórica de la clase trabajadora contra el gobierno de Alfonso López Michelsen.
“A pesar de la represión, el paro cívico de 1977 no fue en vano. Se consolidó como un punto de inflexión en la historia de la movilización social en Colombia. Mostró la capacidad de la sociedad para unirse y organizarse, incluso frente a la violencia estatal. A largo plazo, sentó un precedente para futuras protestas y luchas por los derechos sociales y laborales”, dice el Centro Nacional de Memoria Histórica.
Los dos amigos obtuvieron el título de Filosofía en la Universidad de Sofia en Bulgaria, una nación del sureste europeo, cuyo territorio formó parte de la Grecia antigua, especialmente Tracia, la tierra de Aristóteles.
Iván Cepeda con su compañero de estudios en Bulgaria, Fabián Acosta. Foto: Iana Pankova.
Cepeda soñaba convertirse en economista pero, seducido por la filosofía, cambió de opinión. Fueron cinco años de estudio profundo sobre la filosofía occidental y la filosofía antigua, y uno aprendiendo búlgaro. El candidato presidencial habla también griego moderno y además se especializó en Estudios Culturales en Europa.
“Vivíamos en la ciudad universitaria y nos pagaban, incluso por estudiar”, recuerda Acosta, quien desde la filosofía política ha dedicado los últimos veinte años a estudiar y entender el mundo cambiante de los jóvenes y sus frustraciones.
El mundo estaba en plena Guerra Fría y Bulgaria influenciada por la Unión Soviética. “Vimos el último pasaje de la existencia de los países de la llamada Cortina de Hierro antes de la caída del Muro de Berlín”, comenta.
Fabián regresó a Colombia a finales del año 86, Iván en 1987. Eran los tiempos de la Perestroika, Mijail Gorbachov y la URSS a punto de desintegrarse. En Colombia, esa década se recuerda con horror porque fue el comienzo de la persecución y exterminio de la Unión Patriótica. Cepeda enterró a dos de sus amigos entrañables, José Antequera (1989) y Bernardo Jaramillo Ossa (1990), antes de enterrar a su propio padre, el periodista y senador Manuel Cepeda Vargas (1994).
”Lo acompañé en el momento en que le tocó reconocer el cuerpo en Medicina Legal. Mataban mucha gente de la UP y no había cómo parar eso”, cuenta.
En ese punto, los dos amigos tomaron caminos diferentes. Fabián continuó en la vida universitaria e Iván dejó la cátedra para dedicarse en cuerpo y alma a buscar justicia para su padre y las demás víctimas del genocidio. Así nació el político, que este 21 de junio podría ser el nuevo mandatario de los colombianos.
“Fuimos grandes amigos. Iván es el padrino de mi matrimonio búlgaro”, dice el profesor, quien se casó con la licenciada en lenguas Iana Pankova. “Tenemos dos hijos que se criaron en Colombia; el mayor terminó Biología en la Nacional y el menor estudió Cine en Argentina”.
Esos años en Bulgaria, dice, se vivieron en un ambiente de mucha tertulia e intercambio de libros. “Le conocí una novia a Iván, pero no era el más noviero, muy aplomado sí. Lo recuerdo como una persona inteligente y aplicada en el estudio. Tenía un gusto exquisito por el cine. Se la podía pasar todo un día metido en un teatro viendo distintas películas”.
El filósofo Fabián Acosta, amigo de infancia y juventud de Iván Cepeda.
Iván, el filósofo
“La filosofía es sobre todo paciencia”, dice Fabián. “Iván ha mostrado, con su capacidad reflexiva y su escucha atenta, la vena paciente del filósofo. Esa creatividad suya para ofrecer otra visión del mundo, se verá reflejada en el modo de asumir el poder en caso de resultar elegido”, agrega.
Sin dudarlo, votará por él. “La filosofía del siglo XX habla de la otredad como ese otro totalmente distinto a uno. Iván tiene la virtud de reconocer al oponente y al contradictor. En un escenario de guerra y paz como el colombiano, el filósofo puede sugerir otras maneras de abordar esos problemas, que no sean el belicismo fácil que exacerba la violencia en vez de contenerla, abriendo caminos que lleven a más paz en vez de a más violencia”.
Le pregunto si cree que con un presidente como Iván Cepeda, Colombia iría por mejor camino.
“Que un filósofo gane el poder es ganar el poder para la filosofía. Es poner a pensar a los políticos sobre sus propios males, su capacidad destructiva al volver antagónico el mundo humano. Porque la política corrupta, malversadora y antiética genera un estado de cosas tal que nada se puede resolver. Un filósofo parado en el poder hará una pedagogía necesaria que impacte positivamente la vida institucional y remueva conciencias para transformar al país”.
Considera que el discurso filosófico de Iván Cepeda es consecuente con su actuar. “Lo que él hace es seducir a la gente con la idea de que podemos vivir la vida política de una manera decente”.
Dice que si pudiera darle un consejo, le daría este: “Iván, no deje de mirar nunca el mundo humano que está por fuera del Estado”.
Alexander Velásquez
Escritor, periodista, columnista, analista de medios, bloguero, podcaster y agente de prensa. Bogotano, vinculado a los medios de comunicación durante 30 años. Ha escrito para importantes publicaciones de Colombia, entre ellas El Espectador, Semana (la antigua); El Tiempo y Kienyke. Ha sido coordinador del Premio Nacional de Periodismo CPB (ediciones 2021, 2022, 2023). Le gusta escribir sobre literatura, arte y cultura, cine, periodismo, estilos de vida saludable, política y actualidad. Autor de la novela “La mujer que debía morir el sábado por la tarde”. El nombre de este blog, Cura de reposo, se me ocurrió leyendo “La montaña mágica”, esa gran novela de Thomas Mann.
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