Gabriel García Márquez tituló una de sus novelas La mala hora. Era el tiempo de los rumores, de los mensajes anónimos, de las verdades a medias y de los fantasmas colectivos que terminaban contaminándolo todo. Hay algo de esa atmósfera en la política colombiana de hoy.
Esta semana, Gustavo Petro decidió responderle a Felipe Zuleta con una expresión que incluía un “Heil Hitler”. Más allá de las explicaciones posteriores, de los contextos que algunos intentaron reconstruir y de las interpretaciones que inevitablemente siguieron, hay un hecho imposible de ignorar: millones de personas leyeron esas palabras sin contexto alguno.
Treinta y cuatro millones de usuarios en una plataforma donde los mensajes viajan más rápido que las aclaraciones. Treinta y cuatro millones de posibles lecturas de una referencia al nazismo en un momento histórico en el que el fascismo, bajo formas diversas y adaptadas al siglo XXI, ha dejado de ser una preocupación exclusiva de los historiadores para convertirse nuevamente en una amenaza política real.
Las palabras importan. Más aún cuando provienen de un jefe de Estado. Más aún cuando son pronunciadas en una época donde el algoritmo premia la indignación y castiga los matices.
Pero quizá el problema de fondo no es el trino. El problema es lo que el trino revela.
Petro parece cada vez más desconectado de la coyuntura política que él mismo ayudó a construir. Mientras el país discute el futuro, la sucesión, la seguridad, la economía o el rumbo de la izquierda después de su gobierno, el presidente insiste en convertir cada episodio en una disputa sobre sí mismo.
Paradójicamente, pocos han trabajado con más disciplina por la campaña de algunos de sus adversarios que el propio Petro. Lo acaba de hacer con Abelardo de la Espriella. Como ha ocurrido antes con otros personajes, el presidente parece incapaz de distinguir entre combatir una figura política y amplificarla. La consecuencia es evidente: termina regalándole centralidad a quienes dice combatir.
Esa necesidad permanente de ocupar el centro del escenario también ha dejado al descubierto una fractura cada vez más evidente con Iván Cepeda.
Cepeda parece atrapado en una situación casi hamletiana: to Petro or not to Petro. Debe representar una continuidad política sin convertirse en una prolongación personalista del presidente. Debe defender un proyecto sin cargar necesariamente con todos sus errores. Debe convencer a quienes apoyaron al gobierno sin espantar a quienes están cansados de él.
Hasta ahora, su estrategia ha consistido en hablar de los errores del petrismo en términos generales. Habla de la necesidad de corregir rumbos, de aprender lecciones y de construir una nueva etapa. Pero nunca señala con claridad cuáles fueron los errores concretos ni quiénes fueron sus responsables. Nunca menciona aquello que buena parte del país identifica como los problemas centrales de este gobierno, porque políticamente no puede hacerlo.
No puede romper con Petro porque necesita una parte de su base electoral. Pero tampoco puede abrazarlo completamente porque sabe que buena parte del país está buscando precisamente una alternativa a esa forma de ejercer el poder.
Esa es la paradoja de su candidatura: necesita demostrar que no es Petro, sin poder decir exactamente qué fue lo que Petro hizo mal.
El resultado es una ambigüedad que empieza a costarle claridad. Y en este momento Colombia parece estar pidiendo exactamente lo contrario: definiciones claras.
Pedro Adrián Zuluaga ha sugerido que sería más interesante escuchar las propuestas de Cepeda que verlo concentrado en oponerse personalmente a Abelardo de la Espriella. La observación es pertinente. La confrontación directa contra figuras de la derecha le produjo enormes dividendos políticos al petrismo durante años, especialmente en su antagonismo con Álvaro Uribe. Pero el contexto ha cambiado.
Cada vez que Cepeda convierte a Abelardo en el centro de su discurso corre el riesgo de repetir una fórmula agotada. La política de la próxima década difícilmente podrá construirse únicamente alrededor de la identificación de enemigos. Colombia parece estar demandando algo distinto: propuestas, horizontes y capacidad de convocatoria.
Porque la pregunta verdaderamente importante ya no es contra quién está Cepeda. La pregunta es para qué está Cepeda.
Y ahí aparece otro problema para el progresismo colombiano. Mientras buena parte de la conversación pública gira alrededor de las disputas dentro del petrismo, no ha existido un esfuerzo serio de convocatoria hacia el centro político, que hoy encuentra en Sergio Fajardo su principal referente.
No ha habido una operación profunda de persuasión democrática. No ha habido una estrategia consistente para seducir a quienes podrían compartir algunas reformas sociales pero siguen desconfiando de los modos, los tonos y las prioridades del gobierno. No ha habido una conversación genuina con quienes no se sienten representados ni por el uribismo ni por el petrismo.
Esa ausencia resulta particularmente llamativa porque ninguna fuerza política puede aspirar a convertirse en mayoría nacional renunciando a convencer a quienes piensan distinto.
Por eso la verdadera oportunidad histórica de Cepeda podría ser mucho más importante que ganar una elección presidencial.
Podría consistir en convertirse en el líder de una izquierda capaz de existir más allá de Gustavo Petro.
Una izquierda menos dependiente del carisma de un individuo. Más plural. Más institucional. Más democrática en sus prácticas internas. Menos condenada a las frustraciones que producen inevitablemente los proyectos construidos alrededor de una sola figura.
Que ese proyecto guste o no guste es una discusión legítima. Pero toda democracia necesita fuerzas políticas capaces de sobrevivir a sus fundadores.
Y es ahí donde aparece una última paradoja.
A veces da la impresión de que lo que más le duele hoy a Gustavo Petro es dejar de ser el centro de la coyuntura nacional. Como si la discusión pública hubiera comenzado a desplazarse hacia otros temas, hacia otros liderazgos y hacia el inevitable debate sobre lo que vendrá después de su gobierno.
Sin embargo, quizá el propio Petro sea consciente, en algún nivel, de que ese ciclo está llegando a su fin.
Hace poco pronunció una frase que sonó menos a consigna política que a confesión: “El día final de mi mandato saldré, no sé a dónde, y a qué”.
Hay algo profundamente humano y melancólico en esas palabras. También algo revelador. Parecen las palabras de un hombre que empieza a comprender que la historia no pertenece para siempre a quienes la protagonizan.
La política colombiana lleva meses discutiendo qué vendrá después de Petro. Tal vez el único que todavía no termina de aceptar esa conversación sea el propio Petro.
La madurez democrática consiste precisamente en eso: aceptar que nadie es indispensable, que nadie es un mesías y que ningún líder puede confundirse con el destino de una nación.
La historia ya le dio a Gustavo Petro su oportunidad.
Ahora le corresponde al país decidir qué viene después.
Y será la historia, para bien o para mal, la que termine dictando el veredicto.