La influencia de Hayao Miyazaki en nuestra cultura visual y el cine mundial es asombrosa. Su trabajo ha marcado a varias generaciones, ofreciendo historias que combinan la fantasía con una visión profundamente humana. Más que grandes epopeyas, sus películas son relatos que exploran la ambigüedad moral, el respeto por la naturaleza y la complejidad de las emociones humanas. Su más reciente filme, “El niño y la garza” se siente como un regalo de despedida, como una última caminata por los paisajes de su memoria y sus obsesiones. Algo que a mi generación, que creció viendo sus películas, conmueve mucho.

La tendencia de estos días sobre Miyazaki solo es prueba de lo profundo que ha impactado su obra y manera de ver la vida. Que todo el mundo quiera ser contado por su mirada es quizás su mayor triunfo como artista. En una industria cada vez más obsesionada con la nostalgia y la explotación de franquicias, su cine se mantiene como un testimonio de lo que significa crear desde la honestidad. Lástima el tema de derechos, pero hay algo cierto: Miyazaki no hubiera sido él sin los impresionistas o Hiroshige. Ningún artista se debe solo a sí mismo, ninguna creatividad ha sido totalmente singular.

Nacido en Tokio en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, Miyazaki creció en un Japón fracturado por el conflicto, pero también en una era de reconstrucción y asombro tecnológico. Su padre dirigía una fábrica de piezas para aviones de combate, lo que explica su fascinación por el vuelo, una constante en sus películas. Pero más allá de la mecánica, lo que define su cine es su humanidad: sus personajes son complejos, fuertes, vulnerables, contradictorios y profundamente reales.

Es imposible hablar de su obra sin mencionar la tradición del dibujo japonés, desde las xilografías del período Edo hasta el manga de Osamu Tezuka. Su trazo y su estética beben de esa historia y la reinventan. En un mundo digitalizado, donde la animación muchas veces pierde la textura de lo hecho a mano, Studio Ghibli sigue apostando por la animación tradicional, por el gesto imperfecto del pincel que dota de alma a sus personajes.

Pero si hay algo que distingue la obra de Miyazaki, es su profundo humanismo. Sus personajes no son héroes tradicionales, sino individuos en busca de su propio sentido. Chihiro, en El viaje de Chihiro, comienza como una niña temerosa y caprichosa, pero en su travesía encuentra sentido y coraje en la empatía y el trabajo. Howl, en El castillo ambulante, es un hechicero atormentado por sus propias contradicciones, capaz de destruir y amar con la misma intensidad. Ashitaka, en La princesa Mononoke, no busca la guerra ni la victoria, sino la reconciliación entre la humanidad y la naturaleza. Incluso en sus antagonistas hay matices: Lady Eboshi, Yubaba o el siniestro sin rostro no son maldad pura, sino seres atrapados en sus propias circunstancias. En su cine no hay villanos absolutos, porque la humanidad nunca es absoluta, siempre es ambigua, contradictoria, en constante transformación.

Y con esa mirada ambigua pienso nos debemos acercar a este increíble acontecimiento, que millones de personas quieran verse en su mirada, no debería solo cuestionarnos, no es una historia univoca, lo que la inteligencia artificial y sus mecánicos están logrando, tiene repercusiones impresionantes, ¿pero es esto completamente malo?, no sé, no lo creo, la nostalgia de los pasados nos puede llevar también a negar posibilidades en el presente. Finalmente el ser humano siempre parece gustar de vivir esa ambigüedad entre seguir y mirar atrás. Qué paradoja que el artesano Hayao Miyasaki haya sido multiplicado millones de veces por un robot sin sentimientos.

El cine de Miyazaki es un refugio y una rebelión contra el cinismo, quizás, un recordatorio feliz de que la belleza se encuentra en los pequeños detalles: en una ráfaga de viento sobre un campo de trigo, en la forma en que un personaje se ata los zapatos antes de correr, en la mirada de una niña que se descubre capaz de enfrentar al mundo.

Gracias, Miyazaki, por enseñarnos a ver la vida, por enseñarnos a ver fisuras y grises, en lo malo, pero también en lo bueno, y especialmente por recordarnos que, incluso en los tiempos más oscuros, siempre hay un lugar para la esperanza.♦

PS: La imagen que adorna este artículo es hecha sobre un retrato que me tomaron en la librería Ex Libris de Medellín.

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