Hay días en que Colombia parece una discusión de vecinos transmitida por cadena nacional. Todos hablan al tiempo. Nadie escucha. Cada quien llega con su verdad empacada al vacío. Los insultos tienen más alcance que las ideas y las redes sociales han logrado el milagro de convertir a millones de personas en expertos constitucionalistas entre el desayuno y el almuerzo. Y entonces uno piensa en Antanas Mockus. No en el personaje folclórico que los caricaturistas resumieron durante años en una mímica o en unos pantalones bajados. No. Pienso en el profesor. En el tipo extraño que tuvo la osadía de creer que un país podía mejorar si sus ciudadanos aprendían a comportarse mejor. Pienso en el rector que terminó haciendo política sin dejar de ser maestro. Hoy esa idea parece casi revolucionaria. En una época donde todos querían conquistar el poder, él quería algo mucho más difícil: que los colombianos aprendieran a convivir. Y quizás por eso terminó siendo una rareza irrepetible.

Hay además una razón personal por la que escribo estas líneas. Hace años tuve la alegría de entrevistar a Antanas para un medio llamado Contravía. Recuerdo que salí de esa conversación con una sensación extraña: la de haber hablado con alguien que parecía estar jugando un juego distinto al del resto de la política colombiana. Mientras tantos dirigentes hablaban de encuestas, estrategias, enemigos y victorias, Mockus hablaba de cultura, de comportamientos, de educación, de símbolos y de ciudadanía. Parecía menos interesado en ganar una elección que en transformar una sociedad. En aquel momento confieso que algunas de sus respuestas me parecieron excesivamente idealistas. Hoy, después de años de polarización, agresividad digital y degradación del debate público, empiezo a sospechar que el idealista era el más realista de todos. Porque los problemas que él señalaba siguen ahí. Incluso son más grandes. Y las soluciones fáciles que nos prometieron desde distintos extremos siguen sin aparecer. Por eso, cuando pienso en él, no siento únicamente admiración. Siento una melancolía difícil de describir. La melancolía de quien entrevistó a un hombre que hablaba del futuro y descubre, años después, que el país decidió escuchar a quienes le prometían atajos.

Mientras el país se divide entre quienes creen que la salvación llegará por la izquierda y quienes creen que vendrá por la derecha, uno sospecha que Mockus volvería a hacer lo mismo que siempre hizo: decepcionar a los fanáticos. Porque nunca fue bueno para pertenecer a una tribu. Cuando todos gritaban, él preguntaba. Cuando todos señalaban culpables, él hablaba de responsabilidades. Cuando todos prometían cambiar el país, él insistía en cambiar comportamientos. Por eso, si hoy tuviera que imaginar una frase suya frente a la batalla política que se avecina, me atrevería a prestarle estas palabras: “No me interesa quién grita más fuerte. Me interesa quién respeta mejor las reglas democráticas, quién dice la verdad con más rigor y quién contribuye a que los colombianos puedan convivir pese a sus diferencias.” Y solo por escribirla siento que viene de otra época. Una época donde la política todavía aspiraba a educar.

Porque seamos sinceros: Colombia no solo perdió a Mockus. También perdió el ecosistema que hizo posible que existiera un Antanas. Y un ejemplo de ello, irónicamente, es el mismo Partido Verde. Aquella fuerza política que nació como una rebelión ética contra las costumbres de la política tradicional terminó pareciéndose demasiado a aquello que prometía transformar. Qué transformación tan extraña terminó viviendo. Nació para desafiar las costumbres del poder y acabó adquiriéndolas. Nació como una conversación sobre ciudadanía y terminó convertida en una disputa permanente por avales, burocracia y cuotas. El Verde se parece hoy a esos grupos de rock que comenzaron cantando contra el sistema y acabaron tocando en la fiesta de cumpleaños del sistema. Quizás sea injusto decirlo. Pero no tanto. Porque para muchos colombianos el Partido Verde ya no produce esperanza. Produce nostalgia. Nostalgia de cuando la política parecía una invitación a construir algo mejor y no simplemente a odiar al bando contrario. Nostalgia de aquella Ola Verde que llenó plazas enteras con una idea tan ingenua como poderosa: que la decencia podía ser competitiva electoralmente. Durante unas semanas Colombia creyó que sí. Después volvimos a ser Colombia.

Y aquí estamos otra vez. Observando cómo unos convierten cada elección en una cruzada moral y otros en una guerra de exterminio simbólico. Escuchando a los candidatos hablar más de sus enemigos que de sus propuestas. Confundiendo carácter con agresividad y liderazgo con volumen. Por eso me resulta casi imposible preguntarme si Mockus estaría con Iván Cepeda o con Abelardo de la Espriella. La pregunta correcta es otra. ¿Quién de los dos estaría dispuesto a soportar cinco minutos de conversación con Mockus sin sentirse incómodo? Porque el profesor tenía esa rara capacidad de incomodar a todos. A la izquierda cuando confundía ideales con excusas. A la derecha cuando confundía autoridad con arrogancia. A los políticos cuando confundían legalidad con astucia. Y a los ciudadanos cuando confundíamos derechos con privilegios.

Tal vez por eso nunca terminó de encajar. Era demasiado profesor para los políticos y demasiado político para los profesores. Demasiado serio para los cínicos y demasiado ingenuo para los pragmáticos. Pero mientras más envejece esta democracia fatigada, más evidente resulta el vacío que dejó. Porque el problema de Colombia no es que ya no tengamos héroes. El problema es que dejamos de admirar las virtudes que representaban. Nos acostumbramos a premiar la furia. A celebrar la humillación del adversario. A elegir al que mejor golpea y no al que mejor argumenta. Y después nos preguntamos por qué el país se parece tanto a una pelea. Quizás Mockus nunca fue el presidente que Colombia eligió. Pero fue, durante mucho tiempo, el ciudadano que Colombia necesitaba. Y viendo el espectáculo actual, uno no puede evitar pensar que también sigue siendo el ciudadano que más nos hace falta.

Extrañamos tanto a Antanas.

Y sospecho que lo extrañamos porque, en el fondo, extrañamos una versión mejor de nosotros mismos.

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