J’accuse!

Publicado el j'accuse

Una historia para olvidar

Es habitual decir que el pueblo que desconoce su historia está condenado a repetirla. “¡Una vez condenados, pues repitámosla!”, habrán pensado los propulsores de la reforma de la educación secundaria que fue aprobada hace un par de semanas en España. La polémica reforma pasó en segundo plano en los medios de comunicación internacionales, y a mi parecer, no tuvo el eco mediático que un cambio social tan profundo habría merecido. El nuevo decreto que reforma la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en España habría transformado –para muchos prácticamente eliminado– el pénsum de dos materias de la rama de humanidades: Historia y Filosofía. El objetivo de esta amputación, según el gobierno, sería reducir el número de estudiantes que se ven obligados a repetir el año académico y, sobre todo, bajar los altos niveles de abandono escolar que se registran –y que van en progresivo aumento– en el país europeo. En cuanto a la materia de Historia, la reforma erradica el orden cronológico de los eventos históricos tratados, suprimiendo así hechos históricos que me atrevo a considerar indispensables en la formación de cualquier joven, al menos en esta parte del mundo donde se comparte una serie de valores. Algunos medios españoles afirman que en el pénsum no hay rastro de la Conquista de América o de la Revolución Francesa.

El Ministerio de Educación del Reino de España habría calificado de “academicista” el orden cronológico, y es por ello por lo que fue remplazado por “bloques temáticos”. Diluyendo la estructura cronológica, que es precisamente la esencia y la clave del rigor de esta disciplina, y sustituyéndola por “bloques temáticos” es claro el riesgo de transformar todo evento histórico en un hecho de crónica analizado superficialmente desde la perspectiva de otras disciplinas. La división en “bloques temáticos” empieza ya a desentonar levemente y a adquirir tintes de adoctrinamiento, cuando se descubre que su articulación responde a asuntos como “desigualdad social y la disputa por el poder”, “familia, linaje y casta”, “marginación, segregación, control y sumisión en la historia de la humanidad”, “el papel de la religión en la organización social”.

El proyecto presentado por el partido de gobierno recalca que es una reforma básicamente fundada en la inclusión y en el desarrollo de valores cívicos. Difícil entender a qué valor recién mencionado responde la eliminación de la filosofía como materia obligatoria en el bachillerato. Leyendo la reforma y sus comentarios, creo entender que en algunos años del bachillerato la filosofía desaparece y viene absorbida por una asignatura llamada Valores Éticos y Cívicos. Fácil imaginar, viendo el enfoque que se le ha dado al estudio de la historia, que los valores éticos enseñados remplazarán sin mucho problema textos hasta ayer considerados fundamentales. De hecho, alumnos entre los doce y los dieciséis años no desarrollarán lecturas sobre la República de Platón (primer ejemplo que me viene a la memoria) pero sí se adentrarán en asuntos tales como “memoria democrática”, “derechos LGTBIQ+”, “ética de los cuidados”, “ecofeminismo”, o “toma de consciencia de la violencia y la explotación sobre las mujeres”. Entre los puntos más llamativos de la reforma, se encuentra el apartado que concierne las matemáticas, que desde hoy tienen que ser enseñadas como una materia “inclusiva” y “socioafectiva”. Para no quedarse atrás en términos de relativismo, la norma reza lo siguiente, siempre con respecto a las matemáticas:

“El análisis de las soluciones obtenidas en la resolución de un problema potencia la reflexión crítica sobre su validez, tanto desde un punto de vista estrictamente matemático como desde una perspectiva global, valorando aspectos relacionados con la sostenibilidad, la igualdad de género, el consumo responsable, la equidad o la no discriminación, entre otros”.

Léase bien, un problema matemático que tiene que ser analizado valorando aspectos relacionados con la sostenibilidad y la igualdad de género. Yo no logro imaginar cómo esto puede ser, pero, en la feria del relativismo, sin problema alguno tendrá cabida.

Ahora bien, ¿no representaban la historia y la filosofía el lugar donde debatíamos y entendíamos la forma de la que se había construido nuestra sociedad moderna, con todos sus defectos? ¿No era indispensable el estudio de la historia y de la filosofía para entender cómo se produjo el concepto de ciudadanía (por cierto, en una revolución hoy ignorada por dicha reforma) que nos daba una serie de derechos? Borrando la ilustración, ¿podríamos entender el proceso complejo y sanguinario que nos dejó como herencia los derechos humanos? ¿Podría una persona entender y criticar un proceso social complejo como el que vivimos hoy, sin tener ni siquiera la capacidad de imaginar la complejidad que caracteriza la historia? ¿Podría un ciudadano, despojado del instrumento de análisis filosófico, acercarse tan solo a reflexionar la complejidad contemporánea?

Sobra decir que es claro el interés de esta reforma, que deja un sabor (bastante amargo) de adoctrinamiento (un niño cubano o venezolano, o un anciano italiano que se educó durante el fascismo saben de lo que aquí hablamos). Tranquiliza saber que, siendo una reforma con tan claros intereses ideológicos, en un eventual cambio de gobierno en las próximas elecciones con toda seguridad desaparecerá. Sin embargo, hay que recordar que, según el gobierno, la reforma respondía al grave fenómeno de abandono escolar. ¿No será que el abandono escolar es el efecto directo de la inutilidad de una escuela que no enseña?

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