En medio de la gritería en que se convirtió el debate político, donde sobra la emocionalidad y
escasean los argumentos, es necesario hacer un esfuerzo para reivindicar unos elementos, unos
logros pero también unos problemas que nos son comunes, a los cuales debemos mirar y
entender por encima de las diferencias, pues nos son comunes y no deben quedar en la picota
pública, ni huérfanos ni indefensos; lo lógico sería lograr un acuerdo, un entendimiento nacional
que permita abordarlos de manera serena y objetiva, para sacarlos adelante. No es ser unánimes,
imposible en una sociedad que por su misma naturaleza, es diversa; es reconocer los asuntos que
nos interesan, que nos atañen, unir esfuerzos y sacarlos adelante. Es una responsabilidad con el
país, con nosotros y con los nuestros, ahora cuando vivimos un momento electoral y de inicio de
un nuevo gobierno.
Ello significa ni más ni menos, hacer realidad los planteamientos contenidos en nuestra
Constitución, fruto de un gran acuerdo, después de decenios de incomprensiones,
desentendimientos, conflictos y violencia, cuando se había desvanecida la posibilidad de tener un
proyecto común y reinaba el espíritu del “sálvese quien pueda”. Un acuerdo que, en buena
medida espera aún ser logrado. ¿Y por qué ahora? Por dos razones principales. La primera es que
en el escenario internacional se vive hoy una crisis profundísima que algunos consideran,
consideramos, que es una de civilización, con el declinar de Occidente, especialmente de Estados
Unidos, su centro durante más de ochenta años, y el ascenso del Oriente con el liderazgo de China.
La segunda, consecuencia de la anterior, es que Estados Unidos, está perdiendo terreno e
influencia en el Continente, lo que nos obliga a mirar el futuro con otros ojos, con los desafíos y las
posibilidades que esto implica.
En Colombia, el conflicto interno sigue vivo pero transformado; viene desde el liberal –
conservador de los años cincuenta, producto en buena medida de los cambios que sufrió un país
agrícola y rural enfrentado a la llegada de la incipiente industrialización y de la creciente
urbanización. Conflicto que se transformaría en guerra revolucionaria en los sesenta; pero la
revolución no llegó y la estructura armada permaneció y viró hacia el crimen organizado. Lo actual
ya no es un conflicto armado, sino simple violencia criminal que debe abordarse como un asunto
de orden público, con el fortalecimiento de las fuerzas armadas del Estado, haciendo presencia en
todo el territorio. Es una violencia criminal alimentada fundamentalmente por el narcotráfico
donde están presentes los pequeños productores, campesinos cocaleros que necesitan una
política especial para garantizarles y apoyarles una actividad productiva legal; en esto el país tiene
mucha experiencia e incontables fracasos. Esta tarea debe ser adelantada en asocio con el
gobierno norteamericano, pues la responsabilidad es compartida; en Norte América está la gran
demanda con alto poder adquisitivo y el problema solo se resolverá con una política integral y
compartida entre los oferentes, Colombia principal pero no único productor, y Estados Unidos con
la principal demanda solvente que alimenta y posibilita el negocio – sin demanda no hay oferta-.
No pueden escudarse en que son las víctimas, pues hay victimarios y víctimas a ambos lados del
río Grande. Así como estamos unidos en el problema, debemos estarlo, necesitamos estarlo, en su
solución. Mientras esto no se entienda, los criminales seguirán tranquilamente con su negocio,
que día a día crecerá y se diversificará hacia otras actividades criminales.

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