El Cuento

Publicado el ricardogonduq

La mala hora del Ejército: de Dimar Torres a Yolanda González

La sombra del regreso de los falsos positivos, “errores militares”, corrupción de generales y resultados que no son contundentes, son algunos de los problemas que ha enfrentado el Ejército este año. Desde el caso de Dimar Torres hasta el asesinato de un escolta que cuidaba a una líder política en Arauca, explican el difícil momento que tienen a las Fuerzas Militares con la imagen desfavorable más alta de su historia reciente.

Por: Ricardo González Duque

En Twitter: @RicardoGonDuq

A finales de 2015, cuando la narrativa en el país seguía siendo la paz, y la realidad así lo demostraba con la disminución de muertos por el conflicto armado a menos de 200 –en 2004 habían sido 2.517– desde el Ejército se empezó a hablar de un cambio en la doctrina militar para los nuevos retos del posconflicto o el posacuerdo, como prefieren llamarlo algunos.

En medio de una feroz tormenta política, alimentada por los detractores del acuerdo de paz, el general Alberto Mejía respondía así a ese cambio en una entrevista con Noticias Caracol: “Revisar la doctrina militar está enfocado a los manuales que rigen el actuar de la institución. Cómo emplear el poder de combate que nos da la Constitución al servicio de los colombianos”. Y seguramente enfureció a muchos al proponer temas que no estaban relacionados precisamente con dar bala: “Los nuevos y desafíos: el Ministerio de Defensa nos está asignando unas nuevas misiones y áreas de capacidad (…) Actuar en atención y prevención de desastres, en mitigación de riesgos, en temas ambientales, en fuerzas multinacionales de paz. Para eso no tenemos doctrinas.”

Con el cambio de administración, de Santos a Duque, de Mejía a Martínez, ese revolcón parece haber quedado engavetado y contrario a la idea del “servicio a los colombianos”, el Ejército ha debido enfrentar escándalos recurrentes durante este año. El más reciente ocurrido en el departamento de Arauca.

A través de Blu Radio, la líder social del partido ASI, Yolanda González, contó el viernes pasado que soldados detuvieron la camioneta en la que viajaba con su escolta, les pidieron que se bajaran del vehículo y sin mayor explicación empezaron a disparar, dejando muerto al hombre de la UNP. Contradice ella la explicación del Ejército, según la cual, ellos no atendieron la señal de pare y ocurrió una “sucesión de disparos”.

Hace menos de tres semanas, cuando el joven indígena Ómar Gusaquillo resultó muerto, la explicación del Ejército en el Valle del Cauca también fue la misma: “Unidades militares reportaron que (…) se había registrado un intercambio de disparos” y también fueron desmentidos por el sobreviviente Diego Alexis Vega, quien resultó herido.

Él contó que junto a su acompañante, estaban haciendo una vigilancia nocturna de su comunidad y cuando llegaron los soldados de la Tercera Brigada les dejaron claro que estaban desarmados, pero eso no valió para que no les dispararan. Posteriormente, se conoció que uno de los militares le pidió perdón a la comunidad por lo ocurrido y que otros habrían intentado manipular la escena del crimen para que el indígena muerto apareciera portando un arma, en lo que se asimilaba a un nuevo falso positivo.

En otro episodio aún más confuso, pero que no por ello deja de ser un error militar o un uso excesivo de la fuerza, el joven Rafael Caro en zona rural de Barrancabermeja, fue asesinado por una ráfaga de disparos del Ejército que se activaron cuando él, desarmado, intentó ingresar a la base militar de La Lizama. Las imágenes de su muerte son perturbadoras y dejan ver que el militar no disparó al piso como en su momento dijo el ministro de Defensa, Guillermo Botero.

En el caso más emblemático e indignante de este año, el del exguerrillero de las Farc, Dimar Torres, el ministro Botero también cometió una equivocación al intentar justificar lo que había ocurrido con ese asesinato, que se hubiera ocultado de no ser porque un grupo de militares fueron sorprendidos por la comunidad cavando una fosa para esconder el cuerpo. En su momento, el ministro Botero aseguró que Torres había muerto por un forcejeo porque intentó quitarle el arma al cabo Daniel Gómez, quien en las diligencias judiciales ha contado que él tenía la orden de perseguir al excombatiente de las Farc.

Lo anterior sumado a las dos presuntas ejecuciones extrajudiciales ocurridas en Arauca y Nariño hace pocos meses y que fueron denunciadas por la revista Semana en junio pasado.

Es impopular y hasta peligroso hablar mal del Ejército en Colombia o decir por lo menos que está en una mala racha. El “glorioso” Ejército, como le dicen algunos de sus fanáticos. Sin embargo, los que tanto quieren a esa institución en el país, no deberían seguir pasando por alto estos hechos que dan cuenta de que algo está pasando allá, por lo que en el reciente Gallup Poll de agosto pasado, el Ejército llegó a un nivel de desfavorabilidad del 38%, el más alto desde el 2000 que se realiza esta medición.

La doctrina moderna de la que hablaba el general Mejía, con la que querían evolucionar a otras tareas -más allá de enfrentar a las amenazas internas que aún permanecen- quedó reducida a nuevos cuestionamientos de la ciudadanía por actuaciones que se asemejan a las de un país en lo peor de su guerra, en lo más crudo del conflicto armado como hace 10 o 12 años, que estaban en auge los falsos positivos.

¿Qué está llevando a que unos jóvenes soldados quizá sin intención de matar inocentes estén actuando de esta forma? ¿Cuáles son las presiones que hay en el Ejército para que los soldados en los casos mencionados primero disparen y luego pregunten? ¿Tendrán algo que ver los derogados formularios del comandante de la institución, el general Nicacio Martínez, en los que se pedía duplicar las bajas? ¿Por qué justamente esta mala hora del Ejército en el respeto de los Derechos Humanos ha coincidido con el regreso de un gobierno de la “mano firme”?

Los escándalos de corrupción de los generales Fajardo y Romero, más los pobres resultados –la baja de un tal Alonso que nadie conocía en Cauca, en lugar de Mayimbú– son el agravante que ponen al gobierno en la obligación de darle un giro urgente al Ejército. Martínez, su actual timonel, sigue en deuda.

UN PUNTO DE GIRO: A mí sí me alegró ver cómo el fundador de la aplicación Movii le daba un pastelazo a los banqueros del país, representados en un actor igualito a Mr Monopoly. Es inexplicable que Asobancaria, a la que le encanta el libre mercado para que no los regulen, termine lloriqueando porque llega un nuevo jugador que va a promover la libre competencia.

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