Desde el fogón

Publicado el Maritornes

MJ y la cadena virtuosa

MJ tiene 7 años. Como entra al colegio, buscó con su mamá en Internet un maletín para sus útiles. Encontró uno que le gustó, “el del gatico”. Lo pidieron, pero pronto se dieron cuenta de que se habían equivocado y de que la página por la que lo habían pedido era la de otro país, y que el gatico no parecía estar disponible en su país. L, la mamá, le dijo entonces a MJ que buscaran otro morralito nacional, que era mejor comprar la marca de su país y no una extranjera, porque la nacional ofrecía muchas opciones, y porque es su convicción que en lo posible deben comprar productos de empresas locales. “Es que el que me gusta mucho es el del gatico”, dijo MJ, desencadenando sin saberlo la cadena virtuosa.

L recordó que su tía M conocía a la esposa de alguien que trabajaba en la empresa que hace los de gaticos y otros morrales. MJ pide su morralito, L le menciona la dificultad a M, M consulta con A. A le dice que I, su marido, se caracteriza por tratar de solucionar este tipo de escollos. A informa a I sobre cuánto MJ quiere su morral de gatico. I responde que buscará la forma de encontrarlo, que en alguna parte debe hacer uno. I sabe que cuenta dentro de la empresa con T, quien también es una eficaz solucionadora, una de esas personas que nunca dirá “no se puede” hasta no agotar el último recurso, y cuyo modo automático es “sí se puede”. T hace una búsqueda exhaustiva por todas las bodegas del país, hasta encontrar uno de los ejemplares de gatico. La cadena de información hace el recorrido en sentido contrario. T le informa a I que ha encontrado uno. I le comunica a A que lo han ubicado. A le escribe a M dándole la información, M a L y L por último a MJ. A cuatro días de iniciada la gestión, alguien ha recogido en la empresa el morralito y este va camino a las manos de MJ.

Como el soldado Rowan en la famosa Carta a García de Elbert Hubbard, publicada por primera vez en 1892, todos en la cadena virtuosa que se unió para conseguir “el gatico” de MJ tenían un solo propósito, que brotó espontáneo en cada uno, y era el interés por satisfacer un deseo, la dedicación a hacer bien una tarea que se les pedía. En cualquier punto de la cadena alguno pudo haber dicho, “no me corresponde”, “¿por qué yo?”, “¡habiendo tantos morrales!”, “estoy muy ocupada”, “que vuelva a ensayar”, “¡Pues que pregunte en una tienda!”, “Después”, y un sinnúmero de otras formas de decir, “no me interesa lo suficiente para hacer el esfuerzo”.

No obstante, por esos azares, o destrezas, que a veces se conjugan, a base de creatividad, espíritu de servicio, recursividad y ánimo positivo se hizo moñona en todas las etapas, y, como la carta del sargento Rowan llegando a su destino, el morral de gatico llegó a las manos de una hermosa niña de siete años. Cuántas veces, piensa Maritornes, no reparamos en el placer desproporcionadamente grande que produce hacer bien tareas en apariencia insignificantes. Es siempre un gusto intrínseco, que a veces trae sus recompensas externas. En este caso trajo la mejor de todas: la sonrisa de una niña y sus palabras de agradecimiento por “traerme la mochila de gatico desde muy, muy lejos”. Con eso o sin eso, seguramente el esfuerzo habría valido la pena, pero hay pasteles que, para dicha de todos los participantes, traen su proverbial cereza.

 

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