Desde el fogón

Publicado el Maritornes

El mensaje cifrado

La cita original de Léon Bloy en francés dice: “L’homme a des endroits de son pauvre cœur qui n’existent pas encore, et où la douleur entre, afin qu’ils soient.”

En español podría ser: «El hombre tiene lugares en su pobre corazón que no existen todavía y donde el dolor penetra a fin de que sean».

O en inglés: “Man has places in his heart which do not yet exist, and into them enters suffering, in order that they may have existence.”

A Maritornes esta cita le resultó poética, profunda y verdadera y la puso a pensar en el ineludible sufrimiento. Hemos trascendido épocas en que la humanidad buscó activamente, podría decirse que con algo de enmascarada perversión, sufrir, mortificarse e ir tras el dolor. Lo hizo en gran parte de la mano de la religión, y los consideró valores espirituales, caminos a la trascendencia.

Hoy nos encontramos en una posición diametralmente opuesta en la que no solo hemos renunciado a esa búsqueda activa del sufrimiento, sino que tendemos a calificarlo como algo eludible, indeseable e inoficioso. Empero, el sufrimiento se entreteje con la dicha para formar el necesario contraste de luces y sombras sin el cual las emociones serían una interminable y monótona planicie sin colinas ni accidentes ni marcadores para el camino del alma.

¿Quién que haya vivido puede decir que jamás ha sufrido? ¿Es posible acaso vivir sin sufrir? Y puesto que difícilmente lo sería, tal vez sí podamos abrazar el inevitable sufrimiento como quien recibe al portador de un mensaje cifrado. No es fácil acoger al mensajero cuando de su mano llegan golpes tan fuertes como los que describe César Vallejo en Los heraldos negros, esos que “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. Y aún así, si logramos ir al encuentro del sufrimiento con los ojos del corazón puestos en la inescrutable realidad que se hará más clara cuando haya cedido su “resaca” —para emplear la palabra que elige Vallejo—, es muy posible que al regresar a los jardines conocidos los encontremos bañados por una luminosidad que no habría sido posible de no ser porque la vislumbramos a través del prisma de las lágrimas.

 

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