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Hugo Chávez en el poder I: crisis en Venezuela y promesas de revolución

Archivo de El Espectador

Por: Nicolás Pernett

Hacia finales de la década de 1980, Venezuela sufrió una de las crisis políticas y económicas más agudas de su historia. Después de haberse destacado como uno de los países más ricos y prósperos del continente durante la década de los setenta gracias a la subida internacional de los precios del petróleo, la caída de los mismos que se dio con el cambio de década, el “viernes negro” (18 de febrero de 1983), momento en el que se acentuó la devaluación del bolívar frente al dólar, y la profunda crisis de la deuda externa, marcaron el inicio del fin de la otrora “Venezuela saudita”, en donde los petrodólares fluían a borbotones. Este desplome económico tuvo profundas consecuencias tanto en la vida social como política: con él se marcó el inicio de una propagación dramática de la pobreza, que subió del 24% al 60% en el transcurso de una década, así como también significó el final del sistema de lealtades y clientelismos partidistas dominado por los partidos AD (Alianza Democrática) y COPEI (Comité Político Electoral Independiente) que llevaban casi treinta años repartiéndose el poder en el país desde el Pacto de Punto Fijo, de 1958, en el que acordaron las normas del juego democrático entre los dos partidos hegemónicos.

Para 1989, lo que apenas hacía algunos años lucía como un país encaminado a la industrialización y el bienestar del grueso de la población gracias a las rentas del petróleo se había convertido en terreno para todo tipo de inconformismos y conatos de rebeldía, entre una población que, al ver drásticamente disminuidas sus posibilidades de movilidad y bienestar, tenía claro a quién culpar: el sistema bipartidista adeco-copeyano.

Por los mismos años en que se sucedían los negros augurios para la economía y el pueblo venezolano, el 17 de diciembre de 1983, cerca de Maracay, en el estado Aragua, un grupo de jóvenes suboficiales hicieron una promesa frente al “Samán de Guere” (mítico árbol en el que se dice descansó algún día Simón Bolívar con sus tropas), en la que, parafraseando el juramento del Monte Sacro, vislumbraron el día en que pudieran “ver rotas las cadenas que oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”. Al frente de este pequeño grupo de militares se encontraba Hugo Rafael Chávez Frías, oriundo de la población de Sabaneta, en el estado Barinas, quien ingresó a la Academia Militar en 1971 con la esperanza de acceder a una educación que no hubiera logrado de otro modo y con la secreta ambición de convertirse en el más grande lanzador que hubiera tenido el béisbol de su país.

El joven Chávez combinó durante años en el seno de la institución castrense venezolana su pasión por el deporte, el dibujo y la oratoria, con una conciencia social revolucionaria embebida de lecturas del Ché Guevara, Simón Bolívar y Gregory Pléjanov, entre otros, y la admiración por los procesos nacionalistas adelantados en el Perú y Panamá por los militares Juan Velasco Alvarado y Omar Torrijos, a quienes conoció personalmente. El “juramento en el Samán de Guere” constituyó la concreción de viejos ideales y planes de Hugo Chávez, al tiempo que marcó el comienzo del Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (así llamado por crearse en el año del bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar), grupo político y militar que con el paso de solo algunos años impulsaría una fuerza de insospechadas proporciones.

Pero en ese momento, cuando los últimos gobiernos del puntofijismo trataban de maniobrar para sobrellevar los estragos de un adverso mercado internacional de hidrocarburos y de muchos años de corrupción y endeudamiento, todavía no parecía tiempo de levantamientos revolucionarios, así que Chávez y su grupo se dedicaron a difundir su pensamiento entre sus subalternos en la milicia, concretar alianzas con otros sectores sociales y esperar el momento adecuado para dar un golpe militar, en un país donde los golpes militares, fallidos o victoriosos, habían sido la constante en casi dos siglos de historia republicana.

Los acontecimientos se adelantaron a la planeación de los jóvenes oficiales y fue el pueblo, de manera espontánea y sin direccionamiento, quien se levantó en contra del gobierno de Carlos Andrés Pérez el 27 de febrero de 1989, en protesta por la reciente instauración de un “paquete” económico, dictado letra por letra por el FMI, con el que se intentaba conjurar la crisis económica. El presidente que quince años atrás había prometido “administrar la abundancia con criterio de escasez”, sancionaba en 1989 una serie de medidas que acababan con la dirección del Estado en diversos sectores de la economía, suspendían los subsidios a la gasolina y por ende al transporte, y autorizaban la liberalización de precios de los productos básicos de la canasta alimentaria. La respuesta en las calles de Caracas fue inmediata y los desórdenes se prolongaron durante varios días en numerosos barrios de la capital, en lo que pasaría a la historia como El Caracazo. El gobierno de Pérez, así como todo el sistema bipartidista tradicional, estaba sentenciado después de estos sucesos.

Al cabo de un par de años de El Caracazo, el 4 de febrero de 1992, cuando las condiciones les parecieron adecuadas, los revolucionarios del MBR intentaron el golpe de Estado que llevaban planeando por casi una década. En la madrugada de ese día, los oficiales Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta y Jesús Urdaneta (el otro fundador del MBR, Raúl Isaías Baduel, se declaró en desacuerdo con la decisión y no participó) y las tropas a su cargo, intentaron tomarse los principales centros del poder político y militar del país, consiguiendo controlar casi todos excepto el más importante: el Palacio Miraflores en Caracas. Al frente de la acción de Caracas estaba el teniente coronel Hugo Chávez Frías quien, en acciones que son todavía hoy motivo de controversia, no logró llevar exitosamente su regimiento de tanques al Palacio para asestar el golpe definitivo de la operación.

Sin embargo, en uno de los giros más paradójicos de la historia reciente latinoamericana, este fracaso iría a convertirse en triunfo cuando, obligado a aceptar el fracaso de la intentona, el oficial exigió hacerlo en directo ante todo el país por las cadenas televisivas. Su aparición en esos breves segundos para llamar a la rendición de los demás alzados se convirtió en el mejor spot publicitario de la década, pues de ser un perfecto desconocido para el país, Hugo Chávez se convirtió en la cara de un nuevo movimiento de oposición y búsqueda de cambio que se identificaba con las aspiraciones de buena parte del pueblo venezolano. De modo pausado y enfático, Chávez afirmó ante las cámaras que “por ahora no fueron logrados los objetivo planteados”, y ese “por ahora” quedó resonando en el aire como una promesa de regreso que muy pronto se haría realidad.

El intento de golpe de Estado el 4 de febrero de 1992 fue el punto clave en la historia política de Hugo Chávez y de la propia Revolución Bolivariana. Aunque toda la oficialidad implicada sufrió la baja deshonrosa del estamento militar y sus principales líderes fueron enviados a la cárcel por algunos años, el golpe, desde el punto de vista mediático y de opinión pública, fue un éxito. Durante el presidio, el apoyo de un amplio sector de la población a Hugo Chávez empezó a crecer significativamente y el ex teniente recibió espaldarazos y prolongadas visitas de intelectuales, periodistas y líderes sociales que veían en él un fenómeno político prometedor.

Esta promesa se concretó con el sobreseimiento de su causa penal realizada por el entonces presidente Rafael Caldera en marzo de 1994, como parte de un acuerdo con sectores de la izquierda y ante la altísima popularidad que tenía el líder encarcelado entre los venezolanos. Una vez en libertad, Hugo Chávez se reincorporó a la vida política del país y empezó a recorrer el territorio nacional haciendo campaña por la abstención electoral y exigiendo la redacción de una nueva Constitución nacional. En sus prolongados discursos y mítines políticos por todo el país, Hugo Chávez empezó a despuntar como un político inteligente y apasionado, con una extraordinaria capacidad para sintonizarse con el pueblo e identificarse con sus tribulaciones más urgentes. Su estilo desabrochado y directo de decir las cosas, así como su innegable raigambre popular, hicieron que de inmediato lograra el apoyo de gran cantidad del pueblo raso que se vio personificado y reivindicado por este militar nacionalista, mestizo y revolucionario.

Ante esta explosión de apoyo popular, su entonces amigo y veterano líder comunista Luis Miquilena lo convenció de abandonar la campaña por la abstención y de intentar alcanzar sus objetivos precisamente por la vía electoral. Fue entonces que Hugo Chávez, sin partido político ni plataforma electoral, se decidió a darle un segundo aire a la Revolución Bolivariana, esta vez a través de comicios presidenciales. Ante la necesidad de congregar una base electoral y logística con miras a las elecciones, se creó el MVR (Movimiento Quinta República) con el cual, y en alianza con otros partidos políticos de izquierda bajo la coalición del Polo Patriótico, Hugo Rafael Chávez Frías se inscribió como candidato a la presidencia de la República de Venezuela en las elecciones de diciembre de 1998.

 

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