Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos; Delcy Rodríguez, vicepresidenta (e) de Venezuela y Donald Trump, presidente de EE.UU. Fotos tomadas de sus cuentas oficiales en X.

Las temperaturas habían enloquecido. Turbulento era el clima pero también el mundo, casi un simulacro del Apocalipsis.

Al llegar al aeropuerto Ronald Reagan de Washington me recibió el mismísimo Donald Trump, quien ni corto ni perezoso, porque largo sí es, me negó la entrada a los Estados Unidos. El gringo me hablaba en su perfecto inglés y yo en, mi perfecto español, no le entendía un carajo. Detrás suyo venía MariCori, quien salvó el día con la traducción.  

—Lo que Donald dice es que no eres bienvenido en este país, porque eres de los que escriben contra nuestro presidente.

—Ah carajo, pero Maricori, ¿eres venezolana?, le reclamé a la chama.

—Por eso, y Donald es my president.

Trump la miraba a ella con ojitos hechiceros, se sonreía, abrazaba con fuerza la medalla del Premio Nobel que Maricori le había regalado, no fuera que en el último minuto se arrepintiera y le diera por quitársela. Doy fe, porque lo vi, de que el presidente de los Estados Unidos es un tipo inseguro y acomplejado, pero lo disimula muy bien creyéndose el machito de la cuadra. Se despidieron con un abrazo incómodo, casi hipócrita. Trump se fue dando saltitos de felicidad, pero antes me devolvió el pasaporte al que le arrancó la hoja donde estaba mi Visa USA sin usar. ¡Snif!

Abordamos con MariCori el mismo avión, para mi desgracia. Yo en clase turista cariacontecido, ella en primera clase, con cara de ponqué porque su nuevo mejor amigo le prometió algo, no sabemos qué.

De pronto, la vi pasar hacia el baño y tampoco yo aguanté las ganas… de echarle sus vainazos.

—Te entregaste por nada, le dije.

—¡Peeerdónnn!, me respondió ofuscada y con cara de estreñida MariCori.

—¡Alfred Nobel debe estar revolcándose en su tumba! Ojalá la academia sueca te haga devolver las 11 millones de coronas suecas que te dieron con el Premio.

—¡Peeeerdónnnn!, me respondió ofuscada MariCori.

—¡Creo que no serás presidenta de Venezuela nunca! A la próxima ten más dignidad, mujer.

—¡Peeerdónnn!, me respondió ofuscada MariCori.

—Por Dios, señora, ¡hágase respetar y háganos respetar! Somos el Cono Sur, ¡no el coño sur de Trump!

—¡Peeerdónnn!, me respondió aún más ofuscada MariCori, como si hubiera malentendido mi indirecta.

Ante tanta insistencia, decidí perdonarla. La entiendo, esa pobre ha pasado por mucho. Creyó que en trueque por el premio, el gringo le entregaría copia de las llaves del Palacio de Miraflores. ¡Ni una rosa le regaló! Es más, en el avión se supo el chisme: la despachó por la puerta de atrás con un almuerzo de afán: hamburguesa con Coca Cola. Dizque el míster tiene un timbrecito que hace sonar cuando quiere que su sirviente le lleve una Cola al Salón Oval.

A MariCori le impidieron salir por la puerta principal para evitar que hablara pendejadas con los periodistas.

¡Leave by the kitchen!, dijo Trump, pero la sacaron por el patio trasero.

Dentro del avión, ella prosiguió su camino hacia el baño. No supe si haría del one o del two, del uno o del dos, Tomé unas gotitas para dormir y me dormí. Desde que estoy aprendiendo meditación Zen, me prometí ser más tolerante con la humanidad.

En el sueño tuve nuevas revelaciones, como el evangelista Juan.

Cruzaron por mi cabeza escenas nítidas para una serie de Netflix con varias temporadas.

En la primera temporada, Donald Trump y Delcy Rodríguez se aman.

—¿Me amas?, pregunta él.

—A pesar de que a mi me gustan menores, sí sí, i love you. Eso sonó como amor entre comillas, un poco falso.

Una arpía quiere entrometerse en el idilio. Su nombre empieza por eme.

Delcy se comporta sumisa con su amorcito. Lo obedece en todo. Se entrega sin reservas… y sin reservas de petróleo se queda.

Trump la adora y no hace más que hablar de su dulce Delcy. El romance crece hasta que Melania descubre el labial neocomunista en la camisa y decide tomar el toro por los cachos.  

Donald se defiende con una de sus pantomimas:

—No te preocupes Mel. Todo es una estrategia calculada: uso a Delcy sin que ella se dé cuenta para llevar a cabo mi plan macabro, perdón, secreto. Venezuela es un laboratorio que replicaré en Cuba, Nicaragua y así sucesivamente hasta acabar con el comunismo. Haré lo que no pudieron mis antecesores. ¡Tiempo es lo que tengo para hacer y deshacer!

—¡Fanfarronadas tuyas, Donald! Algo me dice que no debo creerte. Snif!!! Ni creas que ya me olvidé del asuntico ese de la lista Epstein. ¡Soy el nuevo hazmerreír de América después de la ilusa Hilary! Snif!!!

—Deja a los muertos en paz. No seas injusta conmigo, mujer. No te puedo decir más sobre mi plan secreto, porque la CIA nos podría estar escuchando.

Trump, experto en cambiar la lengua por un alpargate, le cambió el tema a la primera dama de los Estados Unidos. 

En la segunda temporada, Delcy hace todo lo que su amorcito le ordena: Primero libera a los presos políticos, luego echa a los más chavistas y maduristas del gabinete y causa un remezón en las Fuerzas Militares mientras vacía a Venezuela de su petróleo, siguiendo órdenes de Marco Rubio.

La llegada Marco lo cambia todo y así se configura el triángulo amoroso entre Washington y Caracas Caracas, como me gusta esa ciudad, pero que lindas muchachas en Maracaibo hay.

Delcy empieza a sentir cositas por Marco. Un no sé qué en un no sé dónde que la pone arrozuda. Lo encuentra más sexy, más joven, más apuesto; se tratan de camaradas para entrar en confiancitas y se dicen cosas sucias en español cuando están en la intimidad.

Para la tercera temporada del novelón, el régimen comunista ha sido desarticulado desde adentro. Y sin un solo muerto. ¿Ok? (0k, ‘zero killed’, cero muertos)

Sin embargo, tanta dicha trae su paquete chileno. Unos agentes encubiertos le llegan a Donald con el cuento de que Delcy y Marco son amantes. ¡Amantes!

—¡Fokiu!, grita Donald embejucado y más anaranjado que una calabaza. Con furia agarra la medalla del Premio Nobel y la estampilla contra la cabeza del mayordomo, que en ese momento entra al Despacho Oval con una Coca Cola. En el interludio de su ofuscación, se le ocurre una idea: subastar la medalla para engordar su billetera.

Christie´s realiza la subasta pero nadie da un dólar en respeto a la memoria de Alfred Nobel.

En la cuarta temporada, Donald declara que no existe un solo comunista sobre la Tierra y recibe el Premio Nobel de la Paz por su contribución a la hermandad entre los pueblos. Le ordena a Delcy que se autodeporte de Venezuela o se atenga a las consecuencias.

—¡Estás despedida!, le grita en tono burlesco varias veces, recordando sus viejas épocas como conductor de El Aprendiz. —Si traicionaste a Maduro, debí sospechar que a mí lo mismo me harías. Pero muy tarde me he dado cuenta
Que me engañabas, que me hablabas mentiras
. No ves cuánto me hiere tu traición
Yo que soñaba con hacerte solo mía
.

—Esa es una de Eddy Herrera, Donald.

Marco huye con rumbo desconocido.

Con el tiempo se sabrá que Marco nunca amó a Delcy, jugó con ella como hizo Don Armando con Betty al principio. Devastada, Delcy llama a Donald para suplicar perdón por su desliz.  

—No quiero saber nada de ti en lo que me resta de vida, Delcy. Marco me las pagará. ¿Dónde está ese hijo de su madre?

—Cónchale Donald, Marco se ha marchado para no volver. El tren de la mañana llega ya sin él. Es solo un corazón con alma de metal, en esa niebla gris que envuelve la ciudad.

En la quinta y última temporada, Donald manda llamar a MariCori.

—Te cité, Cori, para darte la noticia que tanto ansiabas.

—¿En serio, panita?

—Querida MariCori: Hay algo que te pertenece y es hora de que lo tomes.

Casi orinada, María Corina cerró los ojos, suspiró profundo y en el ensueño se vio sentada en Mraflores, con ínfulas de mandamás, rodeada de un séquito de aduladores. Abrió los ojos con la intención de darle un beso a Donald en la boca por el regalo tan maravilloso que él estaba a punto de darle. 

Él la miró embelesado, se puso de pie y sin pensarlo dos veces le devolvió la medalla del Nobel, pues ya no la necesitaba para chicanear.  

—No te quito más tiempo, MariCori. Por favor, deja abierto al salir, afuera me espera Gustavo Petro.  

Mientras MariCori se recupera del shock nervioso en un psiquiátrico de Caracas Caracas, Donald se ha convertido en el único emperador del mundo. El mayordomo, con tremendo chichón en la frente, le trae ya no Coca Cola, sino un traje nuevo al emperador. El traje invisible deja ver toda su fealdad y sus malas intenciones.

Una turbulencia ni la hijuebitch me despertó de aquella pesadilla. Me levanté de la cama, abrí el cajón de la mesita de noche y, feliz, abracé mi pasaporte. El alma regresó a mi cuerpo. Pero, malaya sea, luego recordé que los gringos me negaron la Visa. ¡Trump, Sanababich!

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