En Colombia el centro político apareció cuando aparecieron Álvaro Uribe y Gustavo Petro al mismo tiempo, uno némesis del otro. Entonces, ciertos políticos se acomodaron en la mitad de los dos para decirle al país “ni somos uribistas, ni somos petristas”. Los llaman los “ninis”: No son una cosa, ni son la otra, pero tampoco se sabe a ciencia cierta qué son, qué buscan, qué defienden, pues se les ha visto juntos y revueltos con aquellos a los que cuestionan.

La política debe ser como la religión; tener unos credos en los que la gente pueda creer, sin defraudarla. Odiar a Petro u odiar a Uribe no son argumentos suficientes. Son berrinches cuando no se tiene un evangelio propio.

El tal centro parece más bien una moda. Aparecen, hacen implosión y desaparecen cada cuatro años. Se juntan nada más que para cada elección presidencial, con ánimo oportunista. El resto del tiempo el centro brilla por su ausencia. Si te vi no me acuerdo.

Y esto ocurre porque en Colombia la política hace rato dejó de ser un ejercicio de gente respetable. Los partidos —perdón, ¿cuáles partidos?— suenan menos que lo que suenan los caudillos y los clanes políticos, que heredan el poder por sangre y pasando por encima de los partidos. Como su nombre lo indica, los partidos están hoy partidos. Buena parte de los males tendrían solución con una reforma política a tiempo, tema de una próxima columna.

Lo más cercano a eso que llaman “el centro político” es el Partido Alianza Verde, el mismo que llevó a Claudia López a la alcaldía de Bogotá (2020-2023) y que hoy tiene a varios de los suyos con líos judiciales por cuenta del escándalo de corrupción en la UNGRD (Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres).  

Ese partido apenas tiene el 1% de intención de voto según la encuesta de la firma GAD3 que reveló Noticias RCN-La FM. En mayo de 2024, en medio de críticas, Claudia López renunció al Partido Alianza Verde (¿avergonzada?) y hoy ni siquiera llega al uno por ciento de intención de voto (0,6%). Está por debajo de Sergio Fajardo (2,4%), otro centrista que sigue en doloroso descenso.  

Según ella, renunció al Verde porque “no representa los valores y principios que he practicado en mi vida”.

¿Qué les pasó a Claudia López, a Sergio Fajardo, incluso a Juan Manuel Galán? ¿Cómo llamar a las personas que no generan emociones en los demás? Ella recogió más de 1,2 millones de firmas de ciudadanos comprometidos con su causa, pero no se ven reflejadas en el sondeo. Con ella se confirma aquello de que una firma, como un vaso de agua, no se le niega a nadie. 

Lo que uno no entiende es cómo López se despojó del manto verde en un arrebato de dignidad, más no así su esposa, la congresista Angélica Lozano, que aspira a repetir Senado por ese partido con el número 10 en el tarjetón. Es probable que la dupla se esté arriesgando a una estruendosa derrota en las elecciones legislativas del 8 de marzo.  

Pura convicción tal vez, pero no coherencia.

Castroopina, bloguero de El Espectador, dice en este artículo: “La llamada ola verde nació como un intento de romper con los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, un periodo en el que la izquierda no logró consolidar un proyecto democrático capaz de disputarle el poder. Fue Lucho Garzón, Sergio Fajardo y Antanas Mockus quienes levantaron la bandera de una tercera vía, distinta tanto de la herencia uribista como de la izquierda representada en ese entonces por Carlos Gaviria. De allí surgió una fuerza política que se convirtió en el Partido Verde, con incidencia nacional y local”.

Y añade:“El problema vino después. El crecimiento del partido atrajo nuevos liderazgos y propuestas que poco a poco se alejaron de ese centro mesurado con el que había nacido. El aval verde se convirtió en un pasaporte para cualquiera que quisiera entrar en la política, sin importar si compartía realmente la idea original”.

Matemáticamente hablando, hoy el tal centro no existe; parece demasiado tarde para reaccionar y creer de manera ingenua que, en el último minuto, pueden constituirse como una coalición sólida con candidato presidencial propio. Lo más que pueden lograr es que uno de los suyos sea el segundo a bordo de alguno de los dos que van punteando. ¿Acaso Roy Barreras o Claudia López serían la fórmula vicepresidencial perfecta para configurar una centro-izquierda que respalde a un, digamos Iván Cepeda? Pago por ver.

Si la intención de voto en favor del candidato del Pacto Histórico ronda el 30%, eso significa que su fórmula debe aportar como mínimo el 21% que falta para alcanzar la mitad más uno.

Claudia López se ha dedicado en los últimos meses a hablar mal de Petro y su gobierno. ¿Qué podría negociar con ese 0,6%? Roy podría ser la carta secreta, si obtiene la bendición de Juan Manuel Santos para ser el segundo a bordo, aquel que garantice la continuidad en el cumplimiento del Acuerdo de Paz con las FARC. En esa causa, el expresidente Samper, quien ya anunció su respaldo al Frente Amplio (la consulta de derecha e izquierda en marzo para conformar la centro-derecha), podría prestar sus buenos oficios.

Pero insisto: En Colombia nunca ha existido un centro político. Lo que existen son unos políticos que, de manera hábil, cada cuatro años se agrupan para la foto en la mitad de lo que ellos, convenientemente,  llaman extremos, y una vez pasan las elecciones nada se vuelve a saber de estos personajes, hasta la siguiente elección.  

En buscan del centro perdido

Para que el centro exista se necesita que tenga alma: es decir, unos dogmas definidos y puestos en práctica (plataforma ideológicas) con unos partidos serios que conviertan esos postulados en leyes y unos políticos coherentes e incorruptibles, a quienes veamos como líderes, no como meros políticos. Noten la diferencia.  

En la encuesta de Guarumo y Ecoanalítica, pagada por El Tiempo, el 14% de los encuestados se consideran de centro. No se identifican con Cepeda ni con De La Espriella, pero entre los demás del abanico tampoco hay un candidato fuerte que los represente. El problema del centro es, entonces, de ausencia de líderes genuinos. Es increíble que siendo ésta una carrera presidencial atípica, por la cantidad desbordada de candidaturas, no haya una que seduzca a los inconformes que buscan una opción distinta.

En esta columna de El Espectador, cuya lectura recomiendo, la analista Juanita Uribe Cala afirma:“… el centro se ha quedado en la moderación como postura, pero no se ha convertido en movimiento. Ha sido eficaz para gobernar en tiempos de estabilidad, para administrar acuerdos y contener excesos. Pero resulta insuficiente para convocar en tiempos de miedo, incertidumbre y desconfianza”.

La misma columnista desnuda la contradicción entre las fortalezas y debilidades de quienes se asumen como creyentes de ese espectro político. “Creo que parte del problema es que quienes se ubican en el centro —aunque sean mayoría— son más escépticos, menos crédulos, más racionales. Desconfían de las promesas heroicas, de las épicas salvadoras y de las soluciones mágicas. Esa lucidez es una fortaleza. Pero también tiene un costo: hace que duden incluso de su propia fuerza colectiva. No se atreven a creer en algo que no se ha hecho nunca”.

Ahora bien, a la luz de este año electoral, hay una realidad adicional.  Si bien en Colombia el calificativo soy de centro se usa para señalar a quien no es petrista ni uribista., cuando vamos a los hechos concretos —al dato y no al relato—, nos encontramos con que hay una derecha (uribista para más señas), hábilmente camuflada entre quienes se hacen bautizar de centristas.  

Aunque suene raro, lo diré: el culpable de que el centro no exista es el mismo centro que permite el manoseo de la derecha más radical, el uribismo, que celebró con bombos y platillos la llegada de Paloma Valencia primero y de Juan Carlos Pinzón después. Se hacen llamar pomposamente “La gran consulta por Colombia”. Porque en cuestión de grandilocuencia los políticos colombianos son campeones. Aman la hipérbole sobre todas las cosas, ya sabemos.

Hablando de gente grandilocuente, el exministro Pinzón en entrevista con El Tiempo dijo lo siguiente: “Quien gane la gran consulta por Colombia será el próximo presidente”. Como político en ciernes hace carrera también para humorista.

La gran consulta por Colombia (nueve candidatos hasta hoy), es la suma de todos los perdedores, el baile de los que sobran, en las encuestas hechas hasta ahora: la golondrina que todavía no hace verano para obtener un cupo en segunda vuelta con candidato propio. Por ahora Cepeda y De La Espriella tienen asegurado cada uno su cupo, eso sí ninguno gana en primera vuelta o es presa fácil de un escándalo mediático que lo mande a la lona.

¿Mi conclusión? Son dos.

Uno: El centro existirá como opción real el día que los políticos no hagan acuerdos burocráticos con los gobiernos de turno, y tengan una agenda programática de largo aliento que se concrete en hechos, no en discursos bonitos.

Y dos: En un país que asiste al renacimiento de la izquierda, después de muchas luchas y miles de muertos, no veo un espacio fácil para el centro, como no sea en coalición con aquellos que dicen detestar.

Más allá de cualquier sentimentalismo, creo que todavía faltan en Colombia muchos capítulos escritos con la zurda, en una Colombia dominada por la diestra durante dos siglos. Tal vez sea el tiempo de la izquierda, no por capricho sino por elemental justicia. 

El centro tuvo alguna vez su momento para brillar y lo dejó escapar como agua entre los dos. ¿Deben empezar de cero hoy, pero con la mirada puesta en 2030? Corresponde a los “ninis” responder eso.

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