Se equivoca Iván Cepeda, haciéndole caso al presidente más disociador que ha tenido el país.
Petro cree, borracho de soberbia, que tiene el poder, la capacidad, para imponerle al país sus
caprichos, sus sueños, su mensaje de una nueva Colombia, que solo tendría el futuro que él le
diseñe, a la que alcanzaríamos por los medios que él establezca. Cepeda no se libera de ese
planteamiento, ante todo porque tiene la disciplina del militante de formación marxista, que
comparte la quimera petrista de la paz total, que no es un concepto elaborado, sino un gancho
atractivo e inspirador, del discurso. Cepeda es el inventor del término que está en el corazón de la
propuesta petrista, a la que no le quitaría ni una coma, ya no como el presidente que no fue, sino
como su jefe y senador, vocero del Pacto Histórico.
Todo indica que en la oposición al nuevo gobierno, que en la democracia les corresponde
adelantar, van a “combinar todas las formas de lucha”. Y ahí es donde la película empieza a ser
preocupante y, en el fondo antidemocrática, pues en política no todo se vale; hay líneas rojas que
tanto el gobierno como la oposición deben respetar y hacer respetar; en caso contrario, cualquiera
de las dos orillas puede caer en garras del autoritarismo, constituyéndose en una bomba en el
corazón del sistema. Con Petro, al igual que con Trump, sumidos ambos en sus contradicciones, es
difícil saber en donde están finalmente parados, aunque tengan claro su respectivo sueño de
grandeza. Su defensa es el discurso- disculpa de que les impiden cumplirles a sus electores; son
siempre víctimas, nunca victimarios. Y con sus enredos y mentiras juegan con candela, al alegar
que las elecciones en donde fueron derrotados, fueron una enorme trampa para robarles el
triunfo. Presionan y buscan que se desconozcan unos resultados, supuestamente manipulados en
su contra; son pésimos perdedores, y por consiguiente falsos demócratas, que invitan a
desconocer los resultados cuando no los favorecen, a pesar de que estos hayan sido reconocidos
internacionalmente, como legítimos. Cepeda al respecto, más que confuso, ha sido contradictorio
pues pasó de dudar de ellos, abriendo dudas sobre su transparencia, pasando a reconocerlas días
después; ahora, con la ofensiva irresponsable de Petro, de pretender desconocer la validez de las
elecciones, Cepeda, nuevamente confuso, plantea desconocer los resultados, pero deja, como
siempre, una puerta entreabierta. Obvio que si se descubre un fraude capaz de alterar los
resultados, los ciudadanos responsables no avalaremos el fraude. Eso no habría que decirlo, pues
se cae por su propio peso. A nadie, salvo a quienes les interesa ser dictadores, le conviene
alimentar la desconfianza en nuestro sistema político, cuyo eje operativo es el proceso electoral.
Una parte fundamental de la democracia es que no se fundamenta en la homogeneidad de
posiciones, no es unanimista, sino en su capacidad de aceptar r y darle salida a las diferencias,
propias de la vida en sociedad. Tanto el nuevo gobierno como su oposición, necesitan estar a la
altura de las circunstancias, acordando y precisando los puntos concretos de un acuerdo
ciudadano, el famoso y muchas veces olvidado, acuerdo sobre lo fundamental. Colombia lo
necesita; con buena voluntad y un claro sentido de la responsabilidad, lo podemos lograr.
P.D Creo que el nuevo Presidente debe renunciar a su ciudadanía norteamericana. No tiene
presentación y con ella les da municiones a sus enemigos, que son muchos y fuertes. Como se dice
coloquialmente, no darles papaya en un asunto irrelevante.