Kieran Tapsell, abogado, escritor y traductor autraliano hizo una investigación profunda sobre varios asuntos relacionados con los escándalos de abuso sexual de niños, cometidos por personas vinculadas a la Iglesia. El libro se encuentra en Amazon, en inglés: Potiphar´s Wife: The Vatican´s Secret and Child Sexual Abuse

Es extraordinario lo que Kieran Tapsell nos cuenta sobre cómo ha sido tratado el abuso sexual por la Iglesia desde sus inicios. La primera ley contra el abuso de los niños se pasó en el Consejo de Elvira, en 306 D C. En el siglo 6 se castigaba a los miembros de la Iglesia que abusaran de los monjes adolescentes azotándolos en público, afeitándoles la cabeza y manteniéndolos en prisión seis meses encadenados y con una dieta de pan y agua.

La literatura canónica de la Edad Media no siempre distingue entre sexo con menores y sexo con adultos. La sodomía en esas épocas cubría todo tipo de relación sexual, exceptuando el vaginal, pero dentro del matrimonio. Cuando el acto sexual, de cualquier tipo, era cometido por un miembro del clero, no solo se consideraba una pena y un crimen, sino también un sacrilegio, pues su cuerpo era considerado un recipiente consagrado a Dios.

En el siglo 14 la penalidad por sodomía era la castración y el apedreamiento hasta la muerte de la pareja activa. Estaban exentos los menores de 14 años y las parejas pasivas que no habían dado su consentimiento (violadas). Pero Isabel y Fernando de Castilla cambiaron estas penas, por la quema en la hoguera.

La idea de que el clero es especial y que el oficio santifica tiene sus orígenes en el imperio de Constantino. Esta es una de las ideas más perniciosas de la Iglesia. Cuando el muchachito ve al criminal vestido con su traje de sacerdote, considera que tiene algo especial, que tiene la autoridad y el derecho a hacer lo que está haciendo, que no debe juzgarlo mal, pues es un representante de Dios en la Tierra. Algunas de estas personas violadas reportaron que sentían que no podían decir nada, pues el acto sexual era con un representante de Dios. Los adultos sabemos que donde hay seres humanos, hay corrupción, violaciones, mentiras, robos y también actos buenos y altruistas. Se dan todas estas cosas y por eso hay que temerles a los aspectos peligrosos humanos, tomar medidas y vigilarlos de cerca. La historia que nos cuenta Tapsell es precisamente la de la corrupción dentro de quienes se consideran el grupo selecto del Amor y la Palabra de Dios. Es increíble que la llamada Palabra de Dios esté en boca de los hombres. Hay que decirlo y a gritos: la Iglesia Católica y sus representantes, durante toda su historia, han actuado de una manera nada santa; es más, después de leer este libro he llegado a pensar que así como en el baloncesto se seleccionan los altos, la Iglesia atrae a los pederastas, pues saben que es refugio para su malformación sicológica-sexual, sirve para ocultar y hacer posibles sus crímenes, y además, da muchas oportunidades de acercarse a los niños más de lo debido.

En este libro, Kieran nos cuenta sobre la relación y los choques entre la Iglesia y el Estado respecto a su manejo. Nos muestra cómo la Iglesia ha encontrado maneras hipócritas que desvían la apariencia del asunto de lo que ocurre verdaderamente, y cómo ha hecho para que las leyes civiles se vean maniatadas a la hora de juzgar a curas, sacerdotes, hermanos y jerarcas, y nos muestra lo inefectivas que han sido las medidas tomadas por la Iglesia.

Tomás de Torquemada. Primer inquisidor general

La ineficiencia más grande ha estado en que no ha actuado correctamente para que los pedófilos y violadores no puedan volver a cometer sus crímenes. Hay que añadir a esto que la Iglesia ha hecho todo lo posible por encubrir a los criminales ya que no soporta el desprestigio, pues es una institución “creada por Jesús y sus apóstoles”. Una de sus preocupaciones mayores ha sido la de evitar el escándalo que se merecen si todo hubiera sido claramente expuesto al mundo. Como dice Kieran, en 1922 la podredumbre estaba en el tope con seis Papas que mantuvieron y expandieron su sistema para encubrir todos los crímenes de abuso sexual.

En Colombia existe una forma de privilegio bajo el concordato del Vaticano, de julio de 1973. Los obispos no pueden ir a juicio con el Estado, solo con las cortes de la Iglesia. Por eso, el cardenal Darío Castrillón se libró de ir a juicio por distintos crímenes; entre otros, hizo todo lo posible por proteger a los criminales del clero envueltos en escándalos de violación de niños y escándalos sexuales.

En 2019, el Papa Francisco abolió El secreto pontificio para el abuso sexual, pero mantuvo lo que llamó “confidencialidad de oficio” para preservar la reputación de los involucrados en los procesos judiciales canónicos.

El Papa es quien dicta, como si se tratara de un monarca, las leyes dentro de la Iglesia. Así se puede tratar este asunto como “un crimen canónico” que se lidia exclusiva y secretamente en sus cortes. Otra vez, se demuestra que siguen en la Edad Media. Una de las artimañas de la Iglesia ha sido poner una limitación de tiempo, ridículamente corta, para que los casos prescriban: cinco años desde el momento de la ofensa (1983). Como los abusados son niños, toma tiempo para que sean adultos y se decidan a hacer las denuncias. En un estudio que se hizo en Australia, de 402 casos, el 96.77% expiró antes de poder llevar a los criminales a juicio.

Ya es hora de llevar las Iglesias y credos del mundo entero a la realidad laica: nadie debe estar por encima de la ley (también siguen en muchas partes por encima de la ley para evadir la paga de impuestos).

Avatar de Ana Cristina Vélez

Comparte tu opinión

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 EstrellasLoading…


Todos los Blogueros

Los editores de los blogs son los únicos responsables por las opiniones, contenidos, y en general por todas las entradas de información que deposite en el mismo. Elespectador.com no se hará responsable de ninguna acción legal producto de un mal uso de los espacios ofrecidos. Si considera que el editor de un blog está poniendo un contenido que represente un abuso, contáctenos.