El libro, La arqueología romántica, lo puso en mis manos mi tío arquitecto. Su título se basa, supongo yo, en el concepto histórico de «arqueología romántica» — un término que se utiliza en la academia para describir la etapa previa a la arqueología científica—  en la cual los aventureros buscaban ruinas y coleccionaban antigüedades y rarezas.

La obra fue escrita por el productor y documentalista británico Bruce Norman. Fue publicada en inglés, traducida al español y editada por Ediciones Destino en 1990. El libro contiene nueve novelescos viajes de descubrimientos arqueológicos. Más que novelesco, diría que parece un libro de aventuras vividas por personajes tan extravagantes como los hallazgos que hicieron; en muchos casos, desenterrando piezas o despejando las junglas para encontrar edificaciones y ciudades.

Es fascinante la historia del descubrimiento del palacio de Cnosos en Creta, realizado por Arthur Evans, así como el de la tumba de Tutankamón, por Howard Carter; sin embargo, me interesó especialmente algo de lo que nunca había oído hablar. Esto fue para mí un verdadero descubrimiento, una aventura mental: el capítulo que Bruce Norman dedica a Mesa Verde.

En diciembre de 1888, en el suroeste de Colorado, dos vaqueros locales, Richard Wetherill y su cuñado Charlie Mason, buscaban ganado en la mitad de una tormenta de nieve cuando, al acercarse al borde de un profundo cañón de piedra arenisca, la tormenta amainó por un instante. Miraron hacia el abismo y, entre los pinos y la bruma, vieron algo irreal: una ciudad silenciosa de piedra, con torres cuadradas, casas de varios pisos y terrazas, intacta y vacía, empotrada en el hueco de un gigantesco acantilado. Se toparon con lo que hoy se denomina el Cliff Palace o el Palacio del Acantilado.

Los indígenas de la zona (los utes y los navajos), por supuesto, conocían el lugar, pero se necesitó de este redescubrimiento para que Mesa Verde existiera como una de las maravillas arqueológicas del mundo.

Al igual que ocurre con otros tesoros —incluso con los nuestros—, los excavadores aficionados suelen reunir miles de objetos muy valiosos para venderlos a coleccionistas privados. Así, el tesoro se pierde, diluyéndose en las manos de ricos que exhiben las piezas en sus casas, en el mejor de los casos. Por eso se necesitan universidades y museos que preserven y estudien las antiguas civilizaciones, custodiando tanto sus piezas mayores como las menores. Un museo cumple una función democrática, que las obras más bellas, raras y excelsas estén al alcance de la contemplación de todos.

Norman retrata muy bien a un personaje fundamental en esta historia: Gustaf Nordenskiöld, un joven aristócrata y científico sueco que llegó a Mesa Verde en 1891. Nordenskiöld aportó, por primera vez, rigor científico al estudio arqueológico. Introdujo la fotografía arqueológica, registró la estratigrafía (las capas de tierra que determinan la antigüedad), numeró los sitios y describió las estructuras de forma meticulosa. En 1893 publicó The Cliff Dwellers of the Mesa Verde, el primer estudio académico serio sobre los anasazis («pueblos ancestrales»). Sin embargo, Nordenskiöld no escapó a una condición muy humana, la codicia, y se llevó a Suecia una inmensa colección de restos humanos, cerámicas y herramientas (hoy en día expuestas en el Museo Nacional de Finlandia). Esto provocó una alarma social y, como respuesta, el presidente Theodore Roosevelt firmó la Ley de Antigüedades de 1906. Ese mismo año, Mesa Verde se convirtió en un Parque Nacional, marcando el fin de la era «romántica» de la caza de tesoros en Estados Unidos y dando paso a la conservación estatal.

Mesa verde documental corto

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