Colombia no está polarizada. Se encuentra en una situación mucho más grave, cercana al colapso de su existencia civilizada, debido a la pérdida progresiva de los dos atributos y competencias que nos confieren humanidad y dignidad: la sensibilidad ética y la responsabilidad política. Este domingo 31 de mayo nos encontramos al borde de la desaparición de ambas y con ella de nuestra común humanidad. Parece que somos incapaces de reconocernos ante el espejo del horror. Preferimos mirarnos y extasiarnos en el espejo narcisista de las elecciones, que nos devuelve una imagen de “ciudadanos de bien” y cerramos los ojos para no ver la masacre de numerosos niños destripados en el Guaviare, inmolados por la codicia de supuestos comandantes guerrilleros en disputa del territorio y sus economías ilegales. Lo más espeluznante es que a esa pérdida progresiva de la sensibilidad ética, ahora sumamos la casi completa desaparición del sentido de la responsabilidad política. Las elecciones de este domingo se han convertido en una especie de carnaval circense, con fieras a bordo, y en un casino en donde lo que importa es ganar, marcando una X o pintando una raya sobre algún candidato, sin importar las consecuencias para toda la sociedad, nuestras vidas y futuras generaciones.

Las Elecciones no son un Casino

Miles de personas creen que votar es un juego de azar, una especie de baloto que, si su candidato o candidata gana, les garantizará seguridad, prosperidad y felicidad al menos por los próximos 4 años. Su horizonte se agota en la famosa expresión del “CVY”, cómo voy yo ahí, qué me voy a ganar, qué me va a dar ese candidato si voto por él, cómo y cuándo lo recibiré. No existe la más mínima noción del sentido de lo público. Esas personas ignoran que votar es un ejercicio de responsabilidad política que va a tener profundas repercusiones, a veces fatales, sobre la vida de los demás y toda la sociedad. Reducen su voto a un cálculo mercantil de perdidas y ganancias, donde lo único que importa son sus intereses, los de su empresa y amada familia. Los derechos, necesidades, intereses e identidades de los demás no importan. Ni hablar de los principios y valores que confieren identidad personal o colectiva a quienes son distintos de dicho elector, pues solo sus principios, creencias y valores son verdaderos y moralmente superiores. ¿Cómo va a reconocerles igual valor y situar en el mismo nivel que los suyos a quienes, por ignorancia y falta de emprendimiento, son incapaces de comprender las variables macroeconómicas, el déficit fiscal y la tasa de inflación? ¿Cómo va a permitir que una mayoría de zarrapastrosos, muertos de hambre y vagos, puedan decidir que se aumenten los impuestos al patrimonio, la renta y las ganancias? Es más, ¿cómo permitir que, en aras de la pluralidad de identidades y la diversidad de orientaciones sexuales se corrompa a los menores de edad y se amenace la sagrada estabilidad de las familias y el principio de autoridad paterna? Con este tipo de preocupaciones, motivaciones y prejuicios se marca el tarjetón y decide la suerte de una nación, muchos con la mejor buena conciencia, aunque algunos también con cierta mezcla de odio y discriminación.

Las urnas no son trincheras y menos tumbas

Pero hay una preocupación y motivación que es superior a todas las anteriores, la que más miedo, votos y pasiones genera, que es la sacrosanta seguridad personal, pues sin ella siempre estará en vilo nuestra vida y la muerte nos acechará permanentemente. Entonces las urnas se convierten en trincheras y terminan siendo tumbas. En esas llevamos casi un siglo, salvo breves períodos en los que la sensatez política ha superado la estupidez belicista, presente tanto en los que defienden a ultranza el establecimiento como en quienes lo atacan. Olvidan la famosa frase atribuida a Napoleón: “Con las bayonetas pueden hacerse muchas cosas, menos sentarse sobre ellas”. Semejante obsesión en conquistar seguridad a punta de bayonetas, no solo impide una gobernabilidad democrática, sino que termina prolongando y degradando progresivamente a toda la sociedad. Termina dividiéndola entre millones de víctimas de esa paz impuesta por la superioridad militar de los vencedores y la sumisión de los vencidos, una especie de Pax Romana, que en pocos años engendra más vengadores implacables que reinician con mayor fiereza el ciclo interminable de la guerra. Y ello sucede porque esas falaces soluciones militares no abordan las causas que generan las guerras, prolongan y degradan sin límite los conflictos armados internos, como en nuestro caso la existencia de las economías ilegales, que aportan recursos inagotables para el fortalecimiento de las organizaciones armadas ilegales. Parece que ningún candidato tuviera en cuenta este sabio consejo de García Márquez en su Proclama Por un País al alcance de los niños: “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan”.

Política en lugar de bayonetas

La única forma de poner fin a esas “causas eternas” y espiral interminable de violencias es mediante la política y su capacidad transformadora de esas economías ilegales, incorporándolas al mercado en lugar de persistir en su erradicación y destrucción violenta. Obviamente, tal cambio de estrategia implica un cambio de paradigma y cosmovisión sobre la supuesta peligrosidad y letalidad de la hoja de coca, cuyos atributos naturales son portentosos, para arrebatarle a la criminalidad del narcotráfico su fuente de enriquecimiento, envilecimiento de la política y la humanidad. Ello demandaría, como problema internacional y doméstico que es (“interméstico) una audaz política global liderada desde el Estado colombiano en coalición con sus semejantes: México, Perú, Bolivia, Ecuador y Brasil para la descriminalización de la coca y su conversión en una próspera industria del Sur de bebidas, alimentos y medicamentos, que compita con la septentrional Coca-Cola y deje de ser “la chispa de la vida”.

Mama-Coca Vs Escudo de las Américas

De paso, disputaría a Trump su política militar intervencionista en toda Latinoamérica con su iniciativa “Escudo de las Américas”, que solo favorecerá los intereses del complejo industrial-militar norteamericano y arrasará la biodiversidad de nuestros bosques tropicales, además de profundizar y ampliar la victimización, el desarraigo y virtual desaparición de numerosas comunidades indígenas, reservas campesinas y comunidades negras en nombre de la supuesta guerra contra las drogas, cuyo fracaso y costos son más evidentes y criminales que los de la “paz Total”. Si se impone ese Escudo devastador, estaríamos ante un escenario de salvajismo solo propicio para los tigres. Es precisamente por todo lo anterior que carece totalmente de sentido llamar polarización política a lo que es una nefasta y criminal consecuencia de la guerra como supuesta solución a la inseguridad, el narcotráfico y el fin del conflicto armado interno. Dicha estrategia solo aumentaría el número de víctimas civiles y victimarios impunes, además de profundizar nuestra pérdida de sensibilidad ética y responsabilidad política como ciudadanía. En fin, convertiría las urnas en una especie de caja de Pandora de la cual saldrían todos los males: violencia, muerte, corrupción e impunidad y quedaría nuestra esperanza atrapada y refundida por otros cuatro años, dejando una estela más de víctimas incontables, victimarios gloriosos y futuros vengadores inimaginables.

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