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Publicado el Hernando Llano Ángel

Álvaro Uribe Vélez entre errores políticos y horrores éticos

ÁLVARO URIBE VÉLEZ ENTRE ERRORES POLÍTICOS Y HORRORES ÉTICOS

Hernando Llano Ángel

El mayor error político del expresidente Uribe, del cual se derivan todos los demás horrores militares y los crímenes de lesa humanidad cometidos en nombre de la “seguridad democrática”, es su incapacidad de reconocer la existencia del conflicto armado interno. Pero no se trata de una incapacidad cognoscitiva, pues nadie puede dudar de su inteligencia y sagacidad de político. Es algo mucho más grave. Se trata de una incapacidad de juicio moral y una limitada empatía humana, que casi se agota en su universo familiar y político. Una especie de atrofiamiento del juicio moral.  A tal punto que llama errores personales a lo que son horrores institucionales, como los cerca de 6.400 “falsos positivos”, y se libera de toda responsabilidad política como jefe de Estado diciendo que quienes lo cometieron fueron oficiales y soldados incompetentes en el cumplimiento de sus deberes militares en el campo de batalla y lo hicieron ensañándose contra civiles inermes. Todo lo reduce a un problema de competencia militar, cuando en realidad fue una consecuencia de su obsesión política por matar la “culebra”, como llegó a llamar a la «Far», en su lenguaje coloquial. Allí está el origen de todos los crímenes y horrores de su “seguridad democrática”, pues al negar el conflicto armado y todo su trasfondo histórico, político y social para reducirlo a una amenaza terrorista contra la “democracia más estable y profunda” de Sudamérica, borró de un tajo la distinción entre civiles y combatientes armados. Así lo dejo escrito desde el comienzo de su primera administración en el punto 33 de su “Manifiesto Democrático”:A diferencia de mis años de estudiante, hoy violencia política y terrorismo son idénticos. Cualquier acto de violencia por razones políticas o ideológicas es terrorismo. También es terrorismo la defensa violenta del orden estatal”. Y no hay duda que lo cumplió y demostró cabalmente con cerca de 6.400 falsos positivos, pues ellos son una consecuencia política y criminal de semejante postulado. Es decir, fusionó la política con la violencia y la guerra, formando así un espeso lodazal de crímenes y sembrando de fosas comunes el campo. Al llamar errores a semejantes horrores, el expresidente Uribe se sitúa en el mismo nivel ético de los miembros del secretariado de las Farc-Ep cuando iniciaron su comparecencia ante la JEP y la Comisión de la Verdad. Entonces, ellos también expresaron que el secuestro fue el mayor error político en que incurrieron. Necesitaron que sus víctimas, entre ellas Ingrid Betancur, les contarán entre lágrimas y recriminaciones todo el horror que sufrieron, para que reconocieran que su práctica fue un crimen deleznable, cobarde e injustificable, que nada tiene que ver con rebeldes y menos con una gesta revolucionaria, un execrable crimen de lesa humanidad.

La soberbia del “virtuoso”

Pero todo parece indicar que el expresidente Uribe no será capaz de recorrer ese camino y mucho menos de reconocer su responsabilidad como jefe de Estado en semejante extravío criminal, solicitando perdón no sólo ante los familiares de las incontables víctimas de su “seguridad democrática” sino ante toda la Nación, como sería lo propio de un mandatario que dice ser un demócrata virtuoso e integral, totalmente transparente e irreprochable.  Debería recordar el gesto humano y el ejemplo político de Belisario Betancur (Q.E.P.D), quien no sólo se retiró de la vida política y pública, sino que además solicitó perdón a todas las víctimas del holocausto del Palacio de Justicia, en lugar de responsabilizar de ello a los incompetentes militares que sacrificaron cerca de cien rehenes junto a sus captores del M-19. Pero algo va de la sensibilidad de un poeta extraviado en la política, como Belisario, a la de un jinete soberbio que confunde la República con la administración de sus haciendas. Porque si alguna verdad sobresale del encuentro entre el padre Francisco de Roux y el expresidente Uribe es que lo público –en su dimensión más vital y trascendental como es aclarar lo sucedido con la vida y la muerte de miles de colombianos ejecutados por miembros de la Fuerza Pública, esa verdad grave, sagrada y horripilante– quedó opacada y difuminada por la cacofonía de sus bestias familiares: caballos, perros, pavos y hasta la intromisión grosera de sus hijos, Jerónimo y Tomás, impugnando a la comisionada Lucía González –desaparecida por el camarógrafo familiar— para responsabilizar de los falsos positivos exclusivamente al entonces ministro de defensa Juan Manuel Santos. ¡Cómo si semejante criminalidad estatal fuera un asunto para salvar la honorabilidad familiar de Uribe y condenar a la familia de Santos! No solo indigna tanta frivolidad y narcisismo familiar uribista, sino además la ignorancia de sus vástagos que desconocen la responsabilidad política compartida tanto por Uribe como Santos en dichos crímenes, cometidos en nombre de la “seguridad democrática”. Pero al menos Santos los reconoció ante la Comisión de la Verdad y no en su finca de Anapoima, además explicó parcialmente cómo se cometieron y pidió perdón a las víctimas y familiares de los “falsos positivos”.

¡Uribe, engañado y decepcionado!

Por el contrario, Uribe afirmó que no creía que ello estuviera sucediendo, porque jamás podía sospechar que la Fuerza Pública, tan apreciada y valorada por él, incurriera en actos criminales. Literalmente expresó en el minuto 13 de su exposición: “para mí era muy difícil creer que había falsos positivos”, pero cuando su ministro de defensa, Juan Manuel Santos, se lo demostró, no le quedó otra alternativa que destituir 27 oficiales, no sin antes decir en el minuto 29: “Una decisión de esa naturaleza para alguien como yo, que tiene profundo afecto por las fuerzas armadas de Colombia es una decisión muy dolorosa, pero la tomé”. Y esa confesión de fe institucional, casi contra toda evidencia, es algo inverosímil en un hombre con la sagacidad y el rigor del expresidente Uribe, que se ufana en exigir resultados y es meticuloso de los detalles hasta lo patológico. Quizá ello se explica por la simbiosis criminal que históricamente ha existido entre el poder civil y el militar en Colombia, que tiene hitos como las autodefensas creadas y promovidas por el presidente Guillermo León Valencia (Q.E.P.D) en 1965 con el decreto 3398 y posterior ley 48 de 1968, bajo Lleras Restrepo. Luego resucitadas por Gaviria con las CONVIVIR, motor de las AUC. Pero también presente en discursos que son considerados la esencia del mito de la profunda “civilidad” de nuestros gobernantes, como el famoso del Teatro Patria escrito y pronunciado por Alberto Lleras Camargo el 9 de mayo de 1958, más conocido como “Doctrina Lleras”. Allí encontramos claves que nos revelan que ese mito es, junto al de nuestra democracia “más estable” y con los militares menos golpistas, una de las mitomanías o mentiras más consolidadas y fecundas en generar crímenes de lesa humanidad e impunidad hasta el presente. En número incluso mayor que las dictaduras del cono sur. Auténticas “máquinas de guerra”. Así se expresaba Lleras Camargo: “Es muy peligroso que se desobedezca una orden, que, por insensata que parezca, ejecutada por cien o mil hombres con rigurosa disciplina puede conducir a la victoria o minimizar el desastre. La acción guerrera necesita rapidez, unidad, decisión inmediata, y todo eso no da tiempo para juzgar todos los aspectos de la cuestión. La preparación militar requiere, pues, que el que dé las órdenes haya aprendido a darlas sin vacilar, y tenga, hasta donde es posible, todo previsto, y que el que las recibe las ejecute sin dudas ni controversias”(10).  Y la fuente legal de los “Falsos positivos” fue la Directiva 029 de 2005, de la que curiosamente nada dijeron ante la Comisión de la Verdad ni Juan Manuel Santos, como ministro de defensa que la cumplió, ni Álvaro Uribe Vélez presidente de la república, responsable con Camilo Ospina, ministro de defensa, quien entonces la firmó y expidió. ¿Quiénes fueron sus autores intelectuales? ¿Quiénes los excelsos juristas de estímulos y recompensas para mercenarios y cooperantes civiles? ¿Por qué su aplicación derivó en las ejecuciones extrajudiciales más conocidas como “Falsos Positivos”? Respuestas que buscará incansablemente la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la no Repetición, así como la JEP. Pero quedan muchas más preguntas por hacer y reflexiones por realizar de lo expresado por el expresidente Uribe, pues como lo señaló el padre De Roux de lo que se “trata es de comprender por qué y cuál fue el entramado que dio lugar a estas situaciones”, además de identificar responsabilidades para ayudar a aclarar y comprender esto entre nosotros”, entre todos los colombianos. De no hacerlo, cerrar los ojos y la conciencia mediante la aplicación de una amnistía general, como la que insinúa ladinamente el expresidente Uribe, sería no solo una ignominia con millones de víctimas, sino la consagración de una impunidad e injusticia mayor que la instaurada por el Frente Nacional. Y ya conocemos sus consecuencias. Sería perpetuar en la vida nacional a los actores y factores, sean ellos de derecha o de izquierda, responsables de este presente inadmisible y vergonzoso. Quizá por ello rechazan y temen tanto a la JEP y a la Comisión de la Verdad, pues ambas nos están revelando que no puede existir legitimidad política alguna y, menos democrática, derivada de la violencia, el crimen y la mentira, así se recurra a argumentos espurios supuestamente democráticos y constitucionales para desconocerlas, como los expresados por el expresidente Uribe al comienzo del encuentro y a los cuales me referiré en las próximas entregas.

[10] Lleras C, A. (s.f). Sus mejores páginas. Editora Latinoamericana S.A, de Lima, Perú.

 

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