(Artículo para el PAÍS, el periódico global, sección América-Colombia, abril 26 de 2026)

La mayor dificultad para realizar los debates entre los candidatos presidenciales es el riego de convertirlos en una debacle nacional. Más aún en medio de esta oleada del terror, desatada al parecer por Iván “Mordisco” al mando del “Estado Mayor Central de las Farc” en retaliación a las acciones de la Fuerza Pública en su contra, que lo ha puesto contra las cuerdas. Y la forma más expedita de hacerlo es impidiendo la participación en los debates de aquellos candidatos que no aparecen como favoritos en el actual tinglado de la política nacional. De esta forma, la agenda política del futuro y la suerte de todos los colombianos quedará en manos de la confrontación entre dos proyectos que se disputan no solo las próximas elecciones, sino la vida y muerte de las próximas generaciones. Lo que está en juego es mucho más que la definición de un temario, el orden para abordarlo, la identidad y competencia del moderador. Lo que realmente está en juego es la capacidad para deliberar de todos los colombianos, no solo de tres, cuatro o trece candidatos, cuya participación en los debates está condicionada, casi que atrofiada, por su obsesión de ganar las elecciones, no tanto por la búsqueda de soluciones a los principales desafíos y conflictos que como sociedad enfrentamos. Conflictos que por su complejidad ninguna candidatura o partido podrá resolver solo, en gran parte porque todos son más o menos responsables de su existencia, persistencia y degradación, así traten de atribuirle toda la culpa al contrario y a su contradictor de turno. Tal será el principal objetivo en desarrollo de los debates, si llegan a realizarse teniendo como telón de fondo este terror que impide pensar con responsabilidad y libertad, más allá de buscar un solo responsable del mismo. Cada candidatura Intentará demostrarnos que tiene la fórmula mágica para hacer en los próximos cuatro años en la Casa de Nariño lo que ningún partido o líder político ha podido hacer durante toda su vida política: la paz con justicia social, un desarrollo económico incluyente, en función de las mayorías, una gestión pública sin depredar los recursos del erario y sin devastar nuestra portentosa biodiversidad para favorecer intereses de empresas nacionales e internacionales. Ojalá los debates sirvieran al menos para revelarnos las fortalezas y debilidades de cada candidatura frente a los anteriores desafíos. Pero es probable que suceda todo lo contrario, pues la obsesión de cada aspirante a la presidencia será intentar demostrarnos que sus contendores son los únicos responsables de la actual debacle y que sólo su candidatura y su partido ha estado a la altura de esos desafíos y cuenta con el programa para resolverlos en los próximos cuatro años. Cuando sabemos que esta terrible realidad los supera a todos. Escucharemos a más de un salvador que, emulando la vulgaridad y brutalidad de Trump, dirá que todo se resuelve con más plomo, dinamitando al país como hoy lo hace alias Mordisco y su banda narcocriminal para defender su emporio de cocaína parapetado supuestamente en objetivos políticos. Objetivos que a la postre coronará si vamos a las urnas muertos de miedo y entregamos nuestro juicio y voto sin reflexionar, olvidando que el miedo nunca es inocente y en estas circunstancias sería un pésimo consejero.

Una feria de vanidades y disfraces

Esa obsesión, puede llevar a todas las candidaturas a comportarse en el set televisivo como actores de un show para conquistar la sintonía y el voto de la mayoría de electores el próximo 31 de mayo. La meta será obtener ese día la mitad más uno de los votos, poco importa cómo se logre, así sea azuzando el miedo, para evitar un incierto segundo tiempo. Entonces cada candidatura desplegará todos sus recursos para vencer y demostrarnos no solo que es la mejor, más preparada, más honesta y competente para gobernar, sino que además es moralmente intachable y superior a todas sus demás competidoras. Así veremos que entran en un combate para lograr desacreditar rápidamente, en primer round, a sus adversarios. Nos dirán que sus vidas son un libro abierto, mostrándonos sus mejores páginas y ocultándonos las más turbias y comprometedoras. Y, en ese esfuerzo, no faltará quien dirá que no es político, aunque aspira a ser presidente. Muy difícil entender cómo gobernará si desprecia tanto con quienes tendrá que hacerlo, los congresistas y demás servidores públicos electos. ¿Lo hará sin contar con su apoyo y gobernará a punta de decretos? ¿Declarará inmediatamente la conmoción interior y cerrará el Congreso? Si tales son las propuestas salvadoras no hay duda que nos devorará el tigre de la arbitrariedad y la ambición.

¿Transparencia o apariencia en el set?

En fin, corremos el riesgo de presenciar una feria de vanidades y disfraces, en donde relucirá todo menos la transparencia que cada candidatura pregona. Predominará la apariencia o incluso hasta la “tramparencia”, adornada con bellos abalorios y fantasías programáticas como la paz, la seguridad, la equidad, la solidaridad y hasta la felicidad. Todas y todos se empeñarán en lucir el traje más adecuado para gustar al mayor número de espectadores-electores y ocultar sus defectos, secretas intimidades, amistades y verdaderas identidades. Sobre todo, se cuidarán de que no veamos tras bastidores quiénes son los diseñadores y financiadores de su eventual traje presidencial. En verdad, es muy difícil comprender el cambio de discursos, identidades y personalidades que la mayoría de candidatos experimentan durante las campañas electorales. Al desfilar por la pasarela de las plazas públicas y aparecer en los sets televisivos sufren una especie de metamorfosis acelerada para ganar las elecciones. ¿Cómo hacer para no caer bajo ese embrujo y evitar que las urnas sean esa insondable caja de pandora donde quedan refundidas todas nuestras esperanzas hasta las próximas elecciones? Esa caja de la cual empiezan a salir todos los males cuando comienzan a gobernar desde la Casa de Nariño y se los achacan a su anterior inquilino. Quizá una forma de hacerlo sea aprendiendo a deliberar en lugar de solo debatir.

Deliberar, más que debatir

La principal diferencia entre deliberar y debatir, es que la deliberación busca persuadir y convencer, mientras el debate solo combatir y vencer. La deliberación promueve el examen y la investigación de los problemas y más graves conflictos, busca las causas o factores estructurales y coyunturales que los generan, sin eludir la propia responsabilidad en su desarrollo e identificar a sus principales responsables por acción u omisión. En el debate sucede todo lo contrario, la atención se centra en las consecuencias de los conflictos y problemas, eximiéndose cada candidatura de toda responsabilidad personal o partidista en el surgimiento de los mismos para atribuirla exclusivamente a los demás contendores. En la deliberación prima la argumentación con fundamento en evidencias y hechos comprobados, mientras que en el debate predomina la descalificación personal del adversario con suspicacias y acusaciones sin sustento en hechos, apelando al estímulo de prejuicios, estereotipos, miedos y pasiones viscerales como el odio y la venganza. La deliberación promueve soluciones y eventuales acuerdos en medio de las diferencias, su lógica es la concertación. En el debate sucede todo lo contrario, pues se busca imponer decisiones al adversario, su lógica es la confrontación y no la conciliación.

Deliberar sin miedo

En últimas, el debate impide y pervierte el diálogo y la deliberación esclarecedora, pues lo que predomina es la polémica para vencer al adversario y no la búsqueda conjunta de soluciones concertadas a los más graves problemas y sangrientos conflictos. Conflictos que ya no son tanto político-militares como criminales, no solo domésticos sino internacionales, (intermésticos) como lo es el narcoterrorismo de nuevo camuflado con objetivos políticos, tal como lo hizo con éxito Pablo Escobar en la coyuntura constituyente. El debate puede profundizar la debacle política nacional e imposibilitar la deliberación necesaria para salir de la actual carnicería, pues seguro radicalizará los fanatismos ideológicos y los prejuicios políticos, que llevará a muchos a buscar salvadores providenciales a imagen y semejanza de profetas armados que prometen salvarnos y en lugar de avanzar hacia paz terrenal nos acercarán rápidamente a la paz eterna. De esta forma el debate afianza las identidades y comportamientos propias de facciones y tribus políticas envueltas en pugnas interminables que culminan en persecuciones, cacería de brujas y ejecuciones extrajudiciales. Sucede todo lo contrario con la deliberación, pues ella nos permite pensar y conversar para liberarnos de certezas ideológicas inmodificables, de prejuicios atávicos inconscientes como el racismo, el clasismo y el sexismo, que siempre nos han impedido forjar una comunidad política entre iguales, vitalmente democrática. Quizá así algún día, ojalá más próximo que lejano, dejemos de ser “esa federación de rencores y archipiélago de egoísmos para ser hermandad de iguales, a fin de que no llegue a decirse de nosotros la terrible expresión del historiador, de haber llevado a nuestra gente a que prefiera la violencia a la injusticia”, como premonitoriamente lo advirtió Belisario Betancur en su discurso de posesión presidencial en 1982. ¿Será que 44 años después reincidiremos y continuaremos viviendo y muriendo bajo la violencia y la injusticia? ¿Seguiremos depositando en las urnas sufragios fúnebres en lugar de votos por la vida, la justicia, la paz y la convivencia democrática? Solo deliberando como ciudadanos lo podremos lograr, no como simple electores emocionalmente manipulados depositando nuestros miedos en las urnas, independientemente si se realizan o no los debates entre todos los candidatos presidenciales. No solo tres o cuatro candidaturas merecen ser escuchadas. Si ni siquiera entre todos ellos se reconocen como iguales, lo más probable es que escuchemos una limitada y estridente cacofonía en lugar de una amplia y clara polifonía, que es lo que más precisamos en medio del estruendo mortal de las bombas y los cilindros que hoy aturden nuestro juicio.  

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