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Sacralizar a los criminales

Por: Sergio Mesa (@sermeca)

No soy el más rezandero ni el más católico, respetando las tradiciones familiares inculcadas por mi abuela y por mis padres, pero pese a practicar el agnosticismo asisto a ceremonias católicas por compromisos ineludibles. El fin de semana pasado, en la misa de primera comunión de mi sobrino, con otros niños, en la homilía ofrecida por el sacerdote, ni sé cómo se llamará, escuché algo espeluznante que inmediatamente identifiqué como una justificación de los grupos de limpieza social, usando términos como “sanguijuelas”“indeseables”“que merecen ser eliminados de la sociedad”. Eso, en una misa preparada para niños, me pareció un adoctrinamiento. Un discurso del mal para hacer el ‘bien’. “Lo que no le sirve a la sociedad debe morirse”, vituperaba el cura.

«Aquí vendrá un grupo grande que nos va a proteger, no vayan a denunciarlo, cualquier problema que tengan, vienen y me dicen a mí en la casa cural» (El Colombiano, 02/08/13), decía desde el púlpito el padre Óscar Albeiro Ortiz Henao, párroco del corregimiento de San Antonio de Prado, hoy condenado a 19 años de prisión.

“Al preguntar por el padre Ortiz aparecen los nombres del comandante de las autodefensas alias ‘Camilo’, del extraditado Adolfo Murillo, alias ‘Don Berna’ y también del asesinado Antonio López, alias ‘Job’ y Alexander Erazo alias ‘Alex Bonito’ (sentenciado a 60 años por secuestro)”, escribe Juan Mosquera (El cura que podía mandar a matar. Las 2 orillas, 4/08/13).

Un cura, comandante de la banda “Los Reinsertados”, dando comunión a sus fieles, mientras tenía las manos sangradas. La Iglesia, por su cercanía con la comunidad, ha servido para que los actores armados usen, lo que ayer fue sagrado, como instrumento de dominio.

El padre Ortiz, “responsable de asesinatos, desplazamiento forzado, extorsión, tráfico de armas y estupefacientes y usura a través de paga diarios. Demasiados pecados que se leen peor al recordar que hablamos de lo que llaman un hombre de Dios”, anota Juan Mosquera.

Este sacerdote, hoy preso, es tío de un alcalde del occidente antioqueño, mencionado por algunos jefes paramilitares hoy sometidos a justicia y paz. Se hizo avalar por el Partido de Integración Nacional (PIN), del excongresista y exconvicto valluno Juan Carlos Martínez, y hoy maneja a sus anchas las arcas estatales, cubierto por una estela de corrupción. Él, con su poder político, apadrinado por un senador de la U, gamonal antioqueño, espera poner su reemplazo en las elecciones del 2015.

El pasado jueves, 4 de diciembre, la Policía Nacional de Colombia les pidió perdón a las víctimas del grupo paramilitar y de limpieza social “Los 12 apóstoles”, grupo delincuencial que operó en Yarumal entre los años 1993 y 1994, dejando más de cuarenta víctimas, entre ellas campesinos, consumidores de droga y cuatreros. Estos criminales, al mando del sacerdote Gonzalo Palacio, párroco de la Iglesia de La Merced, usaba los secretos de confesión de los feligreses, piadosos ellos, como información de inteligencia para la Policía y el Ejército. En las noches buscaban a las víctimas y las desaparecían. Los comerciantes, señores honorables de Yarumal, financiaban estas actividades delictivas, para que limpiaran a la sociedad de las “ratas” y “viciosos”. El púlpito, como en la época del obispo Builes, también servía para señalar a las víctimas de la mano negra. Éstos no eran liberales. Ni conservadores. El perdón se dio con la colocación de un monumento, tal y como lo ordenó el Consejo de Estado, en fallo del 2013.

La homilía y el púlpito se han convertido en herramientas de miedo, desde donde los pastores de la Iglesia, en pocos casos, porque hay sacerdotes con vocación que trabajan por el respeto de los derechos humanos. No faltan las ovejas negras.

Matar, con la protección de Dios, no es pecado, dirán los curas criminales.

 

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