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Los nuevos bárbaros

Por: Santiago Silva (@santiagosilvaj)

“Boko Haram” traduce algo parecido a “la educación occidental es pecado”, pero bien podría significar otra cosa, como “dibujar a Dios es pecado” o “burlarse de Dios es pecado”; el mensaje poco importa porque para el radicalismo es solo una excusa que dirige su violencia, pero no que explica su naturaleza.

El radicalismo es consecuencia de la marginalidad o la instrumentalización política, no de las ideas, ni siquiera del fundamentalismo, por más que se alimente de éste.

Similar a Boko Haram, en el oriente de Siria y el norte de Irak, una heterogénea organización –híbrido de elementos de al-Qaeda, miembros de tribus sunnitas y desertores del ejército iraquí- autodenominada el Estado Islámica, ha sembrado el terror en Medio Oriente por algo más de año y medio. La organización ha lanzado campañas de exterminio contra minorías religiosas y étnicas de la región, y acogido una política de abusos –decapitaciones, crucifixiones- respecto a los combatientes, y civiles, capturados.

En 2013, el ébola mató a 8.325 personas en África, mientras el grupo Boko Haram asesinó a unas 10.000 personas. La naturaleza no es cruel, a diferencia de los hombres. Esas 10.000 víctimas no cuentan, por supuesto, la reciente masacre del grupo terrorista en Baga, que se estima en unas 2.000 víctimas, más o menos.

Boko Haram y el Estado Islámico actúan contra la población civil y sus enemigos –a veces, en su percepción, lo mismo- con una sevicia que el mundo no reconocía desde los genocidios étnicos de los Balcanes y Ruanda en los años noventa del siglo veinte. Son, en términos efectivos, una amenaza a la seguridad de las poblaciones bajo su dominio, y sobre sus fronteras, pero también del orden global y la comunidad internacional.

Por eso resulta tan problemático que desde algunas orillas exista falta de firmeza para condenar sus abusos y desmanes. En efecto, algunas personas, un puñado de analistas, e incluso algunos líderes políticos, se debaten entre la connivencia y la justificación de estas organizaciones e incluso, de sus métodos.

Y pocas cosas son tan dañinas respecto al radicalismo y la utilización política de la violencia como el maniqueísmo de los que relativizan todo. Estas posiciones se desarrollan en dos escenarios, el internacional, en donde algunos personajes buscan con desesperación “explicaciones” que les permitan utilizar la existencia de estos grupos contra sus enemigos políticos –decir, por ejemplo, que el ascenso del Estado Islámico es culpa de Estados Unidos y Occidente-. Y en términos locales, en donde facciones debilitadas, o ambiciosas, se unen o apoyan a estas organizaciones para mejorar sus posiciones grupales –como los militares en Nigeria, o los sunnitas en Irak-.

Poco se puede hacer –al menos desde la discusión- por evitar que facciones interesadas apoyen el terror, pero sí se puede rechazar el maniqueísmo de algunos en Occidente que, espantados por parecer próximos a sus enemigos ideológicos, justifican lo injustificable. Porque, de hecho, podemos tener fundamentales como humanidad, es posible –e incluso deseable- que haya comportamientos y acciones que sean universalmente rechazables. Como esclavizar a una minoría religiosa en el noreste de Irak, o secuestrar a un centenar de niñas de su colegio en el norte de Nigeria.

Y no es de intolerantes, o radicales, señalar y rechazar la violencia utilizada para la política. Sea quien sea el que la ejerza.

 

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