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Publicado el Bajolamanga

Lo que nos queda desde hoy hasta el 25 de octubre

Ser candidato no es algo bonito. Todos los ojos mirando lo que hacen, todas las bocas comentando sus pasos, todo, absolutamente todo, se convierte en material amarillista para los depredadores de información.

La campaña tampoco es bonita. Se parece a la guerra más de lo que yo algún día llegué a pensar. Las traiciones, los puñales en la espalda, los malos comentarios, la desconfianza, la mentira y hasta las ganas de llorar y dejar todo tirado son pan de cada día. Salir corriendo es, para cualquier mortal, la opción más fácil y cercana, dejarlo todo tirado es el as bajo la manga que todos tenemos guardado para sacar en cualquier momento.

Competir con los amigos tampoco es bonito. Saber que al final, tanto ellos como nosotros vamos perder, a todos nos va a doler en el ego, y nos va a poder el egoísmo a las ganas de recomponer lo que hasta ahora se ha dañado: la confianza.

Todo esto hace que estar dentro de una campaña política, bajo estas circunstancias, sea cualquier cosa, menos algo bonito.

Sí, es cierto, hacer campaña política este año se ha tornado doloroso, incluso – a mí en particular- me cansa y decepciona cada día. Me atrevería a afirmar que a todos los que estamos metidos en este circo nos han traicionado y solo eso acaba con la esperanza de cualquier mortal.

¿Qué nos queda? Medellín. Nos queda la ciudad, la gente, las calles y sus olores. El arte y las conversaciones agradables en torno a un volante. Podemos disfrutar de los atardeceres en la calle con amigos. Nos queda la esperanza de tener una ciudad próspera y equitativa, y la tranquilidad de estar haciendo las cosas bien.

Menos de 30 días quedan para hacer algo que solo podemos hacer cada cuatro años, campaña electoral. No hay de otra, toca poner la sonrisa  – a veces falsa- y comprar esperanzas en cualquier lugar para seguir con la cabeza en alto.

¿Qué nos queda?, esperar a que sea 25 de octubre y ver si se aparece la virgen, para que de tantas traiciones solo queden cicatrices matizadas. Nos queda seguir, con el corazón roto, pero seguir, porque Medellín se merece lo mejor de nosotros.

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