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Las lecciones que nos deja Uruguay

Por: Alejandro Cortés (@alejandrocorts1)

El pasado 30 de noviembre finalizó en segunda vuelta la carrera electoral por la presidencia de Uruguay. Los candidatos de esta contienda eran dos: Luis Lacalle Pou, del Partido Nacional, agrupación política considerada de centro-derecha; y Tabaré Vásquez, dirigente del Frente Amplio, coalición de partidos de centro-izquierda. El triunfo se lo llevó Vásquez, lo que no es algo sorprendente.

En efecto, Vásquez tenía varias ventajas en estas elecciones: es miembro del partido del presidente José Mujica, un mandatario bastante popular en su país y con un amplio reconocimiento internacional. Recordemos que en el 2013, Uruguay fue calificado como el “país del año” por la prestigiosa revista The Economisty que Mujica fue objeto de un bello elogio por parte del escritor peruano Mario Vargas Llosa. Recordemos también que The Economist es una revista de tendencia neo-liberal, así como Vargas Llosa, y que Mujica es un exguerrillero del Movimiento de Liberación Nacional Tuparamaros y considerado un dirigente de izquierda. ¡No es poco mérito que “El Pepe” haya logrado la admiración de la famosa revista y del Nobel de literatura! Además de lo anterior, Vásquez fue presidente en el periodo anterior al de Mujica, y salió de la presidencia con buenos niveles de aceptación popular. Por ello, no la tenía muy difícil en estas elecciones.

Pero más allá del resultado de los comicios, quiero centrarme en la forma en que se desarrollaron los mismos. Según leo en noticias, ambos candidatos tenían diferencias importantes en temas como el manejo de la seguridad, la política educativa, la regulación del consumo y la producción de marihuana, la política exterior y la administración pública. Como se ve, no se trata ni mucho menos de diferencias menores o de cuestiones sin importancia.

Leo también que en la campaña los candidatos debatieron a fondo sobre estos asuntos, exponiendo los motivos que les llevaban a favorecer una u otra política. Al parecer, en la campaña ningún candidato insultó al otro, le acusó de ser un corrupto o advirtió al electorado que de ganar el candidato opuesto el país iría rumbo a una gran catástrofe. Por el contrario, Lacalle Pou, el candidato de derecha, dejó muy claro que ni él ni su partido tenían “complejos refundacionales”para gobernar el país. Por su parte, el presidente Mujica, compañero de la izquierda de Vásquez, advirtió que la elección no era “una guerra, ni el principio ni el fin de Uruguay”.

Este cuadro contrasta fuertemente con lo que ocurre en otros países de América Latina. En Venezuela, Nicolás Maduro, siguiendo el ejemplo de Hugo Chávez, tilda a sus opositores de fascistas (término del que abusa) y les acusa de hacer parte de una conspiración imperialista, logrando evadir los debates que ese país necesita respecto de temas como la economía, la rampante corrupción y la seguridad. En Ecuador, Rafael Correa persigue a la oposición y limita cada vez más la libertad de prensa, mediante el uso instrumental de un poder judicial presionado y cooptado por el Ejecutivo.

Y en Colombia, la última campaña presidencial estuvo marcada por la ausencia de debates serios y por la primacía de duras acusaciones personales entre los dos candidatos principales, que señalaban, cada uno a su manera, que el país se iba a acabar a menos que triunfaran ellos, que se veían a sí mismo como salvadores. Aunque el ambiente se relajó un poco tras las elecciones, Juan Manuel Santos sigue acusando a sus opositores de ser “enemigos de la paz” y el Centro Democrático tilda a quienes apoyan el proceso de paz de ser “aliados del narcoterrorismo”.

En la otra orilla, la izquierda parece empeñada en mostrar su peor cara, con los ataques del senador Jorge Robledo en contra de su propia excandidata Clara López, y con absurdos como la acusación que hicieron contra Dejusticia, César Rodríguez y Rodrigo Uprimny, de ser parte de una “campaña mercenaria” adelantada por la empresa Chevron en contra del gobierno de Rafael Correa.

En América Latina, es común que los gobernantes manden comisiones de expertos a Estados Unidos o a diferentes países de Europa o Asia, para que analicen la manera en que allí han sido resueltos problemas de distinta índole, y vuelvan al país a decirnos qué hacer. Esa idea no siempre es buena, pues una solución que funcione en un país no tiene por qué tener el mismo efecto en otros. Pero la verdad es que no sobra explorar las políticas que han implementado los demás, para enfrentar las dificultades propias. Mi punto es que no es necesario mirar hacia otros continentes, tal vez baste con que le echemos un vistazo a las lecciones que nos ha dejado Uruguay.

 

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