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El objetivo del posconflicto debe ser construir un Estado moderno

Nuestro país ha sido víctima de dos maldiciones. Les digo así, pero sin misticismo; no son sobrenaturales y no son externas a nuestra nación. En realidad son tan nuestras como es posible: una elite irresponsable y un Estado débil. Se relacionan y uno incluso podría decir que la primera es la causa de la segunda, pero ambas son las culpables de buena parte de nuestros problemas como Estado-nación al evitar que seamos precisamente eso.

Leyendo sobre posconflicto –el tema de moda del que todos hablamos, con escepticismo, temor o esperanza- uno encuentra que buena parte de los retos a los que nos enfrentaremos parecen cosas que esperaríamos que cualquier Estado-nación moderno y democrático que se precie de serlo debería tener resuelto.

En primer lugar, las instituciones políticas. En efecto, nuestro país se ha revolcado desde inicios de su historia política enel monopolio de las elites y la exclusión de las fuerzas de renovación. De igual forma, la respuesta de las elites nacionales a la necesidad de gobernar su territorio nacional ha sido la de delegar, descargar o abandonar grandes porciones. Esta “pereza de gobernar” ha llevado a que las instituciones políticas del nivel local sean sustancialmente de menor calidad que las del nivel nacional, llevando a fenómenos de gamonalismo, autoritarismo subnacional y violencia política.

El segundo asunto es el ideal del Estado-nación moderno, la tripleta webberiana de monopolio de la violencia, provisión de justicia y tributación. Es decir, las funcionalidades más básicas del Estado occidental y de hecho, un desafío para el débil Estado colombiano en buena parte de su territorio nacional. Sin contar, por supuesto, que en el terrible punto en que las dos maldiciones se encuentran, un Estado regional débil es cooptado por líderes políticos autoritarios, familias políticas corruptas o grupos armados ilegales.

Los retos del posconflicto son los de la construcción y fortalecimiento de un Estado moderno en Colombia. En el fondo -con la excepción de la reparación a las víctimas y la garantía de justicia- supone terminar tareas a medias o sin empezar de nuestro proyecto nacional. Esto es a la vez invitación y llamado de atención, porque como sociedad tendremos que hacer pases con viejos fantasmas y problemas que no son, ni mucho menos, “tan recientes” como la violencia entre el Estado y las guerrillas, los paramilitares y las bandas de criminales.

El posconflicto será entonces la segunda oportunidad para revaluar lo que queremos como país, lo que consideramos importante y lo que no, y de esas decisiones y la manera como son llevadas a cabo, dependerá el éxito del final del conflicto.

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