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El “Charlie Charlie” y la construcción del miedo

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Angustiados, cientos de miles de personas se han sumado a una de esas tendencias globales que se viralizan por las redes sociales y que a muchos de nosotros solo nos recuerdan los viejos que estamos. Esta vez fue un juego de “consulta de espíritus” denominado “Charlie Charlie”, que involucra dos lápices en cruz y una hoja de papel con cuatro opciones de respuesta. Al hacer una pregunta, los cuatro adolescentes asustados veían cómo el lápiz se “decidía” por una de las respuestas sobre el papel.

Ahora bien, el fenómeno ha sido tan absoluto que en cuestión de horas tenía millones de menciones en Twitter y Facebook y varios miles de videos de experiencias en YouTube. El lunes pasado, incluso una película de terror que se estrenaba este fin de semana en cines se aprovechó del fenómeno para lanzar un avance con referencias al juego.

Y en este punto debo hacer una confesión: mi cobardía. Les puedo asegurar que no he hecho el “Charlie Charlie”, ni veré la película que succiona su popularidad; desde siempre he sido bastante cobarde para ver películas de miedo, no respondo bien a la angustia que pretenden generar, me molesta la sensación que para otros es placentera, saltar de la silla en el cine, mirar sobre el hombro en el camino a la casa, dormir pensando que cada ruido de la noche es un asesino en serie al que le gustan los juegos mentales o un espíritu maligno con pendientes terrenales.

Puedo explicar la mayoría de estos fenómenos, pero aun así siento miedo. El asunto es que el miedo es todo menos racional, al menos, no necesita de la razón para existir. El miedo es uno de nuestros «aplicativos evolutivos», una innovación de especie que nos ha permito estar alerta incluso con información inconclusa. Nos permitió sobrevivir a las sabanas africanas y luego al resto del mundo.

El miedo es lo que nos sugiere que debemos alejarnos del lugar oscuro del bosque, aunque no sepamos exactamente qué peligros nos espera, aunque ignoremos porqué las ramas de los árboles se balancean rítmicamente y el silbido del viento parezca un lamento. El miedo es nuestra «universidad de la calle», el que nos sugiere cambiar de acera cuando vemos a alguien sospechoso, es nuestra ventaja competitiva en el mortal juego de la supervivencia.

Sin embargo, la inyección de adrenalina que implica nos puede hacer falta, sobre todo, cuando la vida moderna nos ahorra los temores de animales salvajes, las tribus enemigas o las plantas venenosas. En la relativa seguridad de la urbanización y desarrollo actual, asustarse con el resultado de la gravedad en dos lápices y una hoja de papel o los efectos especiales, el maquillaje y la atmósfera en una película resulta una alternativa aceptable, incluso deseada.

Eso no nos hace inmunes sin embargo a que la emoción del miedo nos sobrecoja. Docenas de casos de histeria colectiva o estrésen algunos de las personas que han jugado el “Charlie Charlie”fueron reportados en los últimos días, mientras alcaldías, colegios y la Policía lanzaban campañas para que los jóvenes y niños no jugaran, con un extraño tono de misticismo ellas mismas, pocas soportándose sobre alguna explicación científica del fenómeno.Supongo que les gusta asustarnos un poco incluso cuando intentan tranquilizarnos.

De hecho, el miedo nos mantiene con vida, pero suele cobrar un importante precio para hacerlo; de su prevalencia se explica el oscurantismo, la ignorancia e incluso la opresión. Porque el miedo es una de nuestras mejores aplicaciones evolutivas, a la vez que una de las peores.

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