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Cediendo principios

El terrorismo internacional presenta a las sociedades modernas con una dicotomía terriblemente incómoda: ¿qué es preferible, seguridad o libertad? Las dos, respondería la sensatez, pero la realidad vuelve difícil esta alternativa ideal y deja a las democracias liberales de occidente con un inventario de opciones medio malas.

De hecho, los ataques terroristas de los últimos quince años han tenido profundas consecuencias sobre las libertades de los ciudadanos de los países afectados, desde la NSA monitoreando llamadas telefónicas y correos electrónicos de ciudadanos de varios países (aunque obviamente la mayoría de ciudadanos estadounidenses), hasta los controles migratorios y de visados a todas luces sesgados. Pasando (o “resaltando”) en la cárcel de Guantánamo, las locaciones secretas de interrogación en varios países de Asia central o las técnicas de tortura para la recolección de información.

Todas estas iniciativas para que los países sean “más seguros”, aunque principios de respetos a libertades y dignidades humanas se queden enredados en el camino.

Ahora Francia (aunque en realidad toda Europa Occidental) se enfrenta de nuevo a esta dicotomía: ¿es preferible dormir tranquilo o dormir con privacidad? ¿Mejor soportar esporádicos acosos por parte de las autoridades antes de abordar un avión o temer la improbable posibilidad de que vuele en pedazos en medio del vuelo? ¿Se puede vivir a sabiendo de que las fuerzas de seguridad pueden estar violando derechos humanos de forma sistemática con tal de intentar evitar otro ataque?

Por supuesto, no hay respuestas sencillas. Juzgar desde la relativa comodidad es injusto. El problema es que el terrorismo es ante todo la instrumentalización del miedo y éste pocas veces saca lo mejor de las personas. El miedo puede llevar a la parálisis, pero sobre todo lleva a ceder asuntos que aunque fundamentales, pueden parecer secundarios comparados con la amenazada supervivencia, la latencia del dolor o la muerte.

Es probable entonces que al igual que otras sociedades antes que ellos, franceses y europeos cedan al chantaje del miedo. Algunas primeras pistas de esta reacción se intuyen en la creciente oposición a la migración ilegales y la llegada de refugiados –sobre todo sirios-, y el ascenso silencioso pero hasta ahora imparable de las fuerzas políticas de extrema derecha.

Indeseable, pero comprensible; ceder al temor ante el terror, perder lo que se es por seguir siendo.

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