Cuando se origine o se esté originando un conflicto, es fundamental enfrentarlo rápidamente pues
tiene la capacidad de autoalimentarse y lo que inicialmente era manejable, deja de serlo. En toda
relación entre personas, naciones o grupos, es posible, aunque no siempre es fácil, encontrarle
salida a las diferencias, para que no haya ni vencedores ni vencidos, sino el logro de una solución
equilibrada y justa para las partes, que permita no solo superar las diferencias, sino crear las
condiciones para que éstas no se vuelvan a repetir.
Ecuador y Colombia, por su historia y cercanía geográfica, por su población y recursos, han sido
dos países que, con sus naturales diferencias, siempre han tenido el propósito, un mandato
histórico podríamos decir, de configurar una estructura económica y política común, como se dio
durante la Colonia y las primeras décadas republicanas. Diferencias y roces siempre han estado
presentes, sobretodo en momentos como el actual, cuando, en los dos países las políticas y los
grupos en el poder, han sido diferentes; diferencias que se han respetado, permitiendo la
convivencia. Hoy, el ambiente está enrarecido; no hay ningún interés de discutir las diferencias,
entre dos posiciones enormemente ideologizadas. El uno, por tener un discurso supuestamente de
izquierda, Petro, y el otro, Noboa, con su política de gobierno fuerte, inclusive autoritario, donde
la presencia norteamericana y la militarización de la acción estatal, juegan un papel importante. Lo
que no deja de lado que los dos países requieren una política y una convivencia clara y realista,
basada en el ejercicio sereno y democrático de la autoridad, que parecen desconocer tanto Petro
como Noboa.
El problema de violencia y de corrupción que se vive a lo largo de la frontera común, con débil
presencia estatal, compete a los dos gobiernos; pero Petro con su confusión y su embeleco de la
paz total y Noboa con su autoritarismo y sus pataletas autoritarias, hacen que la situación no se
resuelva y que, por el contrario, se agrave, con el beneplácito de los carteles de la droga y de
diferentes formas delincuenciales, los grandes beneficiados con la situación, que les da un poder
sin limitaciones. Dejan de lado que la pelea no es entre ellos, sino con un enemigo común, su
verdadero enemigo, el narcotráfico internacional y sus actores criminales, igualmente
internacionales, que aprovechan su organización y poder para desarrollar otras actividades
criminales enormemente rentables, principalmente en minería y en la explotación arrasadora de
los recursos de su biodiversidad. Esta pelea es absurda, pues no debe ser entre los gobiernos sino
contra las organizaciones criminales, que ambos deben abordar coordinadamente, mientras tanto,
estas avanzan sin control, en sus actividades criminales.
Además, es un conflicto alimentado por el gobierno de Trump, a través de Marco Rubio, su
Secretario de Estado. Su objetivo no es Colombia sino Gustavo Petro con su embeleco de la Paz
Total, vista en Washington como una política de concesiones y cesiones a unos grupos armados
que, ante la imposibilidad de su proyecto político y cobijándose con lo que fue su propósito
revolucionario, se mantienen y fortalecen, ya no para la revolución sino para el negocio
Al próximo gobierno lo espera una tarea monumental pero inaplazable, que empieza por
reconocer que en el país se consolidó una empresa criminal transnacional, montada en la
organización creada hace cincuenta años, para hacer la revolución que no fue y que acabó
volviéndose delincuencial; atrás quedó la lucha política que le había dado origen. Este cambio
exige replantear el camino seguido, empezando por reconocer nuestra responsabilidad con el

narcotráfico y las equivocaciones en la política seguida. Política que debe ser acordada con los
otros actores, especialmente con Ecuador, donde también urge revisar lo hecho y dejado de hacer;
no todo se reduce a echar bala. Si no se da una estrategia conjunta y coordinada, el problema
seguirá creciendo y con ello, se agriarán aún más las relaciones entre los dos países y aumentará la
presión norteamericana, que debe participar activamente, dada su papel fundamental en todo
esto. Sin esas decisiones, no será posible establecer un frente común sólido y una política común a
partir de reconocer el papel y la responsabilidad de cada país.

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